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jueves, 16 de julio de 2015

Los primeros hebreos de Melilla

Publicado por: Francisco Saro Gandarillas en El Telegrama de Melilla, 23-01-1983.

En fecha reciente, la UNED organizo y celebro en esta ciudad un curso de Historia del Judaísmo Español en cuyo programa, y como final de conferencias, figuraba un tema que por su importan­cia local debió ser recibido con gran expectación por los numero­sos asistentes al citado curso. El tema trataba de 1os judíos en el Norte de África, y fue desarrollado por don Carlos Posac Mon, per­sona muy conocida en Melilla, en cuyo instituto desempeño diver­sas labores docentes y donde efectuó algunos interesantes trabajos sobre hallazgos arqueológicos de la zona.

Curso de Historia del Judaísmo Español

Al final de la conferencia del señor Posac se suscito el tema de la llegada a Melilla de los primeros judíos, sin que de la contestación de aquel, quien fijaba con toda lógica su llegada en fecha posterior a 1860, se desprendiera el año exacto de su instalación en la ciudad, dato, según mi parecer, inédito hasta la fecha, y como con­secuencia, general mente desconocido. Podemos decir que esa es la cruz de las conferencias, que por su tipo de planteamiento impide la intercomunicación del publico asistente, aunque dentro de el haya alguien capaz de aportar algún dato al problema que se sus­cite. En un coloquio el data hubiese salido a la luz, aunque tengo mis dudas sobre la credibilidad del publico con respecto a mi aportación, al no contar, como se suele casi exigir a ciertos niveles lo­cales, con la titulación “ad hoc” que como por arte de magia faculta al individuo para saber de estas y otras cosas.
EI tema, que duda cabe, era lo suficientemente sugestivo como para volverlo a traer a la calle. Aun cuando ya tenía en mi poder datos elocuentes sobre la llegada de hebreos a Melilla durante el pasado siglo y el actual, he querido penetrar algo mas en la cuestión para clarificar lo máximo posible un aspecto de la historia pa­sada de la ciudad de enorme interés si tenemos en cuenta que el co­mercio zonal estuvo durante casi cincuenta años, de forma mayoritaria, en manos de hebreos, prácticamente hasta la campana de 1909, en que Melilla da el estirón definitivo y se asientan en la ciudad numerosos comerciantes llegados principalmente de Andalucía y Levante. 
Revolviendo en algunos papeles de aquí y allá, poco a poco fueron saliendo algunos datos, no abundantes ciertamente, pero que pueden servir de cimiento a un estudio posterior mas exhaustivo sobre el tema que clarifique de forma definitiva el asunto. 
Por Real Orden de 17 de febrero de 1864 quedan derogadas todas aquellas disposiciones que hasta esa fecha prohibían o limi­taban el establecimiento en Melilla de población foránea. EI pro­blema de la escasez de terrenos y las dificultades de un abasteci­miento precario, algunas épocas incluso inexistente, impedían el asentamiento libre de personas en la plaza. Gracias al último tra­tado firmado con el sultán de Marruecos, como consecuencia de la campana de Tetuán, se facilitaron unas nuevas relaciones comerciales propiciando, al menos en el plano teórico, un entendimiento con las cabilas limítrofes y del interior. Al mismo tiempo la expansión territorial, sin ser exagerada, hacía prever una temprana colonización del campo exterior recién ganado con el establecimiento de agricultores y ganaderos, facilitándose la subsistencia de una mayor población que, de esta forma, no tendrá que depender de unos transportes marítimos siempre inseguros y de unos recursos habitualmente escasos. 
EI real decreto de 1864 debió divulgarse con rapidez por la zona, y ya dos meses mas tarde cinco moros fronterizos solicitan hacerse súbditos de España. Ignoro en que legislación se basaron las autoridades para concederles la nacionalidad española, pero el caso cierto es que el cinco de mayo siguiente juraban fidelidad a su nueva patria y pasaban a engrosar el censo de nacionales. Sin em­bargo su presencia se difumina mas tarde, desapareciendo en cen­sos posteriores lo cual pudo significar, y en esto es posible que me pase de mal pensado, que su lealtad no debió ir muy lejos. 
Desde la expulsión de los judíos de España en 1502, esta zona del norte africano debió seguramente recibir algunos contingentes de aquellos. Como suposición mas que certeza, pues no dispongo de mas datos que los que me proporciona la existencia de algunas tumbas de judíos en el territorio aledaño, alguna de las cuales es así mismo venerada (o era) por los propios musulmanes. Una tumba hasta hace pocos años visitada con cierta asiduidad par los hebreos locales, es la de Raabi Sadia, en las cercanías de Nador, costumbre por cierto abandonada no se sabe muy bien por que; quizá por el descreimiento propio de estos años. 
Entre los viejos papeles no he podido encontrar dato alguno que indique llegada de hebreos a Melilla entre febrero y agosto de 1864. Es precisamente el día 31 de agosto de ese año cuando los hermanos Menájem y Aaron Obadia, llegados del campo fronterizo donde tenían su domicilio hasta la fecha, arriendan una casa, pro­piedad de Encarnación Rodríguez, situada en la calle del Horno sin numero, en mil cuatrocientos escudos. Esa misma casa, en años su­cesivos, pasara de mana en mano, todas ellas hebreas. Es una las­tima no saber de que zona del campo fronterizo llegaron los her­manos Obadia. Ambos, que por cierto firmaban con caracteres hebraicos, posiblemente debían pertenecer a las cabilas de Mazuza o Beni Chicar. A decir verdad, hebreos con el apellido Obadia co­merciaban con la plaza de Melilla desde bastantes años antes. Pienso que el apellido Obadia debía ser bastante común en el terri­torio, pues aparece, con nombres diversos, con cierta frecuencia.

Calle San Miguel

Sabemos que en enero de 1865, Mesod Obadia vivía en el numero veinte de la calle San Miguel; tenía un hermano llamado Abraham. Ambos debían proceder igualmente de las cabilas cerca­nas, aun cuando no he podido constatar si eran o no parientes de Menajem y Aaron. Un tal Judah Obadia comerciaba con Melilla sin ser residente en la plaza.
Mesod Obadia aparece en 1870 asociado a Menajem e Isaac Serfaty, de origen argelino (de Oran), en un comercio establecido precisamente en la casa arrendada por los primeros Obadia de 1864; la compañía que comerciaba con Francia, Inglaterra y Marruecos se disolvió ese mismo año. 
Aun cuando en alguna parte Figura la llegada de José Salama Groffé en el ano 1864, en otro documento se hace constar su lle­gada en 1869, y para mayor desconcierto en la reseña biográfica aparecida a su fallecimiento se menciona su llegada en 1873, fecha indudablemente falsa, inclinándome a creer que la primera es la mas cierta, a juzgar por otros detalles secundarios. Procedía de Tetuán, estableciéndose en Melilla como comerciante y, no mucho mas tarde, como banquero, siendo con el tiempo representante del Banco de España en esa plaza, hasta que este se establece en 1a ciu­dad por R. D. de 3 de noviembre de 1911. Consignatario y agente de seguros prácticamente desarrolla todas las actividades relacio­nadas con asuntos comerciales y financieros. Propulsor de la nueva Melilla, junto con Pablo Vallesca, levanta el primitivo barrio del Mantelete, y mas tarde el barrio de Reina Victoria, junto con otros hebreos. Vivía después de su llegada en la calle de San Miguel, en el numero 26, en el mismo edificio donde después de la guerra de Margallo un tetuaní Salomón Melul, llegado a Melilla en 1867, establecería La Estrella Oriental, principal comercio de la ciudad hasta la construcción del barrio de Reina Victoria. en el que su hijo David, nacido en Melilla, levantara, en 1907, la primera casa de la Melilla moderna. el numero uno de la Avenida, entonces calle de Chacel. Primera casa y primer comercio de la ciudad, el Bazar Reina Victoria.

Bazar Reina Victoria 

La casa fue derribada en 1915 Y reconstruida en su forma actual, a cargo de Enrique Nieto; casa característica, hoy se encuentra muy abandonada, como una sombra de lo que fue antaño. 
En 1865 llega a Melilla Jalfon Hachuel, consuegro de José Sa­lama, comerciante y rabino de Melilla des de su llegada. Rabino de una sinagoga que sí existió en la calle de San Miguel, aunque otra cosa haya leído en algún otro lugar. Una sinagoga hubo también en al calle Alta, y ambas fueron de utilización común por la colonia hebrea. 
En 1866 recogemos la presencia en Melilla de Isaac Salama Bennaen, oriundo de Tetuán, aun cuando su familia era originaria de Xauen. Posteriormente se pierde su presencia en Melilla. No he podido saber si tenía algún parentesco con José Salama, aunque es de sospechar que alguna relación familiar debían tener. 
Este aparecer y desaparecer en Melilla por parte de algún per­sonaje no es nada raro lo que parece querer indicar que debían tener intereses en sus lugares de procedencia desplazándose según las conveniencias. 
En 1867 llegan Salomón Benzaquen, de Gibraltar, Moisés Ben­susán, José Benzaquen Levy, de Tetuán, León Benholias, Moisés Serfaty, de Tetuán, y quizás alguno mas.
  
Cuando por decreto de 1870 se confirma la posibilidad de en­trar en Melilla libremente, la colonia hebrea ya había formado un núcleo consistente, si no muy numeroso sí de gran incidencia en la vida ciudadana. Algunas de estas familias, ampliadas por ramas di­vergentes y convergentes, han llegado hasta nuestros días. Precisa­mente en mayo de 1870 Judah Israel Abensur, de Tetuán, que se es­tablece en la plaza con un comercio de telas. Desde esa fecha las familias hebreas, lenta pero permanentemente se van asentando en la incipiente ciudad; mientras unas permanecen, otras, las menos, se vuelven a marchar. En principio solían establecerse en alguna de las barracas de madera levantadas en la plaza de los Aljibes, para posteriormente pasar a los edificios de mampostería; el trasvase de domicilio es constante. 
Sentob Benchimol (se le españoliza el nombre dándole el de Santos) llega en 1874, Isaac Obadia en 1873, Davis Benvillara en 1872. Moisés Benarroch, llega en 1875, siendo su hijo Guerson, na­cido en Tetuán, uno de los promotores del barrio de Reina Victoria, barrio nacido con importante capital hebreo (principal mente de Tetuán), por lo que en su día, jocosamente, se le llama barrio de Sión.

Mantelete 1882 

Desde 1882, ante la incapacidad de alojamiento en la ciudad vieja, se instalan barracas de madera en el Mantelete interior, buena parte de ellas habitadas por hebreos. Levantado el nuevo barrio del Polígono en 1891, muchos de ellos pasan a este. Próximos a la campana de Magallo llegan a Melilla, Abraham Bittan, León Foienquinos, José Chocrón, Abraham Benadiba, David Charvit y otros. 
La población de origen hebreo aumenta espectacularmente después de la campana de 1893, recibe un importante contingente de 300 personas procedentes de la región de Taza, quienes fundan el barrio Hebreo, levantado en el mismo año de la llegada a pesar de la orden dada de traslado al nuevo campamento asignado en la va­guada de Camellos, y en 1907, algunos hebreos mas llegados de Casablanca, después de los trágicos sucesos ocurridos en aquella ciudad. Pero este es otro tema que merece un estudio aparte y que dejamos para otra ocasión.

viernes, 1 de noviembre de 2013

VILLACAMPA EN MELILLA (I)


Publicado por: Francisco Saro Gandarillas en “El Periódico Melillense” en abril de 2007

En el cementerio de Melilla, en una esquina del primer patio, no lejos del mausoleo dedicado a los héroes de la guerra de Margallo, se halla la llamada Galería Nueva, una galería de nichos que guarda los restos de los antepasados de aquellas familias que, cuando se hizo el traslado desde el cementerio de San Carlos al nuevo de la cañada, eran propietarias de las tumbas del cementerio clausurado.

El día 31 de enero de 1904 le tocó el turno al ocupante de una peculiar tumba situada en una esquina del viejo cementerio. Los restos trasladados ocuparon el nicho nº 2 de la fila nº 2 de la nueva Galería, y según consta en el certificado expedido por el entonces secretario de la Junta de Arbitrios, el abogado Manuel Ferrer, se trataba de los restos de un tal Manuel Villacampa, y se le proporcionaba un nicho provisional, por cinco años, previo pago efectuado por su hija Emilia Villacampa. Los restos hubieran ido a la fosa común si en 1909, al término del plazo, Dª. Emilia no hubiera abonado las 125 pesetas que el reglamento de la Junta exigía para conservar el nicho en propiedad.

El nicho sigue, invariable, en el mismo lugar. Pasado un siglo, no creo que sea temeridad afirmar que la mayoría de los melillenses ignoran, como la mayoría de los españoles en general, quien fue el mencionado D. Manuel. Hoy, con periódica y sorprendente insistencia, unas manos generosas, casi anónimas, limpian cuidadosamente la tumba, impidiendo que el inmisericorde paso del tiempo vaya borrando su escueta leyenda y con ella la última huella material que su ocupante ha dejado en este mundo.



Nicho de Villacampa en Melilla
Manuel Villacampa del Castillo

D. Manuel Villacampa del Castillo nació en Betanzos el 17 de febrero de 1827, hijo del teniente coronel graduado capitán de Infantería D. José Villacampa y Periel, nacido en Laguarta (Huesca), de familia infanzona, según la “Enciclopedia de Aragón”, originaria del lugar de Villacampa en el valle del Serrablo. D. José era hermano de D. Pedro Villacampa, un héroe de la guerra de la Independencia que llegó a teniente general, y a quien algunos colocan, con evidente error, como abuelo de D. Manuel.

A solicitud de su madre, entonces viuda, en febrero de 1836 ingresó como “cadete de menor edad, sin goce de haber, ni antigüedad, ni asignación de cuerpo hasta cumplida al edad de ordenanza”, edad que cumplió en 1839, incorporándose, como primer destino, al Regimiento del Infante nº 5.

No voy a seguir con la extensa hoja de servicios y peripecias de todo tipo de las que fue protagonista D. Manuel Villacampa, cuyo seguimiento nos conduce inexorablemente al dramático final de su accidentada carrera militar. Participó en todos los movimientos militares habidos en España desde el Alzamiento Nacional de 1843, en los primeros de forma pasiva, siguiendo la estela de sus jefes naturales, y en los siguientes, desde la “gloriosa” de 1868, en la que intervino como principal impulsor en Granada, participando activamente en ellos, sobre todo desde la Restauración, figurando, entre las cabezas dirigentes, en todos los intentos golpistas de cambio de régimen a favor de la república hasta el último de 1886, cuyas consecuencias le llevaron a Melilla.

El golpe militar de 1886

Manuel Villacampa fue la cabeza visible, entre todos los partidarios del irreductible Ruiz Zorrilla, del proyecto de golpe militar que desde principios del verano de 1886 se vaticinaba como inminente para los más avisados. El golpe, como se vio posteriormente, estaba deficientemente hilvanado, con adhesiones poco definidas, con unidades militares supuestamente comprometidas que se mostraron pasivas en el momento de actuar. Al parecer, el propio brigadier no estaba muy convencido del buen éxito de la empresa, y si siguió adelante fue por el compromiso adquirido con todos los conjurados. Cuando el brigadier Villacampa se puso al frente del movimiento en Madrid, el 19 de septiembre de 1886, estaba ya condenado al fracaso; por las razones antes apuntadas, pero, sobre todo, por la pasividad encontrada entre la población madrileña, que salvo contados elementos, en su mayoría asistió indiferente a un golpe más de los que tan fecundo fue el siglo XIX.

Detenido el brigadier y puesto en marcha el proceso para el consejo de guerra subsiguiente, Villacampa quiso que se hiciera cargo de su defensa D. Nicolás Salmerón, el político republicano, quien desde el intento de golpe, ante el cual, manifestaba, se encontraba “dolorosamente sorprendido”, pretendía convencer a la clase política de que él nada tenía que ver con el asunto, lo cual solo era media verdad. Como era de esperar, Salmerón, en carta de fecha 29 de septiembre, repitiendo una secuencia muchas veces representada en la historia de la humanidad, rehuyó el cargo de defensor, que le ponía en incómoda situación, poniendo como ingenua excusa el “encontrarse enfermo”.

Como en el caso de su segundo en el golpe, el teniente Felipe González, de quien el abogado elegido tampoco quiso hacerse cargo de su defensa, le fue designado un defensor de oficio en la persona del teniente general D. Pedro Ruiz Dana.

El caso era tan claro que la sentencia del consejo de guerra, celebrado el 2 de octubre siguiente, resultó ser la que se esperaba: por el delito de rebelión se le condenaba a la pena de muerte y a la accesoria de pérdida de la condición de militar.

Desde ese momento desde las filas republicanas y otros sectores de la sociedad, se puso en marcha un vertiginoso proceso de concienciación ciudadana y de presión en los altos organismos públicos para evitar que la sentencia fuese aplicada. Con resultado favorable para esta causa, puesto que el Gobierno indultó a Villacampa sustituyendo la condena a muerte por la de reclusión perpetua. Se ha dicho que fue el interés personal de Sagasta, presidente del gobierno, quien hizo cambiar la opinión de sus ministros (todos partidarios de la aplicación de la sentencia) en sentido favorable al indulto, pues, se afirmaba, incluso la reina era partidaria de un escarmiento. Pero si se sigue día a día el tránsito de los hechos, la conclusión es la contraria: fue la reina quien convenció a Sagasta de que la aplicación de la pena de muerte mancharía de sangre los primeros años de la Regencia, opinión real a la que no debió ser poco ajena la voluntariosa y decidida hija del brigadier, Emilia Villacampa, empeñada hasta límites insospechados en impedir el fusilamiento de su padre, para lo que consiguió incluso, gracias a su tesón, una entrevista con doña María Cristina.

El Gobierno cambió, pues, la fatal sentencia por la de confinamiento en las lejanas tierras de Fernando Póo, adonde se envió al condenado unos días más tarde. Poquísimo tiempo pasó antes de que los republicanos, y sobre todo los partidarios de Ruiz Zorrilla, jefe político de Villacampa, proclamaran a todos los vientos que el Gobierno enviaba al exbrigadier a la lejana colonia africana para que las enfermedades tropicales cumplieran lo que no había podido cumplir el pelotón de ejecución, y así, de forma indirecta, quitarse de encima cualquier posibilidad, aún remota, de vuelta a las andadas.

Es posible que nunca sepamos si fue esta dura acusación de los republicanos o, como aseguraba el Ministro de la Gobernación, el aviso del Gobernador de la colonia sobre la falta de seguridad en la misma, donde se había visto un barco extraño que infundía sospechas sobre la posibilidad de que algún grupo afín al exmilitar intentara liberarlo, lo que decidió al Gobierno a cambiar el lugar de confinamiento por el de Melilla.



Retrato de Villacampa

En Melilla

Manuel Villacampa llegó a Melilla el 15 de febrero de 1887. De su estancia en la plaza no tenemos más información que la facilitada por su hija Emilia, que le acompañó durante la mayor del tiempo, la no muy pródiga, pero interesante, que guarda el Instituto de Historia Militar, y la escasa e inédita existente en el Archivo General de la Administración del Estado.

Algunos diarios madrileños de la época, generalmente los republicanos, recogen las vivencias de la hija del exbrigadier durante su etapa africana, siempre como soporte para arremeter contra el gobierno de la monarquía, en numerosas ocasiones con evidente exageración. Por ello es preciso andar con tiento a la hora de distinguir lo real de lo desfigurado por la pasión política.

Era Gobernador de la plaza el brigadier D. Teodoro Camino Alcobendas, quien durante su breve estancia en la plaza apenas tuvo otro sobresalto mayor que, precisamente, la comunicación recibida del Gobierno en septiembre de 1886, recién llegado al cargo, para que se mantuviera alerta ante los acontecimientos desarrollados en la capital; gobierno por otra parte tranquilo, después que el brigadier Macías, antes de que, por su destitución, disfrazada de cambio de destino, le hubiera dejado el mando de la Plaza en las mejores relaciones con las cábilas cercanas.

Que el brigadier Camino no sentía la menor simpatía por el exmilitar se vio por cuanto desde el primer momento quiso tratarle como si fuera un presidiario más, cuando estaba claro que no era el caso. Quiso obligarle a vestir el mismo traje de aquellos y trató de afeitarle la cabeza y la barba, a lo que Villacampa se negó rotundamente, ya que se consideraba un preso de carácter político y no de derecho común. La hija -gran carácter- se puso del lado de su padre, enfrentándose con todo el mundo, pues desde su llegada al lado de su progenitor se intentó entorpecer la convivencia entre padre e hija.

Emilia Villacampa afirmaba que durante mucho tiempo los oficiales de guardia entraban dos y tres veces por la noche en su habitación para comprobar que el confinado no intentaba evadirse, manteniéndole en vela forzosa, actitud exagerada que daría a entender que se limitaban a cumplir categóricas órdenes superiores. El alojamiento de Villacampa se reducía a una pequeña habitación sin más hueco y luz que la de la puerta de entrada; según El País, órgano del zorrillismo, “construido ex profeso para el reo en el fondo de un patio sombrío que rezumaba humedad”, rematando la descripción: “más que prisión, tumba anticipada”.

Tres meses más tarde cesa en el cargo el brigadier Camino y es sustituido por el del mismo empleo D. Mariano de la Iglesia, un hombre que, como el anterior, había conseguido casi todos sus ascensos por méritos de guerra, y quien se hizo cargo del Gobierno militar y político el 12 de mayo.

Ante los síntomas preocupantes que presentaba el confinado, Emilia Villacampa pretendió conseguir del nuevo Gobernador lo que no había conseguido del anterior, que un médico militar hiciera un diagnóstico de la ya visible enfermedad de su padre. Extrañamente se le exigió que lo pidiera mediante instancia, cuando un caso de esta naturaleza tendría que haber sido de atención inmediata, sin formalismo alguno. El brigadier De la Iglesia parecía mantener una actitud semejante a la de su antecesor respecto a Villacampa.

Emilia, que había hecho la petición el mismo día de la llegada del nuevo Gobernador, presentó el escrito solicitado al día siguiente. De la Iglesia nombró facultativo para el caso al entonces médico segundo de Sanidad Militar D. Pablo Vallescá, llegado al Hospital Militar de Melilla en 1883 y quien casi desde su presentación desempañaba la función de facultativo de la Plaza para atención al personal militar y familias, cargo que inevitablemente (no sin polémica) llevaba consigo el de atención a todo el vecindario.

Reconocido Villacampa por Vallescá el 16 de mayo siguiente expedía un certificado médico en el que decía que “dicho recluso militar político padece estrechez de ventrículo aórtica con atenoma arterial bastante generalizado de naturaleza, al parecer, reumática dados sus antecedentes morbosos…”, que no amenazaba su vida de forma automática, pero que podía comprometerla seriamente “si las condiciones de clima y habitación no fueran lo suficientemente higiénicas”.

Los antecedentes morbosos de la enfermedad se había manifestado por primera vez en 1878, durante su estancia en el castillo de Burgos, donde por cierto había tenido algún que otro incidente con otro hombre de recio carácter, el bien conocido por los melillenses Manuel Buceta, que desempeñaba entonces, como Mariscal de Campo, el cargo de segundo cabo y Gobernador Militar de Burgos, choque del que se derivó un consejo de guerra contra Villacampa, pero cuando este ya tenía el alma encallecida por este tipo de consejos.

Con el certificado en la mano, Emilia Villacampa partió camino de Madrid, donde, pese a su insistencia, en un primer intento, no fue recibida ni por Sagasta, ni por Cánovas, ni por Martos, ni se le abrieron las puertas del palacio real. El asunto Villacampa era cosa del pasado y no motivaba a nadie. En un segundo intento, accede a recibirla Sagasta, quien conviene con ella en que el enfermo debe ser trasladado a la península; también Cánovas (influido por su esposa, según El País) le asegura que no se opondrá a la medida humanitaria.

Pero, de vuelta a Melilla, pasa el tiempo y nada se resuelve. Se dice, incluso, que las órdenes estaban dadas. Alguien, al parecer, se cruzó en el camino y las buenas intenciones quedaron olvidadas.

¿Quién fue el que se cruzó?. Solo un órgano de prensa se atrevió a sugerir un nombre. La Correspondencia Militar, al poco de morir Villacampa, manifestaba, crítica y mordaz, que a los buenos propósitos de algunos ministros al respecto “se oponía, según dicen, el veto impuesto por el general que más pruebas ha dado siempre de amor y culto a la disciplina: D. Arsenio Martínez Campos”.



 Villacampa de Brigadier
Villacampa y Martínez Campos

Desde que fue nombrado jefe del Tercio de la Guardia Civil de Valencia, en 1871, Villacampa había puesto todo su empeño en la persecución y liquidación de las partidas carlistas de la zona. Su acierto en la acción le había supuesto el ascenso a brigadier por méritos de campaña y su designación como Gobernador Militar de Castellón.

En julio de 1873 fue nombrado Capitán General de Valencia D. Arsenio Martínez Campos. Poco después se encontraban en Torrente la columna del Capitán General y la mandada por Villacampa. El encuentro tuvo lugar coincidente con la formalización de la propuesta de militares distinguidos en la campaña entre el 26 de julio y el 8 de agosto. En ella decía Martínez Campos que el brigadier Villacampa había conseguido deshacer todo el movimiento cantonal de la provincia de Castellón. Frase textual: “Es un oficial de buenos servicios y dotes de mando, digno de la consideración del Gobierno.”

Veinte días más tarde el Capitán General destituye a Villacampa “por no tener condiciones ni dar resultados”. ¿Qué había ocurrido para un cambio tan radical en la opinión del General y, sobre todo, en tan corto espacio de tiempo?. El País, años más tarde, afirmaba vagamente que Martínez Campos pudiera haber sondeado al brigadier sobre la posibilidad de contar con su apoyo en caso de tener que aplicar un golpe de fuerza a favor de la monarquía exiliada, y el segundo se había opuesto. No es descartable, y podría explicar perfectamente que el Capitán General quisiera apartar a un posible opositor. Tampoco se me ocurre otra explicación más razonable a la vista de cómo se desarrollaron los hechos posteriormente.

La noticia de su destitución le llegó a Villacampa cuando entraba en Castellón, de vuelta de una expedición a Vinaroz. Con su habitual talante resolutivo, el brigadier, sin esperar la anunciada llegada del vapor Levante, tomó una barca pescadora y se llegó hasta Valencia. Allí envió un telegrama al Ministro de la Guerra quejándose de su caso y pidiendo la apertura de una sumaria “en vindicación de su honra militar”, tal como poco después informaba el diario local Las Provincias. Esa misma noche se presentó en la casa del Capitán General, donde Martínez Campos se hallaba reunido con el alcalde y demás autoridades republicanas; entró directamente hasta el grupo de civiles y allí les ofreció sus servicios personales, como soldado, “para empuñar un fusil uniéndose a los voluntarios de la libertad”. Fácilmente puede uno imaginarse el rostro atónito de Martínez Campos, ante la osada actitud, ciertamente bastante descortés (aunque ya no estaba bajo sus órdenes), del brigadier.

Poco más tarde redactó un informe sobre su actuación en la zona del Maestrazgo cuya lectura confirma que su destitución estaba injustificada, informe que envió al Ministro de la Guerra del nuevo Gobierno de Castelar, quien quedó plenamente convencido de la arbitrariedad del cese, hasta el punto de que con fecha 23 de octubre siguiente era repuesto en el cargo de Gobernador militar de Castellón. Un desaire para Martínez Campos que debió apuntar en su agenda personal de cara a los trabajos preparatorios del posterior golpe de Sagunto.

En esta época Villacampa no era aun el extremista republicano en el que habría de convertirse más tarde. Poco después de los hechos narrados, en una recepción oficial, Villacampa comentó a persona de su confianza “que pronto debía verificarse un cambio radical poniéndose al frente del Gobierno el Duque de la Torre y Martos y que entonces estaríamos todos bien.” Alguien le oyó el comentario y lo puso en conocimiento del Ministro de la Guerra Sánchez Bregua, quien mandó investigar el asunto, sin que de ello saliera nada concreto.

Por cierto, que no se equivocó, pues el Duque de la Torre accedió al Gobierno transcurridos escasos días. Protegido el brigadier por la República, transcurrió un año completo sin que nadie se atreviera a interponerse en su camino. Pero, un poco antes del “saguntazo”, el General Jovellar, General en Jefe de la zona, que estaba metido de lleno en la conspiración, aunque todavía hoy haya algunos que lo dudan, con fecha 26 de noviembre de 1874 le ordena a Villacampa que se traslade a Valencia “para recibir instrucciones, entregando el mando el mando de la plaza de Morella (donde tenía establecido el Gobernador de la provincia su sede) al Jefe que por ordenanza le corresponda.”. Martínez Campos no se había olvidado de él.

El golpe del 29 de diciembre en Sagunto le sorprendió sin haber cumplimentado la orden de Jovellar; pero para los sublevados el asunto no tenía ya importancia, pues tenían preparado al brigadier D. José de la Zendeja, para asumir el mando de la Plaza de Morella y, lo más importante, de la segunda brigada de la segunda División que llevaba anexo.

Curiosamente, Villacampa entregó el mando el día 10 de enero y la disposición de cese se publicó el 20 del mismo mes, pues había prisa por desactivar un potencial y peligroso adversario.

Desde este momento, y hasta su fracaso de 1886, Villacampa hizo inquebrantable propósito de volver a recuperar para la Republica el lugar de donde se la había desplazado por la fuerza.