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domingo, 27 de septiembre de 2015

Zocos y Fondaks

Publicado por Francisco Saro Gandarillas en Prensa-3, febrero-marzo y abril-mayo 1983, Cuadernos de Historia de Melilla, nº 1, 1988, p. 148-154.

Las continuas disputas entre musulmanes y cristianos a lo largo de quinientos años de transcurrir histórico melillense no fueron obstáculo ni impedimento para que las relaciones comerciales entre ambas poblaciones se desarrollaran con una continuidad y una persistencia que tiene que sorprender a cualquiera que esté medianamente al cabo de lo que han sido tanto años de discordia en esta zona norteafricana.

Las peculiares relaciones entre españoles y marroquíes daban lugar a hechos tan inauditos como el del comerciante moro que en la luminosa mañana mediterránea llegaba al recinto español con su insignificante género, dispuesto a sacarle unos miserables maravedíes en el mercado de la Alafia, convenciendo, con la sonrisa en los labios, al escéptico soldado andaluz, de las excelencias de su mercancía. Se hace difícil creer que este mismo mercader, de vuelta a su cabila, una vez traspasada la puerta del campo sufría repentina transformación convirtiéndose en el más furibundo de los enemigos, esperando con paciencia propia de su raza la ocasión de acabar con la vida de un cristiano. Embutido en alguno de los ataques que rodeaban el recinto el fiel creyente pedía a Allah le facilitara una victima con la que tranquilizar su conciencia. Más de una vez Allah le concedía el favor y una nueva baja se producía entre la ya escasa guarnición española, quizá el mismo a quien por la mañana habla vendido parte de su pobre mercancía.

Estas cosas pueden ocurrir cuando dos modos distintos de entender la vida se ven condenados a convivir mal que bien en un territorio en disputa. Unos obsesionados con la expulsión del odiado “rumi”, los otros defendiendo a toda costa su permanencia en un terreno duramente ganado, y ambos aprovechando las ocasiones de mutuo beneficio. Tú me das y yo te doy. Después... ¡Allah Akbar!, que cada uno defienda su parcela.

Aunque pueda parecer difícil de concebir esta situación se mantuvo, con variaciones y altibajos según las épocas, hasta bien entrado nuestro siglo (XX), prácticamente hasta terminadas las campañas de los años veinte.

Desde siempre este característico intercambio comercial se desarrolló en la Plaza de la Alafia (hoy Plaza de Armas), aunque siempre con grandes precauciones. Más de una vez el exceso de confianza dio lugar a comprometidas situaciones resueltas en última instancia gracias al valor de los escasos defensores.

Zoco del Mantelete 1893

Durante el siglo XIX el zoco moruno tuvo diversos emplazamientos; en la Plaza de Armas o la Plaza de los Aljibes; en otro momento en el foso de los Carneros, y por fin, desde 1860 en el Mantelete, con prohibición absoluta de penetrar en la Plaza. En ese lugar se mantuvo durante bastantes años. Al principio lejos de la puerta de San Jorge, después junto al muro X, a partir de la construcción del mismo desde el año 1875. Tras el paréntesis de la guerra de Margallo, una vez levantado el viejo mercado cubierto del Mantelete a finales de siglo, el mercado moruno se estableció en la calle de San Jorge, junto a aquel. El todas las épocas el toque de Diana marcaba el momento de apertura de puertas exteriores y el comienzo del zoco diario. El espectáculo debió tener gran colorido; si juzgamos por los testimonios que nos han dejado testigos de la época: la confusión, el griterío y las discusiones interminables eran teatro habitual. En la milenaria miseria del campo fronterizo un maravedí perdido era acumular más hambre al hambre acumulada.

Después de la campaña de 1893, algunos de los vendedores del Mantelete pasaron al nuevo barrio del Polígono, donde se formó un pequeño zoquillo, más o menos donde se sitúa el actual. Precisamente era en este barrio donde se alojaban buena parte de los comerciantes marroquíes. Para ellos se habilitó un fondak en la calle de Estopiñán (hoy Montes Tirado). Fondak típicamente bereber con su patio inferior para alojamiento de los sufridos jumentos morunos y pilastras de madera sujetando la parte superior, de madera también, alojamiento de los dueños. No sé si conservando todas las características básicas de entonces, el corral se ha mantenido en pie hasta nuestros días, constituyendo en mi opinión, un edificio a conservar en el futuro por su rareza dentro de la ciudad. En la calle de Alava (hoy Comandante Haya) hubo también una posada moruna.

Barrio del Polígono, vista general (1894)

Algunos de los que comerciaban en el Mantelete “aposentaban” sus “utilitarios” de cuatro patas en un albergue para caballerías que se levantó a fines de siglo al pie del Cerro de San Lorenzo, en la parte opuesta del matadero, ocultando su miserable construcción a las miradas profanas de los cristianos. El albergue desapareció algunos años más tarde al extenderse la ciudad hacia esa zona. Para alojamiento del personal habla una posada cercana a la puerta de Santa Bárbara, salida del Mantelete.

También en Ataque Seco, habla una posada moruna en aquellos días. Entonces era una confusión de cuevas, barracas, chozas y porquerizas sin reconocimiento oficial, por lo que un establecimiento de esta especie, de pobre apariencia, podía pasar totalmente desapercibido. Esta proliferación de posadas nos puede dar una idea del intenso comercio con las cabilas del entorno, en una época en que la población musulmana de la ciudad era muy pequeña. El comercio estaba basado lógicamente en productos del campo, básicamente huevos, verduras y volátiles, pues otros productos como las pieles, por ejemplo, seguían trayectorias distintas.

Fuere de San Miguel y Ataque Seco (1909)

El General Fernández, de feliz memoria, se empeñó en levantar un zoco-fondak de mayor envergadura que los desorganizados zoquillos del momento. Un zoco que aglutinara todo el comercio zonal hasta el Sur de Marruecos. Su idea era construirlo en las cercanías del río de Oro con desembarcadero propio. Pero el proyecto fue desechado, no sé si por la influencia de Cándido Lobera, que no era partidario de este tipo de mercados internos a los que consideraba inútiles.

Un año más tarde, el General Segura volvió a recoger el proyecto, que llegó incluso a realizarse sobre el papel por Francisco Orozco, el constructor del cuartel de la Guardia Civil, de los pabellones de Santiago, del Buen Acuerdo y los polémicos pabellones que llevaron su nombre hasta que el General García-Aldave (padre), los convirtió en Comandancia.

General en 1912. La idea quedó en nada, quizá por el poco tiempo de que dispuso el General Segura, quien sólo pudo levantar, como obra perdurable, el barrio Obrero (hoy Concepción Arenal). En el proyecto del Sr. Orozco, como idea innovadora había también una mezquita para que no faltara nada al elemento musulmán y pudiera encontrarse a sus anchas en la ciudad. Sin embargo, intentar hacer una mezquita cuando la Iglesia del Llano (hoy del Sagrado Corazón) estaba sin terminar, era más de lo que el melillense estaba dispuesto a soportar.

Tendría que ser un militar emprendedor y voluntarioso, el general Chacel, quien pusiera en marcha el proyecto definitivo de zoco-fondak, logrando que el Ministerio de Fomento se interesara en la empresa. Aún cuando, como luego veremos, con este proyecto se equivocó por completo, este general ha sido uno de los presidentes de la Junta de Arbitrios que mayor huella han dejado en la ciudad. Impulsor de la construcción del barrio de Reina Victoria, (hoy centro) fue el verdadero creador de la Melilla moderna, aún cuando su estancia en la plaza apenas sobrepasó el año.

Llegado el general Chacel a la ciudad en abril de 1906, cuatro meses más tarde ya estaba terminado el proyecto de reglamento para el zoco. La construcción de éste había alentado las expectativas de hacer de Melilla un gran centro comercial que aglutinara todo el comercio del norte mogrebí de Uxda a Taza prolongándose por el sur hasta el Figuig y Tafilat. Melilla, con un gran puerto en construcción, único en cientos de millas a derecha e izquierda, podía canalizar todas las corrientes comerciales de Sur a Norte y de Norte a Sur hasta el momento desperdigadas por rutas divergentes y de las que sólo una parte llegaba hasta la plaza.

La ocasión parecía ser de oro. El Roghi, pintoresco aspirante al trono marroquí conservaba bajo su mano un territorio extenso en el que, por las buenas o por las malas, su autoridad se hada sentir, y al mismo tiempo, su pretendida amistad hacia los españoles garantizaba un comercio teórico que en otro caso se hubiera hecho cuanto menos problemático.

Fue precisamente su autodenominado Jefe de Estado Mayor”, Gabriel Delbrel, quien dio a las autoridades españolas una idea de lo que habla de ser este zoco. Este curioso personaje era el único europeo que en los primeros años del siglo se permitía pasear por las cabilas aledañas sin que peligrara su cabeza. Aventurero surgido de no se sabe donde, parece ser que estuvo parte de su vida en Argelia, de donde le venia su conocimiento de las gentes y costumbres musulmanas. Se dijo de él que era un enviado de Francia con el objeto de estudiar la penetración comercial francesa en la zona y algo de ello debla ser cierro. A los oficiales españoles sentaba como un tiro el convivir con aquel tipo petulante y en alguna ocasión le fue prohibida la entrada en Melilla. Pero era el único europeo que conocía el terreno palmo a palmo y no hubo más remedio que recurrir a él durante varios años para conseguir información sobre la zona. La descripción de ésta en un libro que publicó en aquella época sirvió de pauta para la penetración en el territorio al establecerse el Protectorado. Gabriel Delbrel falleció en Sebt, cerca de Segangan, en 1917 siendo empleado de la Jefatura de Asuntos Indígenas.

Es este raro personaje, caldo en desgracia con el Roghi en ese mismo año de 1906 por razones no muy claras, quien hizo el primer croquis de lo que habla de ser el zoco, basándose en su conocimiento de los zocos argelo-marroquíes. Sobre este esbozo, el ingeniero de la Junta de Arbitrios capitán de Ingenieros D. Eusebio Redondo hizo el proyecto definitivo. A finales del año comenzaba la explanación del terreno a medio camino entre el barrio de Triana y la posada del Cabo Moreno.

Una vez más Cándido Lobera dio su opinión desfavorable sobre el proyecto, acertando por completo en su predicción. El zoco, que pretendía ser esencialmente ganadero, fue desdeñado por los cabileños desde el primer momento. Los altos aranceles de entrada a Melilla por un lado y la imposibilidad de exportar los productos a España, por otro se unieron al ya tradicional recelo indígena hacia estos parajes y a las facilidades dadas por los franceses en su zona (Uxda-Tlemcen-Marnia) para dejar tocado de un ala antes de nacer el ambicioso proyecto. El almacén de cereales, levantado en las faldas de San Lorenzo con la idea equivocada de que los cabileños traerían sus cosechas a Melilla, fue otro de los proyectos inútiles puesto en marcha con mayor cantidad de voluntarismo
que eficacia.

El zoco fue terminado. Comenzado a levantar después de algunas dudas y vacilaciones en enero de 1908, se terminaba año y medio más tarde. Admitía 240 reses vacunas, 80 cabezas de equinos, 1, 700 de ganado lanar y contaba con una amplia explanada para camellos. Tenia previstos 20 puestos en zoquillo de verduras, café moruno y fondak para alojamiento de personal.

Ni una sola vez se empleó en su cometido primario. Fatalmente, al poco de su terminación, comenzó la primera campaña del Rif rematando definitivamente un proyecto que habla nacido moribundo. Llegadas las primeras expediciones de tropas hubo que alojarlas donde se pudo y dentro de las escasas posibilidades de acuartelamiento en la plaza el zoco reunía las características de poder alojar personal y ganado en una zona relativamente próxima al lugar de los acontecimientos. El batallón de Figueras de la 1ª Brigada Mixta de Cazadores, aquella brigada mandada por el infortunado general Pintos, muerto en la acción del Barranco del Lobo, fue la primera unidad militar alojada en el zoco. Solicitado por Guerra al Ministerio de Fomento, fue recibido el 7 de agosto de 1909 permaneciendo en manos militares hasta nuestros días, siendo hoy un alojamiento de la Policía Militar y Mayoría de Intendencia. Durante las campañas fue también hospital, cuartel de Ingenieros y Maestranza de Artillería. En 1.910 la Junta de Arbitrios pretendió instalar en él el mercado para los barrios del Real e Hipódromo pero la idea fue abandonada.

Zoco Nuevo

Uno de los espectáculos más curiosos de la Melilla antigua debió ser la salida y llegada de trabajadores marroquíes para los trabajos de recolección en Argelia. Espectáculo variopinto y, a su vez, peligroso. En una época en que las enfermedades infecciosas hacían estragos en parte de la población melillense -precisamente la más desnutrida y la que vivía en precarias condiciones de alojamiento que era el 70% de ella-, la llegada al puerto de marroquíes procedentes de Orán, en pleno mes de julio, añadía un nuevo peligro a las difíciles condiciones sanitarias de la ciudad. Portadores del “piojo verde”, el maléfico difusor del tifus exantemático debían ser desinfectados y cuidadosamente controlados por las autoridades sanitarias para evitar peligrosas infecciones.

Para su alojamiento lejos de las aglomeraciones urbanas, alguien tuvo la desdichada idea de levantarles un fondak al pie de la Florentina, cercano a los muelles de Ribera. La obra corrió a cargo de constructores musulmanes quienes desde siempre se distinguieron por su poca habilidad para este tipo de trabajos. A fines de junio de 1920 estaba acabada. Tenia aspecto típicamente bereber: muros inclinados y alabeados que amenazaban desplomarse, puertas desiguales y desencajadas, ventanucos microscópicos para evitar el “maléfico” aire puro, apestosa corraliza para el famélico ganado e incluso bardales espontáneos para que los usuarios olvidaran que se encontraban en una ciudad civilizada y no en medio del campo cabileño. Una obra así, verdadera vergüenza para una ciudad que se titulaba “capital cultural del Norte de África” no podía durar mucho. Posiblemente se hubiera desplomado por si mismo a poco que se la hubiera dejado estar pero la piqueta municipal se adelantó a los acontecimientos y, en diciembre siguiente, apenas cinco meses más tarde era derribada con todos los honores.

 Zoco de Reina Regente

El último intento de zoco (que yo sepa) oficialmente establecido y municipalmente protegido se hizo un año más tarde. Para evitar las venganzas del personal cristiano soliviantado por el desastre militar de unos días antes, el 12 de agosto de 1921 dispuso la autoridad que el peculiar comercio diario hispanomarroquí se hiciera en las afueras de _la ciudad. Se escogió un terreno en las cercanías de Reina Regente fundándose un zoco cuya vida fue bastante corta, pues dos años más tarde era suprimido por el general Echagüe. En su lugar se levantarla un infame barrio de casuchas y barracas que Cándido Lobera llamó, imitando el nombre de otro barrio de la ciudad, el “barrio del Mal Acuerdo” por las inhumanas condiciones de vida de los que en él se alojaban, barrio que se llamó precisamente “del Zoco” hasta que en 1932 se le puso el nombre de Hernán Cortés que ha conservado hasta hoy.


Esta es una síntesis de los zocos y fondaks que hubo en Melilla, establecimiento que si bien no perduraron no cabe duda de que debieron dar una nota de color a la ya colorida vida del melillense de antaño.

jueves, 16 de julio de 2015

Los primeros hebreos de Melilla

Publicado por: Francisco Saro Gandarillas en El Telegrama de Melilla, 23-01-1983.

En fecha reciente, la UNED organizo y celebro en esta ciudad un curso de Historia del Judaísmo Español en cuyo programa, y como final de conferencias, figuraba un tema que por su importan­cia local debió ser recibido con gran expectación por los numero­sos asistentes al citado curso. El tema trataba de 1os judíos en el Norte de África, y fue desarrollado por don Carlos Posac Mon, per­sona muy conocida en Melilla, en cuyo instituto desempeño diver­sas labores docentes y donde efectuó algunos interesantes trabajos sobre hallazgos arqueológicos de la zona.

Curso de Historia del Judaísmo Español

Al final de la conferencia del señor Posac se suscito el tema de la llegada a Melilla de los primeros judíos, sin que de la contestación de aquel, quien fijaba con toda lógica su llegada en fecha posterior a 1860, se desprendiera el año exacto de su instalación en la ciudad, dato, según mi parecer, inédito hasta la fecha, y como con­secuencia, general mente desconocido. Podemos decir que esa es la cruz de las conferencias, que por su tipo de planteamiento impide la intercomunicación del publico asistente, aunque dentro de el haya alguien capaz de aportar algún dato al problema que se sus­cite. En un coloquio el data hubiese salido a la luz, aunque tengo mis dudas sobre la credibilidad del publico con respecto a mi aportación, al no contar, como se suele casi exigir a ciertos niveles lo­cales, con la titulación “ad hoc” que como por arte de magia faculta al individuo para saber de estas y otras cosas.
EI tema, que duda cabe, era lo suficientemente sugestivo como para volverlo a traer a la calle. Aun cuando ya tenía en mi poder datos elocuentes sobre la llegada de hebreos a Melilla durante el pasado siglo y el actual, he querido penetrar algo mas en la cuestión para clarificar lo máximo posible un aspecto de la historia pa­sada de la ciudad de enorme interés si tenemos en cuenta que el co­mercio zonal estuvo durante casi cincuenta años, de forma mayoritaria, en manos de hebreos, prácticamente hasta la campana de 1909, en que Melilla da el estirón definitivo y se asientan en la ciudad numerosos comerciantes llegados principalmente de Andalucía y Levante. 
Revolviendo en algunos papeles de aquí y allá, poco a poco fueron saliendo algunos datos, no abundantes ciertamente, pero que pueden servir de cimiento a un estudio posterior mas exhaustivo sobre el tema que clarifique de forma definitiva el asunto. 
Por Real Orden de 17 de febrero de 1864 quedan derogadas todas aquellas disposiciones que hasta esa fecha prohibían o limi­taban el establecimiento en Melilla de población foránea. EI pro­blema de la escasez de terrenos y las dificultades de un abasteci­miento precario, algunas épocas incluso inexistente, impedían el asentamiento libre de personas en la plaza. Gracias al último tra­tado firmado con el sultán de Marruecos, como consecuencia de la campana de Tetuán, se facilitaron unas nuevas relaciones comerciales propiciando, al menos en el plano teórico, un entendimiento con las cabilas limítrofes y del interior. Al mismo tiempo la expansión territorial, sin ser exagerada, hacía prever una temprana colonización del campo exterior recién ganado con el establecimiento de agricultores y ganaderos, facilitándose la subsistencia de una mayor población que, de esta forma, no tendrá que depender de unos transportes marítimos siempre inseguros y de unos recursos habitualmente escasos. 
EI real decreto de 1864 debió divulgarse con rapidez por la zona, y ya dos meses mas tarde cinco moros fronterizos solicitan hacerse súbditos de España. Ignoro en que legislación se basaron las autoridades para concederles la nacionalidad española, pero el caso cierto es que el cinco de mayo siguiente juraban fidelidad a su nueva patria y pasaban a engrosar el censo de nacionales. Sin em­bargo su presencia se difumina mas tarde, desapareciendo en cen­sos posteriores lo cual pudo significar, y en esto es posible que me pase de mal pensado, que su lealtad no debió ir muy lejos. 
Desde la expulsión de los judíos de España en 1502, esta zona del norte africano debió seguramente recibir algunos contingentes de aquellos. Como suposición mas que certeza, pues no dispongo de mas datos que los que me proporciona la existencia de algunas tumbas de judíos en el territorio aledaño, alguna de las cuales es así mismo venerada (o era) por los propios musulmanes. Una tumba hasta hace pocos años visitada con cierta asiduidad par los hebreos locales, es la de Raabi Sadia, en las cercanías de Nador, costumbre por cierto abandonada no se sabe muy bien por que; quizá por el descreimiento propio de estos años. 
Entre los viejos papeles no he podido encontrar dato alguno que indique llegada de hebreos a Melilla entre febrero y agosto de 1864. Es precisamente el día 31 de agosto de ese año cuando los hermanos Menájem y Aaron Obadia, llegados del campo fronterizo donde tenían su domicilio hasta la fecha, arriendan una casa, pro­piedad de Encarnación Rodríguez, situada en la calle del Horno sin numero, en mil cuatrocientos escudos. Esa misma casa, en años su­cesivos, pasara de mana en mano, todas ellas hebreas. Es una las­tima no saber de que zona del campo fronterizo llegaron los her­manos Obadia. Ambos, que por cierto firmaban con caracteres hebraicos, posiblemente debían pertenecer a las cabilas de Mazuza o Beni Chicar. A decir verdad, hebreos con el apellido Obadia co­merciaban con la plaza de Melilla desde bastantes años antes. Pienso que el apellido Obadia debía ser bastante común en el terri­torio, pues aparece, con nombres diversos, con cierta frecuencia.

Calle San Miguel

Sabemos que en enero de 1865, Mesod Obadia vivía en el numero veinte de la calle San Miguel; tenía un hermano llamado Abraham. Ambos debían proceder igualmente de las cabilas cerca­nas, aun cuando no he podido constatar si eran o no parientes de Menajem y Aaron. Un tal Judah Obadia comerciaba con Melilla sin ser residente en la plaza.
Mesod Obadia aparece en 1870 asociado a Menajem e Isaac Serfaty, de origen argelino (de Oran), en un comercio establecido precisamente en la casa arrendada por los primeros Obadia de 1864; la compañía que comerciaba con Francia, Inglaterra y Marruecos se disolvió ese mismo año. 
Aun cuando en alguna parte Figura la llegada de José Salama Groffé en el ano 1864, en otro documento se hace constar su lle­gada en 1869, y para mayor desconcierto en la reseña biográfica aparecida a su fallecimiento se menciona su llegada en 1873, fecha indudablemente falsa, inclinándome a creer que la primera es la mas cierta, a juzgar por otros detalles secundarios. Procedía de Tetuán, estableciéndose en Melilla como comerciante y, no mucho mas tarde, como banquero, siendo con el tiempo representante del Banco de España en esa plaza, hasta que este se establece en 1a ciu­dad por R. D. de 3 de noviembre de 1911. Consignatario y agente de seguros prácticamente desarrolla todas las actividades relacio­nadas con asuntos comerciales y financieros. Propulsor de la nueva Melilla, junto con Pablo Vallesca, levanta el primitivo barrio del Mantelete, y mas tarde el barrio de Reina Victoria, junto con otros hebreos. Vivía después de su llegada en la calle de San Miguel, en el numero 26, en el mismo edificio donde después de la guerra de Margallo un tetuaní Salomón Melul, llegado a Melilla en 1867, establecería La Estrella Oriental, principal comercio de la ciudad hasta la construcción del barrio de Reina Victoria. en el que su hijo David, nacido en Melilla, levantara, en 1907, la primera casa de la Melilla moderna. el numero uno de la Avenida, entonces calle de Chacel. Primera casa y primer comercio de la ciudad, el Bazar Reina Victoria.

Bazar Reina Victoria 

La casa fue derribada en 1915 Y reconstruida en su forma actual, a cargo de Enrique Nieto; casa característica, hoy se encuentra muy abandonada, como una sombra de lo que fue antaño. 
En 1865 llega a Melilla Jalfon Hachuel, consuegro de José Sa­lama, comerciante y rabino de Melilla des de su llegada. Rabino de una sinagoga que sí existió en la calle de San Miguel, aunque otra cosa haya leído en algún otro lugar. Una sinagoga hubo también en al calle Alta, y ambas fueron de utilización común por la colonia hebrea. 
En 1866 recogemos la presencia en Melilla de Isaac Salama Bennaen, oriundo de Tetuán, aun cuando su familia era originaria de Xauen. Posteriormente se pierde su presencia en Melilla. No he podido saber si tenía algún parentesco con José Salama, aunque es de sospechar que alguna relación familiar debían tener. 
Este aparecer y desaparecer en Melilla por parte de algún per­sonaje no es nada raro lo que parece querer indicar que debían tener intereses en sus lugares de procedencia desplazándose según las conveniencias. 
En 1867 llegan Salomón Benzaquen, de Gibraltar, Moisés Ben­susán, José Benzaquen Levy, de Tetuán, León Benholias, Moisés Serfaty, de Tetuán, y quizás alguno mas.
  
Cuando por decreto de 1870 se confirma la posibilidad de en­trar en Melilla libremente, la colonia hebrea ya había formado un núcleo consistente, si no muy numeroso sí de gran incidencia en la vida ciudadana. Algunas de estas familias, ampliadas por ramas di­vergentes y convergentes, han llegado hasta nuestros días. Precisa­mente en mayo de 1870 Judah Israel Abensur, de Tetuán, que se es­tablece en la plaza con un comercio de telas. Desde esa fecha las familias hebreas, lenta pero permanentemente se van asentando en la incipiente ciudad; mientras unas permanecen, otras, las menos, se vuelven a marchar. En principio solían establecerse en alguna de las barracas de madera levantadas en la plaza de los Aljibes, para posteriormente pasar a los edificios de mampostería; el trasvase de domicilio es constante. 
Sentob Benchimol (se le españoliza el nombre dándole el de Santos) llega en 1874, Isaac Obadia en 1873, Davis Benvillara en 1872. Moisés Benarroch, llega en 1875, siendo su hijo Guerson, na­cido en Tetuán, uno de los promotores del barrio de Reina Victoria, barrio nacido con importante capital hebreo (principal mente de Tetuán), por lo que en su día, jocosamente, se le llama barrio de Sión.

Mantelete 1882 

Desde 1882, ante la incapacidad de alojamiento en la ciudad vieja, se instalan barracas de madera en el Mantelete interior, buena parte de ellas habitadas por hebreos. Levantado el nuevo barrio del Polígono en 1891, muchos de ellos pasan a este. Próximos a la campana de Magallo llegan a Melilla, Abraham Bittan, León Foienquinos, José Chocrón, Abraham Benadiba, David Charvit y otros. 
La población de origen hebreo aumenta espectacularmente después de la campana de 1893, recibe un importante contingente de 300 personas procedentes de la región de Taza, quienes fundan el barrio Hebreo, levantado en el mismo año de la llegada a pesar de la orden dada de traslado al nuevo campamento asignado en la va­guada de Camellos, y en 1907, algunos hebreos mas llegados de Casablanca, después de los trágicos sucesos ocurridos en aquella ciudad. Pero este es otro tema que merece un estudio aparte y que dejamos para otra ocasión.

jueves, 11 de junio de 2015

Un barrio singular: el viejo Mantelete



Publicado por Francisco Saro Gandarillas en El Telegrama de Melilla, 24-01-1982; Cuadernos de Historia de Melilla, nº 1, 1988, p. 139-144.

Aún cuando hoy ha perdido la fisonomía propia de cuando nació, a finales del pasado siglo, el Mantelete es, sin duda, uno de los barrios más característicos de Melilla, destacado por lo mismo entre dos numerosos que forman esta extensa ciudad norteafricana. El Espasa, la Biblia del saber del español del siglo XX, nos sorprende y nos reafirma en nuestro presupuesto anterior al encontrar entre sus voces la siguiente: Mantelete: barrio de Melilla. Seria interesante, conocer cuántos barrios de las más conocidas ciudades españolas han merecido figurar, aún de forma tan escueta, en la popular enciclopedia.

El Mantelete, en términos de fortificación antigua, era un parapeto móvil de tablones utilizado para acercarse a las murallas a cubierto de los tiros de los sitiados. Esta palabra nos transporta a los tiempos en que Melilla era una plaza sitiada y nos habla de angustias y penalidades, la dura vida de guarnición que configura la apasionante historia de la vieja ciudad.

Antes de que comenzaran las construcciones en el Mantelete el terreno estaba ocupado por los huertos de donde la población sacaba parte de los necesarios elementos de subsistencia. Defendidos desde 1707, por la torre de Santa Bárbara, los huertos se extendían por una superficie que ocupaba lo que hoy es antigua estación de autobuses, plaza de Carros y calles adyacentes, es decir, más o menos la mitad de lo que es el barrio actual.


 Plano1764 
En 1875, después de la desviación del río de Oro, que anteriormente desembocaba a la altura del lugar en que hoy se encuentra el Club Marítimo después de atravesar el terreno hoy ocupado por el Parque Hernández y Plaza de España, y en el ganado al mar por los aluviones del río, se levanta el muro X, muro conocido por buena parte de los melillenses de hoy y que se alargaba entre el torreón de la Cal, junto a la puerta de la Marina, y un punto cercano a la fachada suroeste del edificio municipal; desde ese punto se unía por mediación de una muralla con la torre y Santa Bárbara, situada 30 metros por delante del actual Banco de España, torre que fue derribada en abril de 1911 por necesidades de la urbanización. En esta muralla estaba la puerta del campo, puerta de salida del Mantelete al llano de Santiago y de donde partían las tres carreteras que enlazaban el Mantelete con los barrios exteriores, del Polígono, Buen Acuerdo y Triana, hoy convertidas en Avenida, Marina y García Valiño.

Después de la campaña de Tetuán, firmado el convenio de 1861 por el que se reconocía y ampliaba el campo exterior de Melilla, la ciudad pareció encontrar una nueva posibilidad de expansión a su constreñida, existencia, encerrada en las murallas de la maltratada ciudad alta. Desde 1864 en que desaparece la limitación anterior se permite la libre residencia en la plaza de Melilla a todo aquel que quiera establecerse en el nuevo territorio de soberanía, disposición confirmada en 1870 y con la que se inicia la colonización (lenta colonización) del campo exterior.

Poco a poco llega la nueva población y ya en 1880 fue totalmente imposible acogerla en la vieja ciudadela, por lo que fue preciso autorizar el montar, dentro del Mantelete barrancas desmontables de madera con el fin de paliar el problema.



Entonces el Mantelete estaba dividido, dentro del perímetro de sus murallas, en dos partes, separadas por un muro que se extendía desde el Cuartel de San Fernando (hoy Policía Nacional) hasta la luneta de Santa Isabel (hoy, en su lugar, el cuartel de la Guardia Civil) y desde allí el muro X, junto a la puerta de salida a la mar hacia la mitad del muró.

Las barracas fueron instaladas en el interior de este recinto, bajo las murallas de la Plaza o prostíbulos. Un cronista de la época daba el número de 393 familias ocupantes de estas barracas, en unas condiciones de vida, que hoy nos parecen lamentables pero que entonces eran un recurso necesario y aceptado por la carencia de viviendas.

En 1888 se autorizó la venta de solares en el Mantelete interior, por lo que las barracas fueron trasladadas al exterior, en el espacio disponible entre el muro divisor y la muralla de Santa Bárbara. Los solares desalojados fueron subastados y a finales de 1891 estaban terminadas las nuevas viviendas, que son las cuatro manzanas que hoy ocupan el fondo del barrio cercanas a la muralla.



Barrio del Polígono en La Ilustración Nacional. 18 Enero 1894


También en 1888 nace el barrio del Polígono. Gran parte de los comercios establecidos en las barracas del Mantelete exterior pasan, en 1891, al acabarse las cuatro primeras manzanas del nuevo barrio, a establecerse en él; las barracas son llevadas a los iniciados barrios del Buen Acuerdo y Triana y en julio de 1892 ya no quedaba ninguna en el Mantelete.

Aún cuando aquellas desaparecen, los principales comercios de Melilla siguieron situados durante bastantes años (hasta la construcción del barrio de Reina Victoria, hoy Héroes de España) en el Mantelete. La zapatería de Alcaraz, el almacén de Samuel Salama, la casa de Benchimol, la de Cabo (con su sorprendente jamón asturiano), Economato militar y otros más, siguieron siendo indispensables para el ciudadano de la

Melilla a caballo de los dos siglos.

En 1893 acontecen los lamentables sucesos de la campaña de Margallo. Las tropas expedicionarias no tienen alojamiento y es preciso habilitarles algunos cuarteles provisionales. Surgen así los primeros acuartelamientos, a base de barracones de madera, en el Mantelete y la Alcazaba.


 Cuartel de Artillería
 

En el Mantelete se establecen el Batallón de Artillería, el depósito de ganado de Caballería y algunas dependencias (hoy desglosada en Intendencia e Intervención militar). El cuartel se levanta con carácter provisional y durará prácticamente hasta 1925, se encontraba instalado en la parte del Mantelete exterior adjunta al muro X. El depósito de ganado en los terreno ocupados hoy por la Plaza de Estopiñán y la vieja estación de autobuses, terrenos que también ocupó, en lugar cercano al fuerte de San Miguel, los depósitos de paja y leña y la panificación de Administración Militar.

Con las tropas expedicionarias llega también una unidad de la Guardia Civil, unidad que dio tan magníficos resultados que quedó permanente en la nueva organización militar surgida tras la guerra de Margallo. Para su alojamiento hubo que derribar la vieja luneta de Santa Isabel, y en su lugar se levantó, en 1.896, el cuartel de la Guardia Civil actual, construido por el Sr. Orozco quien más tarde construirla también los pabellones de Santiago, los del Buen Acuerdo y la actual Comandancia General.


 Mercado Cubierto


En 1897, siendo gobernador el general Alcántara, se derriba el muro que separaba ambos Manteletes, en el trozo comprendido entre el cuartel de la Guardia Civil y la puerta de San Jorge, y en su lugar se construye el mercado, ese mercado que como ruina venerable se conserva hoy todavía, ocupado por multitud de pequeñas tiendas pero que en su día fue creado exclusivamente para dar artículos de primera necesidad, de los que Melilla no andaba muy sobrada. En la calle de San Jorge, desde las primeras horas de la mañana en que se abría la puerta de Santa Bárbara, se formaba un pequeño zoquillo al aire libre. Una vez abierta la puerta, los indígenas vendedores partían en carrera desenfrenada hacia la calle; cuando les faltaba escasos metros lanzaban las babuchas sobre la acera y allí donde cala ese era su puesto de venta. En 1905 acabó el pintoresco pero lamentable espectáculo de los moros galopantes; la Junta de Arbitrios levantó unas pequeñas casetas a espaldas del cuartel de la Guardia Civil trasladando a este nuevo lugar el mercadillo de la calle San Jorge.

En ese mismo año de 1.897, se instala en la calle Medina sidonia (hoy Fernández de Miranda) la primera central eléctrica de Melilla, un pequeño motorcito que apenas proporcionaba energ1a para unos pocos puntos de luz, hasta que poco tiempo después, en 1899, se instala en el llano la

Sociedad Industrial, centrar que han conocido muchos de los melillenses de hoy.

Desde que en 1900 se autoriza la construcción de casetas en la parte del muro X que mira al mar el interés por el torreón de las Cabras, centro hasta entonces de la vida social melillense se desplaza al nuevo paseo. Los concesionarios de las casetas se encargan de rellenar el terreno, ganando al mar el espacio suficiente para convertir el antiguo playazo en paseo amplio y cómodo. En él se establece el Casino Español, se crea una sección del Casino Militar, se abre el café de Cabo, nuevo mentidero de la ciudad, donde por quince céntimos el café se podían matar las horas en amigable tertulia, se instalan el restaurante de la Marina, el Diván España, la cervecería de la viuda de Galbán; allí se levanta la Gran fábrica de gaseosas de Ramón Espinosa, el café de Moyano, la Unión Recreativa, lugares y personas que pasando el tiempo, y ante la inminencia de la construcción del puerto, abandonarían el muro para integrarse en el nuevo barrio, que desde 1909, habida de surgir en el llano de Santiago.


Paseo del general Macías


En el paseo del muro X, paseo que desde mayo de 1903 pasó a denominarse del general Macías, aunque nunca perdió su primitivo nombre hasta que fue derribado, se celebraban las fiestas y carnavales de Melilla, los antiguos y añorados carnavales en los que todo el mundo participaba y en los que no era imposible encontrar disfrazados alguno de los serios coroneles de la Plaza. También desde el paseo podía contemplarse el único espectáculo que de forma habitual se ofrecía a la población: la llegada y partida de los viejos correos, el “Mahón” y el “Sevilla”; para cerciorarse de que el correo no iba a faltar ese día, muy cerca del muelle, en la caseta de la Compañía de Mar, podía encontrarse al meteorólogo oficioso de Melilla, el teniente Morán, hombre amable alrededor del cual se cocían las esperanzas y frustraciones de los que esperaban en el muelle la llegada de algún familiar o de alguna noticia.

Todas las anteriores circunstancias contribuyeron a hacer del muro X y su paseo uno de los lugares más representativos de la Melilla de principios de siglo, lugar que hoy añoran con tristeza y nostalgia algunos pocos supervivientes de aquella época amable.


Casa de Salama y cuartel de la Guardia Civil

En el año 1900 se levanta también junto al cuartel de la Guardia Civil, la que durante muchos años fue mejor casa de la ciudad: la casa de Salama. La casa parecía surgir en un lugar que no era el suyo. Rodeada de construcciones provisionales, incomparablemente mejor que las restantes casas de Melilla, parecía haberse equivocado de ciudad. Con ella prácticamente en 1911 de la casa que hoy ocupa el número 2 de la A venida, la casa de Salama se destaca en el Mantelete como avanzada de lo que no tardando mucho habla de ser la nueva gran ciudad. Con ella prácticamente queda configurado el Mantelete, hasta que en enero de 1911, con el fin de poner en práctica el más tarde olvidado plan de urbanización de José de la Gándara, el Rey Alfonso XIII derribaba la primera piedra de la muralla de Santa Bárbara, momento en que en el barrio comienza una nueva fase de su existencia: el nuevo Mantelete.