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miércoles, 24 de febrero de 2016

LA MEZQUITA DEL RÍO

En las inmediaciones del río de Oro, al final de la calle Querol , se encuentra un curioso edificio , de planta irregular , cuyas características arquitectónicas le hacen destacar en medio de los edificios circundantes. Ignoro cual es su función actual , pero durante bastantes años fue el objeto de una iniciativa  , de una controversia y , finalmente ,de la consecución de una aspiración extendida en el tiempo.

Mezquita del río, 2011

Población musulmana y mezquita
Al comienzo del siglo XX, la población musulmana de Melilla estaba reducida a una decena de familias, compuestas básicamente de comerciantes procedentes de la parte occidental de Marruecos, llegados a la ciudad a la vista de los nuevos tiempos anunciados tras la finalizar la aparatosa guerra de Margallo y la firma del posterior acuerdo con el Majzen marroquí, que parecían predecir épocas de bonanza en las relaciones entre Melilla y el campo exterior. Desde 1900 esta población se incrementaría, aunque muy lentamente, hasta alcanzar los 180 musulmanes que figuran en el padrón de 1907.

Pero las incidencias acaecidas en el territorio cercano, motivadas por la presencia en el mismo de partidarios y adversarios del nuevo señor de la zona, el Rogui Bu Hamara, obligó a que, en varias ocasiones, no pocos de los unos y de los otros, aunque sobre todo de los segundos, tuvieran que buscar refugio en Melilla, dando lugar a la formación de un singular barrio rifeño en los alrededores del fuerte de Camellos.

Si a esta población ocasional le añadimos que, en algunas épocas del año, se concentraban en Melilla numerosos marroquíes que se desplazaban a las faenas de la recolección en Argelia, no es de extrañar que algunos momentos hubiera en la ciudad más de tres mil musulmanes, población que no disponía en la ciudad de un edificio donde efectuar las prácticas que exigía su religión.

Aunque esta necesidad era motivo de preocupación desde principios de siglo, no se hizo pública hasta la época en que era Gobernador el General Segura, en el año 1905, en el que a la petición de una mezquita se añadía la de una posada o fondak  que atendiera a las necesidades de la numerosa población flotante, ya que la existente en el barrio del Polígono (que aún permanecía casi invariable a mi llegada a Melilla en 1979) se había quedado muy pequeña.

En época del General citado llegó incluso a realizarse un proyecto de mezquita, presentado por el contratista de obras  ejecutor de las del cuartel de la Guardia Civil del Mantelete y de los pabellones militares que más tarde serían transformados en la actual Comandancia General, el malagueño Francisco Orozco.

El proyecto, que el diario local adjetivaba de “notable”, comprendía, además de la mezquita, un café, una posada y diversas dependencias, además de un enorme patio de más de siete mil metros cuadrados. Su mayor inconveniente era el coste, 120.000 pesetas, que lo condenaban de antemano al proyecto a ser archivado para siempre, pues se hubiese llevado casi todo el presupuesto del que disponía la Junta de Arbitrios para obras en el  ejercicio económico. En algún rincón del archivo de la Comandancia General debe dormir olvidado.

Surge la polémica
En 1906 surge a la luz pública, inducido por el diario "El Telegrama del Rif", la cuestión de la mezquita, asunto del que se proclama adalid el propio Cándido Lobera, su director y propietario. Al manifestar que mientras las comunidades cristiana y hebrea tenían  iglesia y sinagoga, la musulmana carecía de mezquita, planteaba la discusión sobre el tema. La comunidad hebrea disponía de sinagogas de carácter privado; la cristiana de una iglesia en el Pueblo, aunque esta última, además de su lejanía de los barrios exteriores, tenía una capacidad muy reducida, insuficiente para una población, posible practicante, de unas 12.000 almas. En 1900 se habían puesto los cimientos de una nueva iglesia en el llano, sin que las obras adelantaran  mucho ni poco, y donde el dinero invertido, de procedencia privada en su mayor parte, era dinero perdido .

Sin embargo, el Gobernador Militar, general Marina, parece que acogió con interés la propuesta de construcción de una mezquita, con gran alegría de la comunidad musulmana que, según el diario local, manifestaba que esa obra esperada era el mayor favor que podía hacerles el general.

En octubre de ese año, los tenientes coroneles Centaño y Echagüe ,en comisión por el Norte de África, y en una memoria enviada al Ministerio de la Guerra, proponían la construcción, en las plazas de Ceuta y Melilla, o en sus terrenos exteriores, de mezquitas para que los musulmanes “ puedan acudir libremente a hacer sus plegarias”.

En esas mismas fechas, la Asociación Mercantil, entre las propuestas cursadas al Ministerio de Fomento, incluía la construcción de una mezquita, aunque también solicitaba la construcción por parte del Estado de una sinagoga y una iglesia de gran capacidad. En la propuesta de la Asociación iba implícita la polémica, pues igualmente daba a entender  que, por dotar de aquellos elementos a las religiones musulmana y hebrea no podía “dejarse indotado el culto católico”.

Esa era la cuestión básica. Al parecer, la opinión pública de Melilla se dividía en tres grupos. Un grupo, minoritario,radicalmente opuesto a que en la ciudad se construyese una mezquita; otro, igualmente minoritario, que opinaba que la mezquita fuese construida  sin más dilaciones, y un tercer grupo, mayoritario, que estaba de acuerdo en que se levantase una mezquita, pero siempre que  fuese construida  con anterioridad la pospuesta iglesia del llano, cuyas obras, abandonadas, se veían en el lugar donde hoy se halla la iglesia de la plaza de Menéndez Pelayo.

La obra de la mezquita no encontró dotación económica. Los comerciantes musulmanes aseguraban que ellos “contribuirían de buen grado a los gastos de las obras“, pero su reducido número hacía que su aportación fuera insignificante; solamente podían garantizar el gasto del culto y mantenimiento de la misma una vez terminado el edificio.

Con estas premisas se renovaría año tras año la cuestión, sin que se adelantara nada en el proyecto. En 1908 se agregaría a la polémica el diario El Correo Español, de Orán, en la pluma de su director, Manuel Cañete, colaboración bien acogida por Cándido Lobera, que volvía a la carga: “Si a los rifeños hambrientos les dimos asilo, justo es que también las ofrezcamos, en nuestra tierra, asilo para sus almas”.

Criticaba Lobera la decisión tomada muchos años antes, tras hacerse efectiva la ocupación del terreno, de derribar la mezquita del cerro de Santiago, al que llama santuario de Lalla Yenada, y a la que, no se por que razón, consideraba la santa más venerada del Rif. Parece evidente, ahora que tenemos las pruebas documentales ,que  la permanencia de aquella mezquita hubiese sido, sin duda alguna, una cotidiana fuente de conflictos, además de que su derribo estaba contemplado en los acuerdos con el Majzen marroquí.

En abril de 1908 el General Marina hizo gestiones en el Ministerio de Estado  con el fin de conseguir el crédito necesario para la obra; pensaba que con 30.000 pesetas sería suficiente , pero en Melilla persistía la polémica, estando  como estaba, pendiente la obra de la iglesia del llano.

Lobera, optimista, exultaba de alegría: “Muy pronto, pues, el muecín, desde el minarete de la mezquita, llamará a los fieles a la oración, proclamando a los cuatro vientos que España no es enemiga de la ley musulmana”.

En cuanto a lugar de su instalación, los comerciantes musulmanes optaban por el terreno alto situado detrás de la  inacabada iglesia y la central eléctrica, donde hoy se encuentra el colegio España, por ser un lugar equidistante respecto a los barrios con  mayor población musulmana, Mantelete y Polígono.

Estando los tristes restos de la iglesia  católica a su lado, como un monumento a la desidia, la propuesta no fue tomada en consideración. También se les puso de manifiesto que, cuando se terminara la iglesia en construcción, el volteo de campanas les podía distraer en sus oraciones, asunto que nos retrotrae a cuestiones más cercanas en el tiempo. Allí, en aquel alto, en octubre de 1923, se inauguraron las escuelas públicas, proyecto de Francisco Carcaño.

Para este momento, el presupuesto de 30.000 pesetas era insuficiente, estando más cerca de las 40.000, teniendo en cuenta que aquel debía atender también a la adquisición del mobiliario ( lámparas, tapices, esteras, etc) destinado al  culto.

El ministro de Estado, señor Allendesalazar, tampoco se hizo cargo de la dotación económica del proyecto.  El asunto llegó, incluso , al Congreso de los Diputados, en el que al año siguiente, fue interpelado por el diputado Villanueva – titular, en el puerto de Melilla, del muelle del mismo nombre – que, siendo persistente visitante de la ciudad durante varios años, pasaba por ser buen conocedor de sus asuntos. El ministro de Estado  le contestó en el sentido de que él, personalmente, no era contrario a que fuera levantada la mezquita, pero no con fondos del Estado, al no haber dotación para la misma, lo mismo que en ocasiones anteriores se le había negado consignación a las obras de la iglesia del llano.

Vuelve a terciar Manuel Cañete, desde Orán, poniendo el ejemplo del rey Alfonso XIII, quien al visitar la plaza de Ceuta, había sido conducido a la mezquita de esta ciudad, donde tuvo ocasión de departir con los musulmanes allí residentes, quienes habían recibido con entusiasmo al Sultán de España. Lamenta el periodista que, en un  posible visita del Rey a Melilla, no pudiera conversar con los musulmanes en otra mezquita.

Se formó una comisión de comerciantes musulmanes con el fin de presionar en pro de la consecución de su objetivo. Al de la mezquita se añadió otro que anteriormente no figuraba en su agenda de reivindicaciones: la habilitación de un cementerio, idea que El Telegrama del Rif admitió como muy razonable. La propuesta cogió de sorpresa, pues nadie imaginaba que persona alguna de confesión musulmana quisiera ser enterrada en tierra de cristianos. Hasta entonces las inhumaciones se efectuaban en el cementerio de Sidi Guariach, adjunto a la frontera de Melilla con Marruecos y dentro de la no marcada zona neutral, sin que hasta aquella fecha hubiese habido reclamación alguna al respecto. Pero el asunto quedó en expectativa de futuro, y, como es sabido, ha sido resuelto no hace mucho tiempo.

De momento, la colonia musulmana debió contentarse con la  aprobación, por parte del General Marina, de la propuesta efectuada por aquella, de que en tiempo de ramadán , el estampido del cañón de Camellos señalara el final del día. Cañete, optimista como Lobera, señalaba que “aquel día quedó empezada virtualmente la mezquita de Melilla”.

Proyecto en suspenso
Al comenzar la campaña militar de 1909, cuyo próximo centenario imagino que traerá consigo numerosas intervenciones orales y escritas, la cuestión de la mezquita quedó paralizada. La tensión emocional provocada por los acontecimientos ocurridos en las inmediaciones de Melilla aconsejó no tocar el tema en tanto se dilucidaban los combates que, dilatados en el tiempo, tanta influencia aportaría al transcurrir de la historia social y política de la época. De hecho, algunos de los musulmanes afincados en Melilla optaron por abandonar discretamente la ciudad a la espera de tiempos más tranquilos.

Cuando Lobera, principal adalid en el tema de la mezquita, y una vez finalizadas las más importantes operaciones de la campaña, vuelve a colocar a la luz pública el proyecto de mezquita, en febrero de 1910, no pudo prever el aluvión de críticas que le llovieron desde los medios escritos más intransigentes de la Península, sobre todo los de adscripción católica más extremista ,entre ellos La Defensa, de Málaga, quienes tacharon a la Lobera de  ateo, hereje y anticatólico, aconsejaban a Don Cándido que se convirtiera a la religión islámica, mientras abogaban porque  todo el Rif fuera evangelizado, poniendo de manifiesto su absoluto desconocimiento del país vecino.

Hombre positivista, Lobera se defendía alegando que la construcción de la mezquita no solo era de justicia para la práctica de la religión de la corta población musulmana de Melilla, sino que constituía por sí misma una importante medida política de cara a la futura intervención de España en el territorio rifeño, de la que el militar y periodista, no se puede negar, era firme partidario.

Lo cierto es que, dados los tiempos que corrían, nadie quiso secundar a Lobera en esta empresa , esperando sin duda, mejores ocasiones para ello.

Una obra premiosa
A la vista de que el tiempo pasaba y el edificio no se construía, los comerciantes musulmanes, la mayoría regresados a la ciudad tras los acontecimientos de 1909 y 1911, enviaron, en enero de 1913, una carta  al rey Alfonso XIII para que mostrara su influencia en los medios apropiados al objeto, y se dotaran de una vez las obras de la mezquita.

En ese mismo año se funda en Melilla una curioso organismo al que se dio el llamativo nombre de Junta para el fomento de los intereses morales de los indígenas, organismo compuesto por diversas personas de la ciudad  con capacidad suficiente para, por sí mismas o en conjunto, influir en temas relacionados con los intereses de la población musulmana domiciliada o transeúnte. De ella formaban parte el general Villalba, de la Junta de Arbitrios, Manuel Becerra, por Fomento, el coronel Ardanaz, por la Oficina Indígena, El Bachir ben Sennah, delegado del Sultán,  por los marroquíes, El hach Ben Hayan, por los comerciantes musulmanes, Francisco Serrano, por la Cámara de Comercio, y, sobre todo, Cándido Lobera  por la prensa. Ni que decir tiene que entre los objetivos de la Junta estaba la demorada obra de la mezquita.

En enero de 1914, el general Jordana, comandante general, se entrevistaba en Madrid con el ministro de Gracia y Justicia, señor marqués de Vadillo, del que consiguió, por fin, las tres mil primeras pesetas asignadas a la anterior Junta y destinadas a la construcción del edificio religioso. En el mes de mayo siguiente, el capitán de Ingenieros José de la Gándara, que prestaba sus servicios  en la Junta de Arbitrios desde febrero de 1910,  hizo un proyecto de mezquita , que debía construirse mediante concurso.

La mezquita se comenzó poco tiempo después, antes incluso de que fueran sacadas a concurso las obras, sobre un solar situado en las cercanías del río de Oro, donde hoy se halla el edificio señalado al comienzo de este texto.

En diciembre de ese año se reunía de nuevo la Junta , esta vez presidida por el coronel Ardanaz, asistiendo igualmente la mayoría de los vocales participantes en la anterior, con variaciones debidas a la presencia del ingeniero José de la Gándara , director de la obra, del comerciante musulmán Si Ben Yelder  y el comandante de la sección política de la oficina indígena  José Riquelme. De la Gándara, que abandonaría Melilla poco después, dio cuenta del pliego de condiciones para el concurso y del estado de la obra. El presupuesto ascendía a 31.000 pesetas. Aquí el ingeniero cometió un error de precipitación al manifestar que la obra de cimentación estaba finalizada, y que había costado unas 8.500 pesetas, lo que haría que el coste total de aquella se elevaría a las 40.000 pesetas. Tanto El Bachir como Ben Yelder se mostraron muy reconocidos con España y las autoridades locales .

Pero una cosa era el proyecto y otra muy distinta la dotación , y como no había fondos para su ejecución el tiempo fue pasando y hasta julio de 1916 no fue posible continuar las obras iniciadas dos años antes . El nuevo ingeniero municipal , Moreno Lázaro , hizo un proyecto de alminar que no figuraba en el proyecto inicial.

Las cantidades que se fueron recibiendo para la mezquita se emplearon en su totalidad en la fijación de los cimientos, pues, muy al contrario de lo que afirmaba De la Gándara, la filtración permanente de agua y su problemático desagüe, hizo inútil toda la inversión, y así un año más tarde, no solamente no había dinero para continuar las obras, sino que todo lo ejecutado amenazaba ruina por probable corrimiento de tierras. El Telegrama del Rif  estimaba que la elección del lugar había sido muy desacertada.

Al terminarse el dinero, las obras se abandonaron. En 1922 se estimaba que todo lo hecho  se hallaba completamente arruinado.

Por fin , la mezquita
Llegaron los trágicos acontecimientos de 1921, y nadie volvió a recordar el tema de  la nonata mezquita . El Telegrama del Rif , anteriormente firme defensor de su construcción, guardó un discreto silencio sobre el mismo para evitar una controversia que en nada hubiese contribuido a atemperar los caldeados  ánimos de la población .

Hubo que esperar a que los ecos de las operaciones militares llegaran ya amortiguados desde las altas cumbres del Rif central, para volver a retomar la añeja cuestión. El Comandante General, Alberto Castro Girona ,en marzo de 1926, tomó la determinación de continuar las obras pendientes, para lo que, en principio, se ordenó al teniente de Ingenieros Joaquín Hernández Barraca que comenzara la reconstrucción. Se encargó un proyecto al arquitecto Larrucea, quien concibió un edificio de mayores proporciones que el abandonado anterior, ampliándolo para que en el mismo fueran instaladas las oficinas del Delegado del Gran Visir Abdelkader ben el Hach Tieb, así como una zauía, un baño, un fondak y una sala de justicia. Igualmente se incluía en el proyecto la instalación de una residencia para estudiantes musulmanes y una  escuela coránica.

Mezquita del río, inauguración 1927

Le mezquita era de reducidas proporciones, pues solamente abarcaba una superficie en forma de cuadrado de 12 metros de lado y 10 de altura. En las paredes sobresalían unos llamativos relieves  de estilo granadino policromado, el pavimento se componía de azulejos sevillanos y el techo  mostraba un artesonado de madera.

El conjunto construido fue inaugurado el 19 de octubre de 1927 con presencia de las autoridades militares, civiles y del protectorado, entre estos últimos el Gran Visir y los caides de las cabilas de la zona oriental.

Mezquita del río , interior (1927)

El general González Carrasco, en nombre del Gobierno, hizo alusión a la situación general del territorio, en el que, “habiendo cesado de hablar la pólvora, y unidos protectores y protegidos  para consolidar la paz y gozar de sus beneficios“, España atendería a todas sus necesidades tanto espirituales como materiales de sus habitantes. de ello daba prueba la nueva mezquita que se inauguraba , para que los musulmanes residentes en Melilla y sus alrededores  pudiesen cumplir los preceptos religiosos.

El Gran Visir, habló en nombre de los musulmanes, agradeciendo a España los beneficios que les proporcionaba , expresando su convencimiento de que la paz sería perpetua.

A continuación, los comerciantes musulmanes establecidos en Melilla leyeron un documento , en el que agradecían a España el interés tomado en este dilatado asunto.


Este es el edificio al principio señalado y que cumplió su objetivo en solitario hasta  la inauguración, en 1947, de  la nueva mezquita del Polígono .

domingo, 27 de septiembre de 2015

Zocos y Fondaks

Publicado por Francisco Saro Gandarillas en Prensa-3, febrero-marzo y abril-mayo 1983, Cuadernos de Historia de Melilla, nº 1, 1988, p. 148-154.

Las continuas disputas entre musulmanes y cristianos a lo largo de quinientos años de transcurrir histórico melillense no fueron obstáculo ni impedimento para que las relaciones comerciales entre ambas poblaciones se desarrollaran con una continuidad y una persistencia que tiene que sorprender a cualquiera que esté medianamente al cabo de lo que han sido tanto años de discordia en esta zona norteafricana.

Las peculiares relaciones entre españoles y marroquíes daban lugar a hechos tan inauditos como el del comerciante moro que en la luminosa mañana mediterránea llegaba al recinto español con su insignificante género, dispuesto a sacarle unos miserables maravedíes en el mercado de la Alafia, convenciendo, con la sonrisa en los labios, al escéptico soldado andaluz, de las excelencias de su mercancía. Se hace difícil creer que este mismo mercader, de vuelta a su cabila, una vez traspasada la puerta del campo sufría repentina transformación convirtiéndose en el más furibundo de los enemigos, esperando con paciencia propia de su raza la ocasión de acabar con la vida de un cristiano. Embutido en alguno de los ataques que rodeaban el recinto el fiel creyente pedía a Allah le facilitara una victima con la que tranquilizar su conciencia. Más de una vez Allah le concedía el favor y una nueva baja se producía entre la ya escasa guarnición española, quizá el mismo a quien por la mañana habla vendido parte de su pobre mercancía.

Estas cosas pueden ocurrir cuando dos modos distintos de entender la vida se ven condenados a convivir mal que bien en un territorio en disputa. Unos obsesionados con la expulsión del odiado “rumi”, los otros defendiendo a toda costa su permanencia en un terreno duramente ganado, y ambos aprovechando las ocasiones de mutuo beneficio. Tú me das y yo te doy. Después... ¡Allah Akbar!, que cada uno defienda su parcela.

Aunque pueda parecer difícil de concebir esta situación se mantuvo, con variaciones y altibajos según las épocas, hasta bien entrado nuestro siglo (XX), prácticamente hasta terminadas las campañas de los años veinte.

Desde siempre este característico intercambio comercial se desarrolló en la Plaza de la Alafia (hoy Plaza de Armas), aunque siempre con grandes precauciones. Más de una vez el exceso de confianza dio lugar a comprometidas situaciones resueltas en última instancia gracias al valor de los escasos defensores.

Zoco del Mantelete 1893

Durante el siglo XIX el zoco moruno tuvo diversos emplazamientos; en la Plaza de Armas o la Plaza de los Aljibes; en otro momento en el foso de los Carneros, y por fin, desde 1860 en el Mantelete, con prohibición absoluta de penetrar en la Plaza. En ese lugar se mantuvo durante bastantes años. Al principio lejos de la puerta de San Jorge, después junto al muro X, a partir de la construcción del mismo desde el año 1875. Tras el paréntesis de la guerra de Margallo, una vez levantado el viejo mercado cubierto del Mantelete a finales de siglo, el mercado moruno se estableció en la calle de San Jorge, junto a aquel. El todas las épocas el toque de Diana marcaba el momento de apertura de puertas exteriores y el comienzo del zoco diario. El espectáculo debió tener gran colorido; si juzgamos por los testimonios que nos han dejado testigos de la época: la confusión, el griterío y las discusiones interminables eran teatro habitual. En la milenaria miseria del campo fronterizo un maravedí perdido era acumular más hambre al hambre acumulada.

Después de la campaña de 1893, algunos de los vendedores del Mantelete pasaron al nuevo barrio del Polígono, donde se formó un pequeño zoquillo, más o menos donde se sitúa el actual. Precisamente era en este barrio donde se alojaban buena parte de los comerciantes marroquíes. Para ellos se habilitó un fondak en la calle de Estopiñán (hoy Montes Tirado). Fondak típicamente bereber con su patio inferior para alojamiento de los sufridos jumentos morunos y pilastras de madera sujetando la parte superior, de madera también, alojamiento de los dueños. No sé si conservando todas las características básicas de entonces, el corral se ha mantenido en pie hasta nuestros días, constituyendo en mi opinión, un edificio a conservar en el futuro por su rareza dentro de la ciudad. En la calle de Alava (hoy Comandante Haya) hubo también una posada moruna.

Barrio del Polígono, vista general (1894)

Algunos de los que comerciaban en el Mantelete “aposentaban” sus “utilitarios” de cuatro patas en un albergue para caballerías que se levantó a fines de siglo al pie del Cerro de San Lorenzo, en la parte opuesta del matadero, ocultando su miserable construcción a las miradas profanas de los cristianos. El albergue desapareció algunos años más tarde al extenderse la ciudad hacia esa zona. Para alojamiento del personal habla una posada cercana a la puerta de Santa Bárbara, salida del Mantelete.

También en Ataque Seco, habla una posada moruna en aquellos días. Entonces era una confusión de cuevas, barracas, chozas y porquerizas sin reconocimiento oficial, por lo que un establecimiento de esta especie, de pobre apariencia, podía pasar totalmente desapercibido. Esta proliferación de posadas nos puede dar una idea del intenso comercio con las cabilas del entorno, en una época en que la población musulmana de la ciudad era muy pequeña. El comercio estaba basado lógicamente en productos del campo, básicamente huevos, verduras y volátiles, pues otros productos como las pieles, por ejemplo, seguían trayectorias distintas.

Fuere de San Miguel y Ataque Seco (1909)

El General Fernández, de feliz memoria, se empeñó en levantar un zoco-fondak de mayor envergadura que los desorganizados zoquillos del momento. Un zoco que aglutinara todo el comercio zonal hasta el Sur de Marruecos. Su idea era construirlo en las cercanías del río de Oro con desembarcadero propio. Pero el proyecto fue desechado, no sé si por la influencia de Cándido Lobera, que no era partidario de este tipo de mercados internos a los que consideraba inútiles.

Un año más tarde, el General Segura volvió a recoger el proyecto, que llegó incluso a realizarse sobre el papel por Francisco Orozco, el constructor del cuartel de la Guardia Civil, de los pabellones de Santiago, del Buen Acuerdo y los polémicos pabellones que llevaron su nombre hasta que el General García-Aldave (padre), los convirtió en Comandancia.

General en 1912. La idea quedó en nada, quizá por el poco tiempo de que dispuso el General Segura, quien sólo pudo levantar, como obra perdurable, el barrio Obrero (hoy Concepción Arenal). En el proyecto del Sr. Orozco, como idea innovadora había también una mezquita para que no faltara nada al elemento musulmán y pudiera encontrarse a sus anchas en la ciudad. Sin embargo, intentar hacer una mezquita cuando la Iglesia del Llano (hoy del Sagrado Corazón) estaba sin terminar, era más de lo que el melillense estaba dispuesto a soportar.

Tendría que ser un militar emprendedor y voluntarioso, el general Chacel, quien pusiera en marcha el proyecto definitivo de zoco-fondak, logrando que el Ministerio de Fomento se interesara en la empresa. Aún cuando, como luego veremos, con este proyecto se equivocó por completo, este general ha sido uno de los presidentes de la Junta de Arbitrios que mayor huella han dejado en la ciudad. Impulsor de la construcción del barrio de Reina Victoria, (hoy centro) fue el verdadero creador de la Melilla moderna, aún cuando su estancia en la plaza apenas sobrepasó el año.

Llegado el general Chacel a la ciudad en abril de 1906, cuatro meses más tarde ya estaba terminado el proyecto de reglamento para el zoco. La construcción de éste había alentado las expectativas de hacer de Melilla un gran centro comercial que aglutinara todo el comercio del norte mogrebí de Uxda a Taza prolongándose por el sur hasta el Figuig y Tafilat. Melilla, con un gran puerto en construcción, único en cientos de millas a derecha e izquierda, podía canalizar todas las corrientes comerciales de Sur a Norte y de Norte a Sur hasta el momento desperdigadas por rutas divergentes y de las que sólo una parte llegaba hasta la plaza.

La ocasión parecía ser de oro. El Roghi, pintoresco aspirante al trono marroquí conservaba bajo su mano un territorio extenso en el que, por las buenas o por las malas, su autoridad se hada sentir, y al mismo tiempo, su pretendida amistad hacia los españoles garantizaba un comercio teórico que en otro caso se hubiera hecho cuanto menos problemático.

Fue precisamente su autodenominado Jefe de Estado Mayor”, Gabriel Delbrel, quien dio a las autoridades españolas una idea de lo que habla de ser este zoco. Este curioso personaje era el único europeo que en los primeros años del siglo se permitía pasear por las cabilas aledañas sin que peligrara su cabeza. Aventurero surgido de no se sabe donde, parece ser que estuvo parte de su vida en Argelia, de donde le venia su conocimiento de las gentes y costumbres musulmanas. Se dijo de él que era un enviado de Francia con el objeto de estudiar la penetración comercial francesa en la zona y algo de ello debla ser cierro. A los oficiales españoles sentaba como un tiro el convivir con aquel tipo petulante y en alguna ocasión le fue prohibida la entrada en Melilla. Pero era el único europeo que conocía el terreno palmo a palmo y no hubo más remedio que recurrir a él durante varios años para conseguir información sobre la zona. La descripción de ésta en un libro que publicó en aquella época sirvió de pauta para la penetración en el territorio al establecerse el Protectorado. Gabriel Delbrel falleció en Sebt, cerca de Segangan, en 1917 siendo empleado de la Jefatura de Asuntos Indígenas.

Es este raro personaje, caldo en desgracia con el Roghi en ese mismo año de 1906 por razones no muy claras, quien hizo el primer croquis de lo que habla de ser el zoco, basándose en su conocimiento de los zocos argelo-marroquíes. Sobre este esbozo, el ingeniero de la Junta de Arbitrios capitán de Ingenieros D. Eusebio Redondo hizo el proyecto definitivo. A finales del año comenzaba la explanación del terreno a medio camino entre el barrio de Triana y la posada del Cabo Moreno.

Una vez más Cándido Lobera dio su opinión desfavorable sobre el proyecto, acertando por completo en su predicción. El zoco, que pretendía ser esencialmente ganadero, fue desdeñado por los cabileños desde el primer momento. Los altos aranceles de entrada a Melilla por un lado y la imposibilidad de exportar los productos a España, por otro se unieron al ya tradicional recelo indígena hacia estos parajes y a las facilidades dadas por los franceses en su zona (Uxda-Tlemcen-Marnia) para dejar tocado de un ala antes de nacer el ambicioso proyecto. El almacén de cereales, levantado en las faldas de San Lorenzo con la idea equivocada de que los cabileños traerían sus cosechas a Melilla, fue otro de los proyectos inútiles puesto en marcha con mayor cantidad de voluntarismo
que eficacia.

El zoco fue terminado. Comenzado a levantar después de algunas dudas y vacilaciones en enero de 1908, se terminaba año y medio más tarde. Admitía 240 reses vacunas, 80 cabezas de equinos, 1, 700 de ganado lanar y contaba con una amplia explanada para camellos. Tenia previstos 20 puestos en zoquillo de verduras, café moruno y fondak para alojamiento de personal.

Ni una sola vez se empleó en su cometido primario. Fatalmente, al poco de su terminación, comenzó la primera campaña del Rif rematando definitivamente un proyecto que habla nacido moribundo. Llegadas las primeras expediciones de tropas hubo que alojarlas donde se pudo y dentro de las escasas posibilidades de acuartelamiento en la plaza el zoco reunía las características de poder alojar personal y ganado en una zona relativamente próxima al lugar de los acontecimientos. El batallón de Figueras de la 1ª Brigada Mixta de Cazadores, aquella brigada mandada por el infortunado general Pintos, muerto en la acción del Barranco del Lobo, fue la primera unidad militar alojada en el zoco. Solicitado por Guerra al Ministerio de Fomento, fue recibido el 7 de agosto de 1909 permaneciendo en manos militares hasta nuestros días, siendo hoy un alojamiento de la Policía Militar y Mayoría de Intendencia. Durante las campañas fue también hospital, cuartel de Ingenieros y Maestranza de Artillería. En 1.910 la Junta de Arbitrios pretendió instalar en él el mercado para los barrios del Real e Hipódromo pero la idea fue abandonada.

Zoco Nuevo

Uno de los espectáculos más curiosos de la Melilla antigua debió ser la salida y llegada de trabajadores marroquíes para los trabajos de recolección en Argelia. Espectáculo variopinto y, a su vez, peligroso. En una época en que las enfermedades infecciosas hacían estragos en parte de la población melillense -precisamente la más desnutrida y la que vivía en precarias condiciones de alojamiento que era el 70% de ella-, la llegada al puerto de marroquíes procedentes de Orán, en pleno mes de julio, añadía un nuevo peligro a las difíciles condiciones sanitarias de la ciudad. Portadores del “piojo verde”, el maléfico difusor del tifus exantemático debían ser desinfectados y cuidadosamente controlados por las autoridades sanitarias para evitar peligrosas infecciones.

Para su alojamiento lejos de las aglomeraciones urbanas, alguien tuvo la desdichada idea de levantarles un fondak al pie de la Florentina, cercano a los muelles de Ribera. La obra corrió a cargo de constructores musulmanes quienes desde siempre se distinguieron por su poca habilidad para este tipo de trabajos. A fines de junio de 1920 estaba acabada. Tenia aspecto típicamente bereber: muros inclinados y alabeados que amenazaban desplomarse, puertas desiguales y desencajadas, ventanucos microscópicos para evitar el “maléfico” aire puro, apestosa corraliza para el famélico ganado e incluso bardales espontáneos para que los usuarios olvidaran que se encontraban en una ciudad civilizada y no en medio del campo cabileño. Una obra así, verdadera vergüenza para una ciudad que se titulaba “capital cultural del Norte de África” no podía durar mucho. Posiblemente se hubiera desplomado por si mismo a poco que se la hubiera dejado estar pero la piqueta municipal se adelantó a los acontecimientos y, en diciembre siguiente, apenas cinco meses más tarde era derribada con todos los honores.

 Zoco de Reina Regente

El último intento de zoco (que yo sepa) oficialmente establecido y municipalmente protegido se hizo un año más tarde. Para evitar las venganzas del personal cristiano soliviantado por el desastre militar de unos días antes, el 12 de agosto de 1921 dispuso la autoridad que el peculiar comercio diario hispanomarroquí se hiciera en las afueras de _la ciudad. Se escogió un terreno en las cercanías de Reina Regente fundándose un zoco cuya vida fue bastante corta, pues dos años más tarde era suprimido por el general Echagüe. En su lugar se levantarla un infame barrio de casuchas y barracas que Cándido Lobera llamó, imitando el nombre de otro barrio de la ciudad, el “barrio del Mal Acuerdo” por las inhumanas condiciones de vida de los que en él se alojaban, barrio que se llamó precisamente “del Zoco” hasta que en 1932 se le puso el nombre de Hernán Cortés que ha conservado hasta hoy.


Esta es una síntesis de los zocos y fondaks que hubo en Melilla, establecimiento que si bien no perduraron no cabe duda de que debieron dar una nota de color a la ya colorida vida del melillense de antaño.

domingo, 19 de julio de 2015

El Parque Hernández



Publicado por Francisco Saro Gandarillas en Prensa-3, n° 5, 1983; Cuadernos de Historia de Melilla, nº1, 1988, p-133-138.



Entre las características que mejor definen a la humanidad, sobresale por su impacto inmediato sobre el medio social, aquella que le permite transformar radicalmente el entorno geográfico sobre el que se asienta, haciendo de zonas de escasa o nula habitabilidad centros de vida adecuados a las necesidades del hombre.


Parque Hernández


Solo un gran esfuerzo de imaginación nos permite representarnos actualmente el terreno sobre el que se asentó el centro de la ciudad de Melilla tal como era hace cien años, en una época en que todas las principales ciudades españolas tenían ya perfectamente definida su estructura básica.



Nos parece muy difícil aceptar, que, en esta ciudad, el actual centro urbano era simplemente un inhóspito páramo desprovisto de toda edificación, con una escasa vegetación compuesta mayormente de esparto y palmitos, en el que, con dificultades, algunos cuerpos de la guarnición habían roturado una parte del mismo; pequeños huertos de los que sacaban algunos productos hortícola, apenas suficientes para la no muy numerosa población.


El llano de instrucción o el viejo cauce del río de Oro

Sobre lo que años antes había sido el viejo cauce del río de Oro se habían vertido las tierras extraídas del nuevo, formándose una irregular explanada que las unidades militares aprovechaban para campo de instrucción y el vecindario para arrojar los desechos. El campo se extendía entre la carretera de Mazuza y la que, por la calera de Ingenieros, se dirigía a Cabrerizas, ambas iniciadas en la puerta del campo, salida del Mantelete. La explanada fue utilizada como campo de instrucción durante treinta años.



A mediados de 1899 llega a Melilla el nuevo Comandante General D. Venancio Hernández Fernández, hombre de corta reseña biográfica pero al que podemos juzgar por las iniciativas salidas de su sensibilidad. Entre ellas destaca la creación de un gran parque forestal en los terrenos del antiguo campo de instrucción, idea claramente inédita y con su realización dejaba planteado el futuro trazado de la ciudad en expansión.



En noviembre de ese mismo año el General Hernández asume la presidencia de la Junta de Arbitrios, Ayuntamiento “Sui Generis” que rigió el municipio melillense hasta 1927, formado por militares y civiles de la plaza. Al año siguiente encomienda al ingeniero militar D. Vicente García del Campo la formación de un proyecto de parque en el triángulo formado por las carreteras de Mazuza y Cabrerizas teniendo como base el Cerro de Santiago. El proyecto era ambicioso si tenemos en cuenta las mas dificultades del terreno y la población a quién iba destinado, de apenas 6.000 almas. Apenas un año más tarde del inicio de las obras el parque estaba prácticamente terminado. En un principio solamente forestal, no existían zonas ajardinadas, únicamente árboles de especies diversas, algunas de imposible aclimatación, por lo que hubo permanentes cambios de aquéllas, pues el terreno estaba mal dotado para la supervivencia de plantas venidas de fuera. Junto al parque se instaló un vivero (en lo que hoy es la calle Teniente Coronel Seguí y Terrenos de la Junta del Puerto), vivero que permaneció hasta 1919 en el que se trasladaron al espacio previsto para Parque escolar de las Escuelas Graduadas en lo que hoy es Instituto Leopoldo Queipo y Edificio de la AISS.



El 18 de mayo de 1902 quedaba inaugurado el parque con el nombre oficial de Parque Hernández, el mismo día en que inauguraba también la nueva plaza de toros de la derecha del rió Oro, conmemorando con ambas inauguraciones la mayoría de edad del rey Alfonso XIII.


Desde el principio el parque fue muy bien acogido por la población melillense. El contraste, con toda lógica, debió ser formidable. Hasta entonces la población utilizaba, con humilde remero de parque el Huerto de las Cañas, a la derecha del río, en lo que hoy es Cuartel del Generalísimo, lugar de peregrinación en los días festivos, pero evidentemente demasiado lejano y como consecuencia demasiado inseguro, aún contando con la protección del Fuerte de Camellos.



El nuevo parque desplazó como era de esperar las actividades lúdicas de la plaza. Fiestas patronales y carnavales, anteriormente celebradas en la Marina, tuvieron que repartirse entre ambos lugares, y definitivamente, al instalase las vías del ferrocarril para la construcción del puerto en el paseo .del muro X, las festividades quedaron centradas exclusivamente en el parque. En aquellos días el paseo central se constituía en eje de los festejos levantándose casetas, instalándose juegos y cucañas, salpicándose aquí y allá de puestecitos de chucherías para los niños, e indefectiblemente, visto en todas partes, el vendedor de la “cuajaíta”, refresco típico veraniego hasta que el helado fue acabando poco a poco con él. Los organismos militares y civiles rivalizaban en la construcción de sus casetas, entre las que nunca faltaban las del Casino Militar y del Casino Español; las casetas del Parque Hernández fueron espectáculo obligado durante bastantes años y hoy parece que se vuelve a recuperar la tradición.
En el mismo año de la inauguración se autoriza la construcción del barrio de Alfonso XIII, comenzándose a levantar en terrenos tomados al Parque Hernández, quien de esta forma, pierde un tercio en su extensión original, es decir, la parte comprendida entre la calle de Sotomayor y la de Isabel la Católica. También por el Este, al cederse a la J.O.P. terrenos para la construcción del nuevo puerto, los viveros pierden parte de su extensión. De esta forma, el parque queda reducido a sus dimensiones actuales, más una rotonda situada en la base frente a la calle Carlos de Arellano, rotonda que fue eliminada, según creo, durante la República, no sin grandes protestas por parte de la opinión pública. Con sus nuevas dimensiones, el parque tomaba ciertamente una forma similar a la de un cañón antiguo, lo cual no significa, tal como se suele creer en Melilla, que fuera un homenaje al General Hernández como artillero, pues el general pertenecía al Arma de Infantería.



Si bien el parque era lugar habitual de paseo diurno, la falta de luz y, sobre todo, la falta de seguridad por la carencia de vigilancia hadan desaconsejable su utilización por la noche, siendo raro el que se arriesgaba a utilizarlo en aquellas horas, ni siquiera como lugar de paso para el barrio de Alfonso XIII, utilizándose para ello la carretera del Buen Acuerdo a la derecha del mismo.



Para dejar a la posteridad memoria de su fundador, la Junta de Arbitrios, por iniciativa del Jefe de Artillería, Conde de la Torre Alta, se propuso levantar una columna conmemorativa; sin embargo a la hora de poner en marcha el proyecto, el presupuesto les pareció demasiado alto y la idea quedó en suspenso, hasta que, falleció el general el 7 de agosto de 1904. Cándido Lobera la volvió a resucitar, abriendo una colecta pública.

Cuatro años más tarde se levantaba la columna al final del parque, donde aún se encuentra situada.



En 1906 se comenzó la urbanización del parque, muy necesaria por ser el terreno irregular al estar la tierra sin asentar. Los trabajos fueron inútiles pues en la célebre inundación de septiembre de ese año el parque quedó completamente arrasado, teniéndose que volver a comenzar las obras.



En 1907 se le dotó de un templete para la música. Desde entonces y durante muchísimos años las bandas de música de los regimientos de Infantería de la guarnición se turnaron para dar conciertos, muy celebrados por el numeroso público asistente y espectáculo habitual de la vida cotidiana de la ciudad.

El parque fue asimismo, testigo de los primeros pinitos deportivos en Melilla, al menos de forma organizada. Sucedió allá por 1905. La población tenia ya una cierta entidad, por lo que la formación de un club deportivo se estaba haciendo esperar. Lo chocante fue que la iniciativa partiera del elemento femenino de la ciudad, si tenemos en cuenta que para la opinión pública las actividades deportivas eran consideradas más bien cosa de adanes que de evas, por lo que no estaba bien visto que las mujeres dedicaran sus esfuerzos a estos menesteres. Así todo, y entre la rechifla de los hombres que no les auguran un brillante porvenir, las entusiastas féminas funda el Melilla Sporting Club con el apoyo solitario e incomprendido del capitán de Administración Militar Don Antonio Pezzi quien, al parecer, tenia confianza en el impulso de las activas señoras. La Junta concedió a la neonata sociedad un trocito del parque al final del mismo, frente a lo que hoy es Comandancia General, entonces pabellones militares. Así comenzó la práctica del “sport” en Melilla. En un principio solo a base de lawn tennis y “skating”, las actividades deportivas entusiasmaban la primera señora de Tur quien exclamaba, con rara habilidad poética:

Dios mío está Melilla

lo mismo que London

púes funda sociedades

y se entrega al sport.



No se puede decir más de Melilla en menos palabras. Buen anticipo del auge futuro de la ciudad.



A pesar de la buena voluntad de las damas, y tal como vaticinaban los agoreros, el Club se fue consumiendo y desapareció al poco tiempo sin pena ni gloria. Se habran anticipado demasiado a los tiempos; la iniciativa era demasiado prematura.

Entrada del Parque Hernández 1911

Al urbanizarse la explanada de Santa Bárbara con la construcción de la Plaza de España, la entrada del Parque Hernández no armonizaba con el empaque de aquella. Por ello la Junta decidió levantar una portada en consonancia con la categoría del entorno, y así en 1914, se terminó el cerramiento y portada que es, básicamente, el que tenemos ahora. En la esquina N. E. se levanta un bar de planta cuadrada, bar que según las épocas se ha llamado Preferido y Gambrinus, y que supuso una atracción más que añadir a las ya existentes; entre ellas, una gran pajarera y un magnifico estanque de patos.

Bar Gambrinus en la entrada del Parque Hernandez

Con la construcción del centro de la ciudad y la desaparición del paseo tradicional del muro X, el parque pasa a ser el lugar preferido de los melillenses, especialmente de lo que podríamos llamar, con riesgo de equivocarnos, la alta sociedad, quien comienza a demarcar dentro de aquél sus lugares de esparcimiento estrictamente separados por ley no escrita de los utilizados por el común. La ley que establece la costumbre ordena que la apertura oficial del parque como lugar de recreo veraniego sea el 20 de junio; a partir de esa fecha el paseo se convierte en lugar obligado donde de conciertan citas, se barruntan noviazgos y, en cualquier caso, se pasan unas horas entretenidas antes de que la caída de la tarde aleje al personal hacia los domicilios o teatros según el mayor o menor recogimiento de aquél.



El parque es espectáculo cotidiano que atrae a niños y mayores, algunos de estos últimos furibundos aficionados como aquel personaje expansivo que con el seudónimo de Conde de Mezquita (léase Tur) escribía con evidente exageración: “Quién vio ayer el parque y no creyó en Dios y en Melilla, tiene seguramente brumas en la vista”.



Desde 1915, año en que se levanta el depósito de agua elevado, el parque, hasta entonces casi exclusivamente forestal, se transforma en superficie instalándose rocallas y parterres al permitirse un riesgo continuado, escaso hasta entonces, ya que anteriormente el agua se traía, en poca cantidad, de la presa del río de Oro junto al arroyo de Farhana.

Depósito de agua

Aunque algunas ocasiones como la apertura de la calle del General Jordana (hoy Teniente Coronel Segur) restó; por aquello de la moda, paseantes al parque, tal como habla sucedido cuando se habilitaron las aceras de la calle Chacel (hoy A venida), éste nunca ha dejado de ser espacio frecuentado por un público heterogéneo que, fiel a su cita diaria con una naturaleza más o menos ordenada, acude reiteradamente a uno de los pocos lugares de la ciudad que aúna tranquilidad y espacios abiertos, tan necesarios y tan escasos en el mundo actual.

Parque Hernández

Podemos creer que en el futuro, tanto como ahora, el parque, admirado por extraños más que por propios, seguirá siendo el pulmón de Melilla, y que nuestros sucesores estarán persuadidos de la necesidad de su permanencia, con el convencimiento de que solamente con él Melilla seguirá siendo Melilla.