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jueves, 19 de noviembre de 2009

CUARTEL DEL HIPÓDROMO



Campamento del Hipódromo (1909)

Ya no queda mucho tiempo antes de que el viejo cuartel de Caballería pase a ser un recuerdo más en la memoria de los melillenses, como otros acuartelamientos cuyo futuro apunta en la misma dirección. Es por eso por lo que, como homenaje a lo que fue y dejará de ser, voy a escribir algo sobre los inicios del entrañable cuartel del Hipódromo, nombre que recibió durante muchos años rememorando la pista ecuestre que allí hubo y el barrio anexo del mismo nombre.

La idea de instalar un hipódromo en Melilla surgió en los días finales de 1905. La guarnición de la plaza había aumentado desde los no lejanos tiempos de la guerra de Margallo y eran numerosos los oficiales, no solo de Caballería,   aficionados al sport de la equitación. La puesta en marcha del proyecto nació de la iniciativa del general Marina y la ejecución de la misma se dejó en manos del comandante Fernández Silvestre, entonces jefe del escuadrón de Caballería de la plaza. Entre el  rumor y el  comienzo de las obras apenas  pasaron unos pocos días; así, el día 23 de diciembre se inician los trabajos en el sitio más a propósito para su ello: al final de la playa de los Cárabos, entre el tejar y la frontera. 

En el verano siguiente el hipódromo estaba terminado. Abarcaba una superficie de 68.000 metros cuadrados, formando una figura ovalada de con 350 metros de eje mayor y 180 de eje menor. La pista tenía 25 metros de anchura y una cuerda de 750 metros. Estaba protegida por un muro de mampostería  de dos metros de altura con doble seto de cañas. Contaba con tribuna, cuadras y locales diversos, y en el exterior un pequeño fuerte aspillerado servía de cuerpo de guardia. 

Se inauguró  durante las fiestas patronales del mes de septiembre de 1906, dándosele el nombre de Hipódromo Marina. Hubo una gran afluencia de público, y el espectáculo contó, además de con los jinetes de la guarnición, con algunos expertos caballistas de las kabilas cercanas. Entre los asistentes kelais  estuvo Ismael Chaldy, hijo del que tres años más tarde sería cabecilla en la campaña de 1909, y, a su vez,  sucesor de este en la oposición a la intervención militar española.

Para el diario local, con la inauguración del hipódromo, Melilla se había convertido “de tranquila y tristona en alegre y bulliciosa”.

Pero los acontecimientos del campo vecino iban tomando día a día una deriva inquietante. El general Marina tomó la determinación de mantener en la zona fronteriza  una compañía de infantería  extraída de los dos regimientos de la guarnición, y el hipódromo se convirtió así, desde el 25 de mayo de 1907, en campamento protegido, dadas sus relativas condiciones de seguridad. 


Campamento del Hipódromo (1909)

Estamos finalizando el año del centenario de la campaña de 1909 y durante su transcurso hemos tenido ocasión de comprobar como el hipódromo se convirtió en campamento permanente  y punto de partida para todas las entradas en el territorio vecino en la dirección de Mazuza. 

El llegar de Galicia, en octubre de 1909, el regimiento de Infantería San Fernando nº 11, el hipódromo se habilitó como cuartel de la unidad. El nombre de San Fernando quedó asociado durante mucho tiempo al del Hipódromo, recibiendo indistintamente uno u otro.


Cuartel del Hipódromo (1911)

A partir de marzo de 1910 fueron levantándose barracones de madera, que fueron sustituyendo a las tiendas de lona, y distintas unidades, además del regimiento San Fernando, compartieron sus instalaciones. El regimiento  María Cristina, el de Extremadura, el batallón de Chiclana, y el Regimiento Alcántara, este último desde 1912 y procedente de la Alcazaba, estuvieron allí instalados.


Cuartel del Hipódromo, barracón (1911)

Hasta 1914 se habían construido:
13 barracones de 50x10, revestidos con panderete de ladrillo, con capacidad para 200 hombres.
4 barracones de 60x10, para alojamiento de tropa.
2 barracones de 15x10, uno para cuarto de banderas y cuerpo de guardia, y otro para retretes a base de pozos Moura y absorbentes.
10 barracones  de 32x6 para dependencias y alojamiento de oficiales.
4 cuadras, con un total de 484 pesebres.
Un cocherón para almacenar municiones
2 barracones- herraderos.

Complementariamente se habían construido 30 pozos Moura y 60 absorventes, un abrevadero de 20 metros de longitud, una fuente, un lavadero y un pozo  en el patio central, del que se extraía agua por medio de un molino de viento, sistema aplicado en todos los cuarteles de Melilla.


Barrio del Hipódromo y cuartel (septiembre 1920)

Desde noviembre de 1921 desempeñó también funciones de hospital, centro clausurado en mayo siguiente.

Acogió  sucesivamente  a unidades del Tercio, varios batallones de cazadores  y fuerzas de Regulares 2  y 5.

Con la terminación  de las campañas de Marruecos y la evacuación de buena parte de las unidades el cuartel fue poco a poco desalojado, de forma tal que en  1930 estaba en estado ruinoso, puesto que en la reorganización de mayo anterior, las unidades fueron pasadas a los cuarteles de Alfonso XIII.

Aunque en abril de 1932 se cedió al batallón de infantería nº 3, el cuartel siguió prácticamente abandonado. Incluso se llegó a decir que en él se iba a instalar una importante industria, dejando de cumplir su función militar.

Fue recuperado tras la guerra civil, instalándose en él  la unidad a la que siempre hemos asociado el cuartel del Hipódromo, el regimiento de caballería Alcántara

domingo, 18 de octubre de 2009

PABLO PARELLADA MOLES

Pablo Parellada Moles, mas que por su condición de militar, hoy es conocido como autor de comedias, parodias, sainetes y poesías festivas,  que escribió bajo los seudónimos de Melitón González o Pancho y Mendrugo.

Nació en Valls (Tarragona) el 13 de junio de 1855 y murió en Zaragoza en  1944

Perteneciente al Cuerpo de Ingenieros militares, ingresó en el Ejército el 1 de diciembre de 1874.

En 1882, con el empleo de capitán, se le asignó la elaboración de un trabajo sobre Colonización del campo exterior de Melilla, para lo cual se desplazó a ésta ciudad. El trabajo efectuado por Parellada no tuvo incidencia práctica porque la colonización agrícola siguió su proceso independiente de aquel, y tuvo vida efímera al revocarse la concesión en 1893.

Su conocimiento de la ciudad se plasma en el artículo que, con motivo de la guerra de Margallo, y bajo el título La pesca del gallo en Melilla, publicó en la revista Blanco y Negro del 21 de octubre de 1893 y que reproduzco a continuación. 

Fue autor de un libro de humor militar llamado Memorias de un sietemesino (se refiere a los oficiales que, con el fin de completar las plantillas en las unidades que participaban en la guerra carlista, salían de las academias con sólo siete meses de estudios), cuya lectura es muy recomendable.

Todavía hoy suele escucharse la última estrofa de la que fue su poesía festiva más popular, La razón oficial, aunque quien la utiliza ignora frecuentemente su origen.


         En Cuestion de criterio
         Huelga toda discusión:
         Siempre tiene la razón
         El que está en el Ministerio


LA PESCA DEL GALLO EN MELILLA

La plaza de Melilla es puramente militar, su población está compuesta casi en su totalidad de los cuerpos de la guarnición, el presidio, algunos hebreos comerciantes y un corto número de españoles paisanos.
El gobernador militar hace de alcalde; el comandante de Ingenieros, de arquitecto municipal; el médico del hospital militar, de médico municipal; concejales lo son por derecho propio todos los jefes de cuerpo de la guarnición y un representante del comercio.
En honor á  la verdad, la cosa marcha como una seda, y bien pudieran muchas poblaciones de la Península tomar como modelo para la suya la administración de aquel ayuntamiento, que más parece consejo de guerra  que concejo administrativo.
El orden público está encomendado á los de la Partida.
Prestan sus servicios en la Partida soldados del regimiento de infantería que por turno está allí de guarnición, y algunos presidiarios de confianza. A los primeros están encomendados los cargos de municipales y serenos, y no usan más distintivo que un galón de algodón blanco sobre una manga de su uniforme. Los segundos cuidan de vigilar el campo; obligan á los moros á no salirse de las veredas y senderos y á que depositen las armas en un puesto avanzado de la Partida antes de entrar en la plaza.
Estos guardias rurales llevan para su defensa escopeta, faca y un perro con aspecto de lobo.
Los tales perros han llegado á tener cierta notoriedad, y raro será el oficial á quien le haya tocado prestar allí sus servicios por algún tiempo que no recuerde á los célebres perros de la Partida.
El perro de la Partida se acuesta tranquilo lejos de los muros de Melilla, á la sombra de una chumbera, y duerme descuidado, bien seguro de que no ha de molestarle ningún rifeño.
Si un moro asoma en lontananza, el perro advierte á su amo con elocuentes ladridos. La sorpresa es imposible. Y vamos ya con lo que motiva el epígrafe del presente artículo.
En aquellos mares, donde dicen que en otro tiempo se pescaron perlas y corales, no ha faltado quien en época no tan remota ha pescado aves de corral, convertidas en marítimas por el ingenio y travesura de algún pistolo guasón.



Los moros surten á la plaza de aves de corral, huevos, caza, manteca, miel y otros víveres, cuando no andamos con ellos a tiro limpio; pero les está terminantemente prohibido entrar animal alguno muerto ó enfermo. 

Los soldados de la Partida investidos del cargo de municipales son los encargados de hacer cumplir ésta y otras órdenes.
Un gatera con galón blanco buscó á dos camaradas de su confianza una mañana seguidamente al toque de diana.
—¿Queréis que esta tarde nos comamos un gallo en pepitoria? les preguntó.
—¿Mos vas á conviar?
—¿Ta tocao la lotería, ú tan enviao guita de tu pueblo?
—¡Quiá! Estoy más peleo que un plato; pero si me ayudáis, esta tarde tenemos la gran merienda. Tú, Rodríguez, te vas á estar paseando por el andén que hay entre el mar y el muro equis, desde el cuerpo de guardia á la Marina, y mucha pupila en el agua, que por allí suele haber gallos nadando; si ves alguno, lo agarras, y al avío. Tú, Sánchez, estarás hoy en la entrada del mercado; fíjate bien en los gallos que llevan los moros; he tenido noticia de que piensan pasar uno muy grande y muy hermoso medio muerto de asma. Ya sabes tu obligación; agarras el gallo, y á la mar con él.
El soldado que así se expresaba colocóse á la hora convenida á  medio kilómetro de la plaza, sobre el camino que á ella conduce; Sánchez en la puerta del mercado, y Rodríguez de vigía, paseando junto al muro equis y esperando asomara el delfín con cresta y espolones.
—A ver, tú, morito, ¿qué llevas ahí? preguntó el soldado de avanzada á un rifeño que marchaba en dirección á la plaza.
—Llevar farruco (gallo).
Farruco estar enfermo, replicó el de la Partida. Y esto diciendo, tomó el gallo como para examinarle, cual doctísimo profesor veterinario.
—¡Por Dios grande! exclamaba el moro, farruco estar bueno; tú estar tontón de toda la cabeza tuyo.
—Mira, mira qué ojos tan tristes; mira, fíjate en esa cresta.
Cuando el gallo volvió á manos del moro, tenía, en efecto, todo el aspecto de un enfermo; la cabeza caída, los ojos medio entornados, el pico abierto y las alas sin plegar.
En la puerta de la plaza esperaba Sánchez.
—Este farruco estar muriendo; hay que tirarlo al mar.
Así se hizo. El pobre farruco, desde que estuvo en manos del primer soldado de la Partida, hasta los muros de Melilla, había entregado su alma á Mahoma.




 Rodríguez no se impacientaba, por más que ya llevaba una hora de paseo en el muro equis. Tenía fe ciega en su camarada, y no apartaba su vista de las orillas.
El oleaje, encargado de ir empujando hacia la orilla á cuantos cuerpos flotantes caen en el mar, puso á la vista y alcance de Rodríguez el magnífico farruco de la historia del cuento.





Cuando por la tarde fue desplumado, la piel del animalito presentaba junto á  las entrañas las huellas de cinco dedos duros como el acero.

MELITÓN GONZÁLEZ
(Dibujos del mismo)