Publicado por: Francisco Saro
Gandarillas (1988)
Cuando en Melilla permanecen dos
vetustos hospitales, uno militar y otro civil, es segura no ha quedado en la
mayoría de los ciudadanos de esta localidad ni el mas mínimo rastra de memoria
de otras varios hospitales que en el pasado fueran y que hoy tienen presencia
solamente en unos viejos oficios archivados o en alguno de los libros impresos
en los pasados tiempos en que la sangre corría por los resecos campos del
territorio vecino.
Hoy, pues, los antiguos
hospitales no son más que un recuerdo, en el mejor de los casos, pese a los
buenos servicios prestados en unas épocas en que ni el más escondido rincón de
aquellos centras era superfluo.
Los veteranos hospitales del pueblo: el Hospital del Rey
No cabe duda de la existencia de
hospitales o centras equivalentes en Melilla desde los primeros tiempos de su
ocupación. Tenemos, sin embargo, escasos datos sobre la localización,
organización y funcionamiento de aquellos primitivos centros sanitarios, de los
que apenas sí conocemos su existencia y poco más. Sería preciso investigar en
los fondos existentes en el Archivo General de Simancas para conocer con mayor
detalle los rasgos fundamentales de la atención hospitalaria en los siglos XVI
y XVII.
Hospital de Melilla Plano de 1604
Sabemos que en la calle de la Iglesia, frente al
edificio parroquial desde la segunda mitad del siglo XVII, existía un antiguo
hospital, que posiblemente podríamos remontar hasta las postrimerías del siglo
anterior. En este hospital se atendía a aquellas personas que formaban parte de
una cofradía, una especie de mutualidad “sui
generis” en la que, mediante el pago de una cuota periódica, se atendía al
personal de la guarnición, quienes tenían derecho a recibir las atenciones
hospitalarias correspondientes. Aquel que por sus circunstancias no podía o no
quería cotizar, quedaba cargo de la beneficencia local.
Hospital de San Fráncicos
Según relación de don Nicolás Vázquez,
en 1722, este viejo hospital tenía espacio para 150 enfermos, con las
correspondientes oficinas y sirvientes, pero en ese ano solamente estaban
habilitadas 61 camas, teniendo necesidad perentoria de ser completadas hasta
100. Tenía piso alto y bajo, y según el melillense don Juan Antonio de Estrada,
a la sazón Pagador de la Plaza,
en 1747 contaba con tres espaciosas salas, corredores y oficinas “donde se da buena asistencia a los
enfermos de cuanto necesitan”.
Tenía anexa una botica “poblada de las vasijas y homenajes que
corresponden a una mediana decencia, pero ordinariamente esta sin medicinas la
lentitud en que se da esta providencia”, con entrada por la calle de San
Miguel, local que fue cedido por un particular al comienzo del siglo XVIII y que
fue Farmacia Militar hasta principios de este siglo.
La nutrida plantilla del hospital
consistía en un medico, un cirujano, un barbero sangrador, un repostero, un
boticario, un auxiliar, un mayordomo, dos enfermeros mayores, un ropero y
colchonero, dos panaderos, dos cocineros, dos aguadores, diez sirvientes de
sala y un cabo de guardia, según Reglamento en vigor des de primero de enero
de 1746, y todo ello para una población que apenas llegaba a los dos mil
habitantes. Hoy no estamos mejor en Melilla.
En el informe de la Comisión de 1773, llegada
a la Plaza para
comprobar el estado de la misma ante la posibilidad de un sitio prolongado, se
hace notar que el Hospital de la calle de la Iglesia era capaz de 70 camas “con mucha comodidad”, pudiéndose
colocar hasta 90, estrechándose un poco; se disponía hasta de 200 camas en
total, con la ropa correspondiente, y la botica se hallaba al completo.
Ciertamente, para el caso de sitio, hacían falta un medico, dos cirujanos y
cuatro practicantes mas. Se informaba también de que había “bastante numero de
gallinas” para los enfermos.
Pero con el paso del tiempo, el
valetudinario hospital se había ido quedando desfasado para las nuevas
necesidades. Así, con fecha 11 de julio de 1752 se confeccionó un nuevo proyecto
de hospital, firmado por don Tomas de Ibarlucea, proyecto aprobado y comenzado
en 1758 en la Plaza
de la Parada,
donde hasta entonces se encontraba el llamado Hoyo de la Cárcel.
Proyecto de Hospital de Tomas de
Ibarlucea. 1752
Las obras, sin embargo, se fueron
dilatando en el tiempo y al llegar el sitio de Melilla de 1774-75 aun no
estaban terminadas.
Un riesgo hubo, incluso, de que
el nuevo hospital fuera dedicado a cuartel en su casi totalidad, dejando
solamente un ala para enfermos con 180 camas, según propuesta de la citada
Comisión.
Afortunadamente no fue así y el
Hospital del Rey fue inaugurado durante el mencionado sitio, tras el cual ha
venido prestando sus servicios, como hospital militar y civil a la vez, hasta
el final de nuestras campanas en Marruecos, ya en este siglo, tras las cuales
perdió todo su sentido al existir ya los nuevos hospitales
Docker y de la Cruz
Roja. En septiembre de 1929 quedaba clausurado, y hoy es una ruina
venerable, con un proyecto de restauración que esperamos sea terminado al más
corto plaza posible.
El Hospital del Buen Acuerdo
De todos es conocida la
incidencia que sobre Melilla tuvo el inicio de las campanas de Marruecos, en el
ano 1909. Menos conocida es la participación que dichas campanas tuvieron en
la creaci6n de nuevos hospitales militares en la ciudad.
Desde el principio se vio que el
Hospital militar del casco antiguo no reunía las condiciones precisas para
atender mínimamente las nuevas y grandes necesidades sanitarias creadas por la
llegada diaria de heridos y enfermos procedentes del campo marroquí vecino.
Ante el grave problema planteado,
sobre todo tras el conocido incidente de 27 de julio de 1909, el llamado “del barranco del Lobo”, hubo que
improvisar urgentemente hospitales provisionales en los lugares y edificios mas
diversos.
Interior del teatro Alcántara
Desde aquel mismo día se
habilitaron el Teatro Alcántara y el Casino Militar (hoy residencia del Capitán
General) en el pueblo, asistidos ambos, además de por los facultativos
agregados, por las monjas del colegio del Buen Consejo. En el tercer recinto,
en el cuartel de San Fernando (hoy Policía Nacional) se habilito así mismo un
hospital de circunstancias.
Cuartel de San Fernando
La escuela de niños de la calle
Alta (recientemente desaparecida) y algunos domicilios particulares, como los
de los señores Miret, Bernardi y Ferrer, fueron utilizados también para
albergar heridos, así como la Iglesia Parroquial de Melilla la Vieja y la fábrica de salazones
de Triana.
Pasado este primer suceso,
aprovechando el tiempo de detención de las operaciones militares durante el mes
de agosto, comienza a levantarse un hospital de sangre especialmente destinado
a heridos en campana. Se levanta sobre el solar que antiguamente ocuparon los
huertos del juzgado, y donde hoy están los pabellones militares entre la calle
Castillejos y la de Reyes Católicos.
Hospital del Buen Acuerdo
La base del hospital lo
constituían los recién llegados barracones Docker fabricados en Hamburgo,
instalados en forma de T sobre el solar. Al barracón principal, de 6 x 40, se
le fueron añadiendo en alas, salas de operaciones y dependencias, e incluso una
farmacia. Sanidad Militar se hizo cargo de el en septiembre.
Poco sabemos de su organización
interna, solo someras descripciones hechas por periodistas llegados por
Melilla en aquellas fechas.
Uno de ellos, Fernando de
Urquijo, nos dice que se trataba de “una
mansión triste: de madera, 60 camas y excelente emplazamiento. A la derecha,
sala de operaciones: a la izquierda, cocina. En el centro, dos hileras de
camas. Cuatro médicos y cuatro sanitarios, laboratorio de farmacia, cuatro
hermanas de la Caridad
(eran monjas del Buen Consejo) y tres distinguidas señoras”.
EI hospital aguantó como pudo
durante las campanas de 1909 y 1911. Poco después de terminar esta ultima, en
enero de 1913, fue desmontado y sus barracones de madera llevados al hospital
Docker. En un solar comenzaron a levantarse los actuales pabellones. Solo la
farmacia permaneció, antecedente de la actual.
Los Hospitales de la Alcazaba y Alfonso XIII
También con motivo de los sucesos
de 1909, fue preciso habilitar con urgencia un hospital militar que recogiese
las necesidades extraordinarias consecuencia de la campaña.
Hospital de la Alcazaba
En la Alcazaba, dentro del
acuartelamiento del Regimiento África 68, se levantan tres barracones de madera
conteniendo en total 72 camas. Este hospital, mal acondicionado para llevar a
cabo su misión, perduró hasta diciembre de 1922, en que fue clausurado por
infecto, llevándose los hospitalizados a Nador.
Al terminar la mencionada
campana, se levantan en las alturas de Alfonso XIII (donde hoy esta el cuartel
de Artillería) varios barracones de madera, con los que se inicia el nuevo
hospital de aquel nombre.
Con los nueve barracones de
madera, habilitados en enero de 1911 sobre el lugar
para alojar al Rey y sus acompañantes en su visita de aquel año siguió
conservándose el hospital provisional durante todas las campanas, siendo el
centro sanitario de mayor capacidad de ingreso, pues en la reorganización de
diciembre de 1922 llegó a tener nada menos que 1.645 camas, aforo que conservó
hasta la reorganización de diciembre de 1926, desapareciendo definitivamente en
enero de 1928, en que, por nueva reorganización, pasan los enfermos al hospital
Pagés, quedando los barracones para alojamiento de la tropa de la guarnición.
El Hospital Gómez Jordana
Uno de los problemas de solución
pendiente desde antiguo era el de la hospitalización de infecciosos.
Hasta 1909 se les atendía en el
viejo caserón del pueblo, pero desde el comienzo de la guerra del Rif el
problema se agudizó de forma tal que el incremento de enfermos de aquella
naturaleza desbordaba la posibilidad de atenderlos mezclados con los demás hospitalizados,
razón por la que en un principio se optó por llevarlos lejos de la ciudad, a la
Restinga de la Mar Chica, alojándose algunos en la reciente Enfermería
Indígena.
En 1912, la Junta de Beneficencia
estudiaba el anterior problema, encargándose al capitán de Ingenieros don
Tomas Moreno Lázaro hiciese un proyecto de nuevo hospital de infecciosos. EI
proyecto, terminado en noviembre de aquel año, constaba de tres pabellones de
30 camas cada uno: uno para enfermos de viruela, otro para infecciosos en
general y el tercero para dependencias. Al final el proyecto se amplió a cinco
pabellones, si bien se rebajaba su aforo a 12 camas cada uno.
Hospital Gómez Jordana (1925-26)
El nuevo
hospital de infecciosos se comenzó, en el lugar que hoy ocupa la Escuela
del Profesorado de E.G.B., en 1913, haciéndose cargo de él la Junta de
Arbitrios al año siguiente. El general Villalba propuso y se aceptó, que se le
diera el nombre de Gómez Jordana, en aquel momento comandante general de
Melilla. Comenzó a funcionar en noviembre de ese ano.
No quedaba resuelto el problema
con el nuevo hospital, ni mucho menos; se siguió mandando enfermos infecciosos
a la Restinga, mas tarde al Cabo Tres Forcas e incluso a la Bocana de la Mar
Chica. En la campana de 1921 hubo que ampliar el hospital con barracones
Docker, hasta el punto de que en la reorganizaci6n de diciembre de 1922 tenia
375 camas.
A medida que la campana
finalizaba desaparecían sus asilados, quedando en junio de 1926 solamente los
excautivos de Abd-el-Krim. Fue suprimido en 1931, año en que qued6 para
almacén de efectos.
Durante la Republica, a solicitud
del ministerio de Instrucción Pública, se le destinó a Escuela de Magisterio,
tras previa desinfección, permaneciendo en esta función hasta hace unos veinte
años en que desaparecieron los edificios, sustituidos por la actual escuela.
La enfermería indígena
Una rareza de la Melilla de los
principios de siglo fue la existencia de un hospitalillo concedido
exclusivamente para los indígenas alojados en Melilla y cabilas cercanas.
En un intento para congraciarse
con los elementos fronterizos del campo exterior, el Ministerio de Estado
autorizó en 1907 la creación y construcción de un hospitalillo o enfermería
dedicada con exclusividad a los marroquíes, proyecto en el que, al parecer, se
tenía en cuenta la particular idiosincrasia de aquel elemento humano.
Se eligió su ubicación en las
cercanías del barrio del Polígono, por ser en aquella época donde vivía la
mayoría de la población musulmana asentada en la ciudad. Se pretendía tenerlo
alejado del centro, en un lugar en que los vientos dominantes del noroeste,
según se decía, impedían el “aporte de
gérmenes insalubres”. Alejado del río, algo elevado, con agua abundante y
fácil evacuación de aguas residuales.
Enfermería Indígena
De planta baja, se pensaba elevar
un piso en su día, si la demanda lo aconsejaba. De ornamentación arábiga e
incluso con la posibilidad de construir una mezquita adjunta más adelante.
EI proyecto era del ingeniero de
la Junta de Obras del Puerto don Manuel Becerra, entonces en Melilla, quien
años más tarde llegaría a ministro de la Republica.
No hubo tiempo de poner en
práctica la idea del nuevo hospital. Aunque se construyo y termino en 1909,
precisamente los acontecimientos de ese año se echaron encima y ante la demanda
de hospitales hubo que habilitar la enfermería indígena para infecciosos.
Con este carácter continuaría
hasta la segunda parte de las operaciones militares, después del año 1921, en
que comienzan a hospitalizarse en él los indígenas provinientes de las
unidades de Regulares y policía; incluso hubo que añadirle algunos barracones
de madera para poder alojar en él a todos los heridos y enfermos.
En 1926, el general Castro
Girona, con el objeto de economizar gastos, ordeno el cierre de la enfermería,
pasando los indígenas al hospital Alfonso XIII y al Docker. Se reformo para
laboratorio y deposito de medicamentos, entregándose a Sanidad Militar al año
siguiente.
Aunque en 1930 se le concede al
Instituto el edificio para residencia de alumnos indígenas, no llego a cumplir
tal función, pasando a ser Escuela de Artes y Oficios en 1933, continuando en
la misma situación hasta hoy.
Estos son someros rasgos de
algunos de los hospitales que en Melilla han sido. La historia de cada uno es,
por supuesto, mucho más densa; por razones de espacio la condensamos en sus facetas
elementales. Quizá algún día haya que hacer una historia hospitalaria más
detallada, pues de lo que no cabe duda es de que en su día todos estos centros
sanitarios desempeñaron una función imprescindible, y aunque hoy ya no los
veamos, su recuerdo nos queda como testigo de la importancia que la sanidad
militar y civil han tenido en Melilla en los siglos pasados.
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