sábado, 16 de mayo de 2015

Recorrido histórico por los antiguos hospitales de Melilla



Publicado por: Francisco Saro Gandarillas (1988)

Cuando en Melilla permanecen dos vetustos hospitales, uno militar y otro civil, es segura no ha quedado en la mayoría de los ciudadanos de esta localidad ni el mas mínimo rastra de memoria de otras varios hospitales que en el pasado fueran y que hoy tienen presencia solamente en unos viejos oficios archivados o en alguno de los libros impresos en los pasados tiempos en que la sangre co­rría por los resecos campos del territorio vecino.

Hoy, pues, los antiguos hospitales no son más que un recuerdo, en el mejor de los casos, pese a los buenos servicios prestados en unas épocas en que ni el más escondido rincón de aquellos centras era superfluo.

Los veteranos hospitales del pueblo: el Hospital del Rey

No cabe duda de la existencia de hospitales o centras equiva­lentes en Melilla desde los primeros tiempos de su ocupación. Te­nemos, sin embargo, escasos datos sobre la localización, organización y funcionamiento de aquellos primitivos centros sanitarios, de los que apenas sí conocemos su existencia y poco más. Sería pre­ciso investigar en los fondos existentes en el Archivo General de Simancas para conocer con mayor detalle los rasgos fundamentales de la atención hospitalaria en los siglos XVI y XVII.

 Hospital de Melilla Plano de 1604

Sabemos que en la calle de la Iglesia, frente al edificio parroquial desde la segunda mitad del siglo XVII, existía un antiguo hos­pital, que posiblemente podríamos remontar hasta las postrimerías del siglo anterior. En este hospital se atendía a aquellas personas que formaban parte de una cofradía, una especie de mutualidad “sui generis” en la que, mediante el pago de una cuota periódica, se atendía al personal de la guarnición, quienes tenían derecho a reci­bir las atenciones hospitalarias correspondientes. Aquel que por sus circunstancias no podía o no quería cotizar, quedaba cargo de la be­neficencia local.

 Hospital de San Fráncicos

Según relación de don Nicolás Vázquez, en 1722, este viejo hospital tenía espacio para 150 enfermos, con las correspondientes oficinas y sirvientes, pero en ese ano solamente estaban habilitadas 61 camas, teniendo necesidad perentoria de ser completadas hasta 100. Tenía piso alto y bajo, y según el melillense don Juan Antonio de Estrada, a la sazón Pagador de la Plaza, en 1747 contaba con tres espaciosas salas, corredores y oficinas “donde se da buena asisten­cia a los enfermos de cuanto necesitan”.

Tenía anexa una botica “poblada de las vasijas y homenajes que corresponden a una mediana decencia, pero ordinariamente esta sin medicinas la lentitud en que se da esta providencia”, con entrada por la calle de San Miguel, local que fue cedido por un particular al comienzo del siglo XVIII y que fue Farmacia Militar hasta princi­pios de este siglo.

La nutrida plantilla del hospital consistía en un medico, un ci­rujano, un barbero sangrador, un repostero, un boticario, un auxi­liar, un mayordomo, dos enfermeros mayores, un ropero y colcho­nero, dos panaderos, dos cocineros, dos aguadores, diez sirvientes de sala y un cabo de guardia, según Reglamento en vigor des de pri­mero de enero de 1746, y todo ello para una población que apenas llegaba a los dos mil habitantes. Hoy no estamos mejor en Melilla.

En el informe de la Comisión de 1773, llegada a la Plaza para comprobar el estado de la misma ante la posibilidad de un sitio prolongado, se hace notar que el Hospital de la calle de la Iglesia era capaz de 70 camas “con mucha comodidad”, pudiéndose colocar hasta 90, estrechándose un poco; se disponía hasta de 200 camas en total, con la ropa correspondiente, y la botica se hallaba al com­pleto. Ciertamente, para el caso de sitio, hacían falta un medico, dos cirujanos y cuatro practicantes mas. Se informaba también de que había “bastante numero de gallinas” para los enfermos.

Pero con el paso del tiempo, el valetudinario hospital se había ido quedando desfasado para las nuevas necesidades. Así, con fecha 11 de julio de 1752 se confeccionó un nuevo proyecto de hos­pital, firmado por don Tomas de Ibarlucea, proyecto aprobado y co­menzado en 1758 en la Plaza de la Parada, donde hasta entonces se encontraba el llamado Hoyo de la Cárcel.
Proyecto de Hos­pital de Tomas de Ibarlucea. 1752

Las obras, sin embargo, se fueron dilatando en el tiempo y al llegar el sitio de Melilla de 1774-75 aun no estaban terminadas.

Un riesgo hubo, incluso, de que el nuevo hospital fuera dedi­cado a cuartel en su casi totalidad, dejando solamente un ala para enfermos con 180 camas, según propuesta de la citada Comisión.

Afortunadamente no fue así y el Hospital del Rey fue inaugu­rado durante el mencionado sitio, tras el cual ha venido prestando sus servicios, como hospital militar y civil a la vez, hasta el final de nuestras campanas en Marruecos, ya en este siglo, tras las cuales perdió todo su sentido al existir ya los nuevos hospitales Docker y de la Cruz Roja. En septiembre de 1929 quedaba clausurado, y hoy es una ruina venerable, con un proyecto de restauración que espe­ramos sea terminado al más corto plaza posible.

El Hospital del Buen Acuerdo

De todos es conocida la incidencia que sobre Melilla tuvo el inicio de las campanas de Marruecos, en el ano 1909. Menos cono­cida es la participación que dichas campanas tuvieron en la crea­ci6n de nuevos hospitales militares en la ciudad.

Desde el principio se vio que el Hospital militar del casco antiguo no reunía las condiciones precisas para atender mínimamente las nuevas y grandes necesidades sanitarias creadas por la llegada diaria de heridos y enfermos procedentes del campo marroquí ve­cino.

Ante el grave problema planteado, sobre todo tras el conocido incidente de 27 de julio de 1909, el llamado “del barranco del Lobo”, hubo que improvisar urgentemente hospitales provisionales en los lugares y edificios mas diversos.

 Interior del teatro Alcántara

Desde aquel mismo día se habilitaron el Teatro Alcántara y el Casino Militar (hoy residencia del Capitán General) en el pueblo, asistidos ambos, además de por los facultativos agregados, por las monjas del colegio del Buen Consejo. En el tercer recinto, en el cuartel de San Fernando (hoy Policía Nacional) se habilito así mismo un hospital de circunstancias.



Cuartel de San Fernando 

La escuela de niños de la calle Alta (recientemente desapare­cida) y algunos domicilios particulares, como los de los señores Miret, Bernardi y Ferrer, fueron utilizados también para albergar heridos, así como la Iglesia Parroquial de Melilla la Vieja y la fábrica de salazones de Triana.

Pasado este primer suceso, aprovechando el tiempo de detención de las operaciones militares durante el mes de agosto, co­mienza a levantarse un hospital de sangre especialmente destinado a heridos en campana. Se levanta sobre el solar que antiguamente ocuparon los huertos del juzgado, y donde hoy están los pabellones militares entre la calle Castillejos y la de Reyes Católicos.

 Hospital del Buen Acuerdo

La base del hospital lo constituían los recién llegados barraco­nes Docker fabricados en Hamburgo, instalados en forma de T sobre el solar. Al barracón principal, de 6 x 40, se le fueron añadiendo en alas, salas de operaciones y dependencias, e incluso una farmacia. Sanidad Militar se hizo cargo de el en septiembre.

Poco sabemos de su organización interna, solo someras des­cripciones hechas por periodistas llegados por Melilla en aquellas fechas.

Uno de ellos, Fernando de Urquijo, nos dice que se trataba de “una mansión triste: de madera, 60 camas y excelente emplaza­miento. A la derecha, sala de operaciones: a la izquierda, cocina. En el centro, dos hileras de camas. Cuatro médicos y cuatro sanita­rios, laboratorio de farmacia, cuatro hermanas de la Caridad (eran monjas del Buen Consejo) y tres distinguidas señoras”.

EI hospital aguantó como pudo durante las campanas de 1909 y 1911. Poco después de terminar esta ultima, en enero de 1913, fue desmontado y sus barracones de madera llevados al hospital Doc­ker. En un solar comenzaron a levantarse los actuales pabellones. Solo la farmacia permaneció, antecedente de la actual.

Los Hospitales de la Alcazaba y Alfonso XIII

También con motivo de los sucesos de 1909, fue preciso habi­litar con urgencia un hospital militar que recogiese las necesidades extraordinarias consecuencia de la campaña.

 Hospital de la Alcazaba

En la Alcazaba, dentro del acuartelamiento del Regimiento África 68, se levantan tres barracones de madera conteniendo en total 72 camas. Este hospital, mal acondicionado para llevar a cabo su misión, perduró hasta diciembre de 1922, en que fue clausurado por infecto, llevándose los hospitalizados a Nador.

Al terminar la mencionada campana, se levantan en las alturas de Alfonso XIII (donde hoy esta el cuartel de Artillería) varios ba­rracones de madera, con los que se inicia el nuevo hospital de aquel nombre.

Con los nueve barracones de madera, habilitados en enero de 1911 sobre el lugar para alojar al Rey y sus acompañantes en su vi­sita de aquel año siguió conservándose el hospital provisional du­rante todas las campanas, siendo el centro sanitario de mayor capa­cidad de ingreso, pues en la reorganización de diciembre de 1922 llegó a tener nada menos que 1.645 camas, aforo que conservó hasta la reorganización de diciembre de 1926, desapareciendo definitivamente en enero de 1928, en que, por nueva reorganización, pasan los enfermos al hospital Pagés, quedando los barracones para alojamiento de la tropa de la guarnición.

El Hospital Gómez Jordana

Uno de los problemas de solución pendiente desde antiguo era el de la hospitalización de infecciosos.

Hasta 1909 se les atendía en el viejo caserón del pueblo, pero desde el comienzo de la guerra del Rif el problema se agudizó de forma tal que el incremento de enfermos de aquella naturaleza des­bordaba la posibilidad de atenderlos mezclados con los demás hos­pitalizados, razón por la que en un principio se optó por llevarlos lejos de la ciudad, a la Restinga de la Mar Chica, alojándose algu­nos en la reciente Enfermería Indígena.

En 1912, la Junta de Beneficencia estudiaba el anterior pro­blema, encargándose al capitán de Ingenieros don Tomas Moreno Lázaro hiciese un proyecto de nuevo hospital de infecciosos. EI proyecto, terminado en noviembre de aquel año, constaba de tres pabellones de 30 camas cada uno: uno para enfermos de viruela, otro para infecciosos en general y el tercero para dependencias. Al final el proyecto se amplió a cinco pabellones, si bien se rebajaba su aforo a 12 camas cada uno.


Hospital Gómez Jordana  (1925-26)
 
El nuevo hospital de infecciosos se comenzó, en el lugar que hoy ocupa la Escuela del Profesorado de E.G.B., en 1913, haciéndose cargo de él la Junta de Arbitrios al año siguiente. El general Villalba propuso y se aceptó, que se le diera el nombre de Gómez Jordana, en aquel momento comandante general de Melilla. Co­menzó a funcionar en noviembre de ese ano.

No quedaba resuelto el problema con el nuevo hospital, ni mucho menos; se siguió mandando enfermos infecciosos a la Res­tinga, mas tarde al Cabo Tres Forcas e incluso a la Bocana de la Mar Chica. En la campana de 1921 hubo que ampliar el hospital con barracones Docker, hasta el punto de que en la reorganizaci6n de diciembre de 1922 tenia 375 camas.

A medida que la campana finalizaba desaparecían sus asilados, quedando en junio de 1926 solamente los excautivos de Abd-el­-Krim. Fue suprimido en 1931, año en que qued6 para almacén de efectos.

Durante la Republica, a solicitud del ministerio de Instrucción Pública, se le destinó a Escuela de Magisterio, tras previa desinfec­ción, permaneciendo en esta función hasta hace unos veinte años en que desaparecieron los edificios, sustituidos por la actual escuela.

La enfermería indígena

Una rareza de la Melilla de los principios de siglo fue la exis­tencia de un hospitalillo concedido exclusivamente para los indígenas alojados en Melilla y cabilas cercanas.

En un intento para congraciarse con los elementos fronterizos del campo exterior, el Ministerio de Estado autorizó en 1907 la cre­ación y construcción de un hospitalillo o enfermería dedicada con exclusividad a los marroquíes, proyecto en el que, al parecer, se tenía en cuenta la particular idiosincrasia de aquel elemento hu­mano.

Se eligió su ubicación en las cercanías del barrio del Polígono, por ser en aquella época donde vivía la mayoría de la población musulmana asentada en la ciudad. Se pretendía tenerlo alejado del centro, en un lugar en que los vientos dominantes del noroeste, según se decía, impedían el “aporte de gérmenes insalubres”. Ale­jado del río, algo elevado, con agua abundante y fácil evacuación de aguas residuales.

Enfermería Indígena

De planta baja, se pensaba elevar un piso en su día, si la de­manda lo aconsejaba. De ornamentación arábiga e incluso con la posibilidad de construir una mezquita adjunta más adelante.

EI proyecto era del ingeniero de la Junta de Obras del Puerto don Manuel Becerra, entonces en Melilla, quien años más tarde llegaría a ministro de la Republica.

No hubo tiempo de poner en práctica la idea del nuevo hospi­tal. Aunque se construyo y termino en 1909, precisamente los acontecimientos de ese año se echaron encima y ante la demanda de hospitales hubo que habilitar la enfermería indígena para infeccio­sos.

Con este carácter continuaría hasta la segunda parte de las ope­raciones militares, después del año 1921, en que comienzan a hos­pitalizarse en él los indígenas provinientes de las unidades de Re­gulares y policía; incluso hubo que añadirle algunos barracones de madera para poder alojar en él a todos los heridos y enfermos.

En 1926, el general Castro Girona, con el objeto de economi­zar gastos, ordeno el cierre de la enfermería, pasando los indígenas al hospital Alfonso XIII y al Docker. Se reformo para laboratorio y deposito de medicamentos, entregándose a Sanidad Militar al año siguiente.

Aunque en 1930 se le concede al Instituto el edificio para resi­dencia de alumnos indígenas, no llego a cumplir tal función, pa­sando a ser Escuela de Artes y Oficios en 1933, continuando en la misma situación hasta hoy.

Estos son someros rasgos de algunos de los hospitales que en Melilla han sido. La historia de cada uno es, por supuesto, mucho más densa; por razones de espacio la condensamos en sus facetas elementales. Quizá algún día haya que hacer una historia hospita­laria más detallada, pues de lo que no cabe duda es de que en su día todos estos centros sanitarios desempeñaron una función impres­cindible, y aunque hoy ya no los veamos, su recuerdo nos queda como testigo de la importancia que la sanidad militar y civil han te­nido en Melilla en los siglos pasados.


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