martes, 12 de mayo de 2015

Casi un río: el río de Oro



Publicado por: Francisco Saro Gandarillas en El Telegrama de Melilla, 18-09-1982; Cuadernos de Historia de Melilla, n° 1, 1988, p. 155-158.

Para el ya tradicional dominguero, experto conductor que con mujer, niños y abuela realiza el recorrido ritual desde su domicilio hasta el Hipódromo, playas y vuelta camino de la “carretera de Má­laga” que le llevara hasta el faro del puerto, el pasar dos veces sobre nuestro viejo y entrañable río no supone mas que una necesidad de­rivada de un trayecto establecido por la costumbre que, según todos los indicios, llegara a hacerse obligatorio en sábados, domingos y fiestas de guardar. Lo más probable es que ninguno se digne dedi­car al remozado cauce, ni aun de soslayo, una mirada agradecida. Sin duda se trata de un olvido razonable, pues no hay mucho que agradecer a un río que ni siquiera es río, a lo sumo torrentera y no de las mejores, que apenas lleva agua y la poca que aporta al mar no creo que le llene de orgullo.

Y sin embargo, este río, tímido y callado, conoció tiempos me­jores, libre de sus actuales ataduras; a veces solapado, otras bravucón e intemperante y siempre temido. 


Poco sabemos de su nacimiento e infancia; solo que hace mu­chos años, muchos antes de que el primer homínido pisara estas tie­rras, desembocaba al otro lado del cabo Tres Forcas. Después, la meseta de Beni Chicar fue basculando hacia el Este y un día, no se sabe cuando, comenzó a desembocar más o menos por donde lo hace actualmente. Su nacimiento, al pie del Taquigriat (Gurugú), cerca de la merinida Taxusa.

Si, es difícil que su seco cauce atraiga la atención de nadie. Quizá su propio nombre, lo que más sorprenda de él: Río de Oro. No es un nombre modesto para un río modesto. Según parece data del siglo XVII; antes, con menos énfasis, se le llamaba río de Me­lilla. Los naturales de la zona de su curso, razonables y prácticos le llamaban y llaman Uad el Meduar, río de los meandros, con lo que combinan nombre y descripción al mismo tiempo. Nuestro inevita­ble Gabriel de Morales nos dice que se le llamó también, en ocasiones, río de la Olla, nombre exageradamente modesto que afortu­nadamente no ha prosperado. En un plano de 1692 se le llama río de la Plata, lo que nos hace sospechar, ante la insistencia en nom­bres de metales preciosos, que alguno de estos debía encontrarse entre sus piedras, y así parece afirmarlo un antiguo cronista. Hoy, entre aquellas, apenas encontraríamos otra cosa que pocos galápagos, algunas anguilas y escasas culebras viperinas, fauna que algu­nos niños y adultos se encargan actual mente de aniquilar metódi­camente, especialmente la inofensiva culebra viperina, la “natrix maura”, hace unos años no rara y hoy, casi con certeza, camino de la extinción.

Melilla 1764

EI río, en su época libre o a lo sumo de libertad vigilada, no dio más que disgustos a Melilla. Los fronterizos vieron en el un volun­tarioso aliado en su contencioso con los cristianos. Con paciencia propia de su raza rellenaron el cauce en un punto situado entre los desaparecidos cerros de San Lorenzo y Tesorillo, y un mal día el río desvió su curso milenario tomando la dirección de las murallas de la vieja Melilla. Con ello consiguieron dos objetivos. Uno, arruinar lenta pero implacablemente las fortificaciones encontradas a su paso (llegó a circular por lo que hoy es calle Duque de Almodóvar); otra, propiciar con sus aguas estancadas una enfermedad que pro­bablemente haya llevado más gente a la tumba en Melilla de la que ha llevado la propia defensa de la ciudad a lo largo de cuatrocien­tos años, que no ha sido poca. Era el paludismo. No es necesario re­montarse muchos años atrás, en la primera década de este siglo era un azote para la población. Algunos generales de la guarnición son muchos testigos de ello.

EI río había vuelto a su antiguo cauce en mayo de 1872, tras la ampliación de los límites y no pocas vicisitudes. Pero sustituido su cauce por el Parque Hernández y ocupado el resto por el llano de Santiago (hoy centro) por los huertos de la guarnición, ambos, regados con agua del río y situados sobre terreno de naturaleza pan­tanosa, conservaron el problema sin resolver. EI mosquito Callez siguió viviendo a sus anchas. Con el relleno del llano y el comienzo de la construcción del barrio de Reina Victoria se fue amortiguando su incidencia, que quedó reducida a las aguas residuales de su pro­pio cauce. Allá por 1908, un ayudante de O.P., Eduardo Merino, daba la solución definitiva: construir un pequeño canal en el centro del río para dar salida a todas aquellas aguas. Tuvieron que pasar unos cuantos años antes de que se adoptara esta solución tan evidente. Mas aun, Manuel Becerra elaboró un proyecto por las mis­mas fechas para extraer mediante perforación del cauce las aguas subálveas de las que tan necesitada estaba la ciudad. Algo se hizo.


Puente de la Compañía del Norte Africana

Si cuando no circulaba el agua era preocupante, tampoco cuando iba abundante de ella era como para estar descuidado. Los habituales desbordamientos en los días de lluvia abundante y pertinaz producían devastadores efectos a veces con víctimas. EI rio, añorante de su cauce anterior, se desbordaba a la altura del puente de Camellos y la riada arrasaba Parque y huertos penetrando en el Mantelete a través de la puerta de Santa Bárbara, donde alcanzaba alturas inverosímiles. Fue especial mente dura la inundación del 28 de septiembre de 1906. También esta vez como en anteriores y posteriores riadas el agua se llevó al mar los puentes de madera de Camellos y Triana. Puentes cir­cunstanciales levantados por los ingenieros militares en la campana de 1893, mantenían su precaria existencia gracias al tesón de la Junta de Arbitrios que con insistencia digna de causas mejores volvía a re­coger sus maltrechas tablas y las recomponía aguardando la próxima ocasión que no se hacía esperar mucho.


Un día llegan las compañías mineras que se establecen en los alrededores del reciente Hipódromo, del que recogerla el nombre el barrio nacido años mas tarde. El transito entre Melilla y el campo exterior hacia Nador se incrementa considerablemente. El puente de madera ya no cumplía su misión con el mínimo de dignidad. El general Marina movió sus resortes y el ministerio de Fomento faci­litó los fondos necesarios para la construcción de un puente en con­sonancia con la ciudad en auge. EI flamante puente fue inaugurado por el ministro del ramo señor Gasset en enero de 1910. Los futu­ros barrios del Hipódromo y Real se lo agradecerían. Con posterio­res reformas y ampliaciones es el mismo que tenemos ahora dando entrada a la calle Polavieja. EI de Camellos tuvo que esperar unos anos más, pues no había prevista expansión por esa zona, en contra del criterio de algunos urbanistas.

Frontera natural entre dos zonas de Melilla claramente diferen­ciadas en su día, barrios de la derecha e izquierda del río de Oro, sigue con el desaliñado aspecto de siempre, y así lo aceptamos aun­que mejor lo quisiéramos como fiordo noruego o elementos como arroyo de rumorosas aguas cristalinas. EI olvidado José de la Gándara previó su canalización en el famoso e incumplido Plan de 1910; con muy buen criterio y pensando mejorar su presentación pretendía establecer dos bonitos paseos, uno en cada ribera. Se nos saltan las lagrimas pensando en ellos y en aquel parque forestal pensado para el terreno que hoy ocupan un hospital no previsto como tal, un centro estatal de servicios varios y un instituto, en los aledaños del río. Otro personaje hubo, al que no se le puede negar una gran sensibilidad, que apuntó la idea de tapar el cauce for­mando sobre él una magnífica avenida. No era una idea original ni mucho menos, ya se había aplicado en algún otro sitio, pero era una idea brillante. Por supuesto, no fructificó, a la vista esta, pero no me extrañaría nada que ese fuera su destino final allá por la época de los viajes interplanetarios.

Lo más que se hizo fue apretarle un poco mas entre muros de piedra para evitar sus veleidades ocasionales; eso fue todo.

Así sigue domado, sesteando indolentemente ante la indiferen­cia de los más y el interés ecológico de los menos, pero siempre tes­tigo permanente de unos tiempos y unos hechos que forman parte ya de la vieja historia de Melilla.

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