Publicado por:
Francisco Saro Gandarillas en El Telegrama de Melilla, 18-09-1982; Cuadernos de Historia de
Melilla, n° 1, 1988, p. 155-158.
Para el ya tradicional dominguero, experto
conductor que con mujer, niños y abuela realiza el recorrido ritual desde su
domicilio hasta el Hipódromo, playas y vuelta camino de la “carretera de Málaga” que le llevara hasta el faro del puerto, el
pasar dos veces sobre nuestro viejo y entrañable río no supone mas que una
necesidad derivada de un trayecto establecido por la costumbre que, según
todos los indicios, llegara a hacerse obligatorio en sábados, domingos y
fiestas de guardar. Lo más probable es que ninguno se digne dedicar al
remozado cauce, ni aun de soslayo, una mirada agradecida. Sin duda se trata de
un olvido razonable, pues no hay mucho que agradecer a un río que ni siquiera
es río, a lo sumo torrentera y no de las mejores, que apenas lleva agua y la
poca que aporta al mar no creo que le llene de orgullo.
Y sin embargo, este río, tímido y callado,
conoció tiempos mejores, libre de sus actuales ataduras; a veces solapado,
otras bravucón e intemperante y siempre temido.
Poco sabemos de su nacimiento e infancia;
solo que hace muchos años, muchos antes de que el primer homínido pisara estas
tierras, desembocaba al otro lado del cabo Tres Forcas. Después, la meseta de
Beni Chicar fue basculando hacia el Este y un día, no se sabe cuando, comenzó a
desembocar más o menos por donde lo hace actualmente. Su nacimiento, al pie del
Taquigriat (Gurugú), cerca de la merinida Taxusa.
Si, es difícil que su seco cauce atraiga la
atención de nadie. Quizá su propio nombre, lo que más sorprenda de él: Río de
Oro. No es un nombre modesto para un río modesto. Según parece data del siglo
XVII; antes, con menos énfasis, se le llamaba río de Melilla. Los naturales de
la zona de su curso, razonables y prácticos le llamaban y llaman Uad el Meduar,
río de los meandros, con lo que combinan nombre y descripción al mismo tiempo.
Nuestro inevitable Gabriel de Morales nos dice que se le llamó también, en ocasiones,
río de la Olla, nombre exageradamente modesto que afortunadamente no ha
prosperado. En un plano de 1692 se le llama río de la Plata, lo que nos hace
sospechar, ante la insistencia en nombres de metales preciosos, que alguno de
estos debía encontrarse entre sus piedras, y así parece afirmarlo un antiguo
cronista. Hoy, entre aquellas, apenas encontraríamos otra cosa que pocos galápagos,
algunas anguilas y escasas culebras viperinas, fauna que algunos niños y
adultos se encargan actual mente de aniquilar metódicamente, especialmente la
inofensiva culebra viperina, la “natrix
maura”, hace unos años no rara y hoy, casi con certeza, camino de la
extinción.
Melilla 1764
EI río, en su época libre o a lo sumo de libertad
vigilada, no dio más que disgustos a Melilla. Los fronterizos vieron en el un
voluntarioso aliado en su contencioso con los cristianos. Con paciencia propia
de su raza rellenaron el cauce en un punto situado entre los desaparecidos
cerros de San Lorenzo y Tesorillo, y un mal día el río desvió su curso
milenario tomando la dirección de las murallas de la vieja Melilla. Con ello
consiguieron dos objetivos. Uno, arruinar lenta pero implacablemente las
fortificaciones encontradas a su paso (llegó a circular por lo que hoy es calle
Duque de Almodóvar); otra, propiciar con sus aguas estancadas una enfermedad
que probablemente haya llevado más gente a la tumba en Melilla de la que ha llevado
la propia defensa de la ciudad a lo largo de cuatrocientos años, que no ha
sido poca. Era el paludismo. No es necesario remontarse muchos años atrás, en
la primera década de este siglo era un azote para la población. Algunos
generales de la guarnición son muchos testigos de ello.
EI río había vuelto a su antiguo cauce en
mayo de 1872, tras la ampliación de los límites y no pocas vicisitudes. Pero
sustituido su cauce por el Parque Hernández y ocupado el resto por el llano de
Santiago (hoy centro) por los huertos de la guarnición, ambos, regados con agua
del río y situados sobre terreno de naturaleza pantanosa, conservaron el
problema sin resolver. EI mosquito Callez siguió viviendo a sus anchas. Con el
relleno del llano y el comienzo de la construcción del barrio de Reina Victoria
se fue amortiguando su incidencia, que quedó reducida a las aguas residuales de
su propio cauce. Allá por 1908, un ayudante de O.P., Eduardo Merino, daba la
solución definitiva: construir un pequeño canal en el centro del río para dar
salida a todas aquellas aguas. Tuvieron que pasar unos cuantos años antes de
que se adoptara esta solución tan evidente. Mas aun, Manuel Becerra elaboró un
proyecto por las mismas fechas para extraer mediante perforación del cauce las
aguas subálveas de las que tan necesitada estaba la ciudad. Algo se hizo.
Si cuando no circulaba el agua era
preocupante, tampoco cuando iba abundante de ella era como para estar
descuidado. Los habituales desbordamientos en los días de lluvia abundante y
pertinaz producían devastadores efectos a veces con víctimas. EI rio, añorante
de su cauce anterior, se desbordaba a la altura del puente de Camellos y la
riada arrasaba Parque y huertos penetrando en el Mantelete a través de la
puerta de Santa Bárbara, donde alcanzaba alturas inverosímiles. Fue especial
mente dura la inundación del 28 de septiembre de 1906. También esta vez como en
anteriores y posteriores riadas el agua se llevó al mar los puentes de madera
de Camellos y Triana. Puentes circunstanciales levantados por los ingenieros
militares en la campana de 1893, mantenían su precaria existencia gracias al
tesón de la Junta
de Arbitrios que con insistencia digna de causas mejores volvía a recoger sus
maltrechas tablas y las recomponía aguardando la próxima ocasión que no se hacía
esperar mucho.
Un día llegan las compañías mineras que se
establecen en los alrededores del reciente Hipódromo, del que recogerla el
nombre el barrio nacido años mas tarde. El transito entre Melilla y el campo
exterior hacia Nador se incrementa considerablemente. El puente de madera ya no
cumplía su misión con el mínimo de dignidad. El general Marina movió sus
resortes y el ministerio de Fomento facilitó los fondos necesarios para la
construcción de un puente en consonancia con la ciudad en auge. EI flamante
puente fue inaugurado por el ministro del ramo señor Gasset en enero de 1910.
Los futuros barrios del Hipódromo y Real se lo agradecerían. Con posteriores
reformas y ampliaciones es el mismo que tenemos ahora dando entrada a la calle
Polavieja. EI de Camellos tuvo que esperar unos anos más, pues no había
prevista expansión por esa zona, en contra del criterio de algunos urbanistas.
Frontera natural entre dos zonas de Melilla
claramente diferenciadas en su día, barrios de la derecha e izquierda del río
de Oro, sigue con el desaliñado aspecto de siempre, y así lo aceptamos aunque
mejor lo quisiéramos como fiordo noruego o elementos como arroyo de rumorosas
aguas cristalinas. EI olvidado José de la Gándara previó su canalización en el
famoso e incumplido Plan de 1910; con muy buen criterio y pensando mejorar su
presentación pretendía establecer dos bonitos paseos, uno en cada ribera. Se
nos saltan las lagrimas pensando en ellos y en aquel parque forestal pensado
para el terreno que hoy ocupan un hospital no previsto como tal, un centro
estatal de servicios varios y un instituto, en los aledaños del río. Otro
personaje hubo, al que no se le puede negar una gran sensibilidad, que apuntó
la idea de tapar el cauce formando sobre él una magnífica avenida. No era una
idea original ni mucho menos, ya se había aplicado en algún otro sitio, pero
era una idea brillante. Por supuesto, no fructificó, a la vista esta, pero no
me extrañaría nada que ese fuera su destino final allá por la época de los
viajes interplanetarios.
Lo más que se hizo fue apretarle un poco mas
entre muros de piedra para evitar sus veleidades ocasionales; eso fue todo.
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