viernes, 1 de noviembre de 2013

VILLACAMPA EN MELILLA (I)


Publicado por: Francisco Saro Gandarillas en “El Periódico Melillense” en abril de 2007

En el cementerio de Melilla, en una esquina del primer patio, no lejos del mausoleo dedicado a los héroes de la guerra de Margallo, se halla la llamada Galería Nueva, una galería de nichos que guarda los restos de los antepasados de aquellas familias que, cuando se hizo el traslado desde el cementerio de San Carlos al nuevo de la cañada, eran propietarias de las tumbas del cementerio clausurado.

El día 31 de enero de 1904 le tocó el turno al ocupante de una peculiar tumba situada en una esquina del viejo cementerio. Los restos trasladados ocuparon el nicho nº 2 de la fila nº 2 de la nueva Galería, y según consta en el certificado expedido por el entonces secretario de la Junta de Arbitrios, el abogado Manuel Ferrer, se trataba de los restos de un tal Manuel Villacampa, y se le proporcionaba un nicho provisional, por cinco años, previo pago efectuado por su hija Emilia Villacampa. Los restos hubieran ido a la fosa común si en 1909, al término del plazo, Dª. Emilia no hubiera abonado las 125 pesetas que el reglamento de la Junta exigía para conservar el nicho en propiedad.

El nicho sigue, invariable, en el mismo lugar. Pasado un siglo, no creo que sea temeridad afirmar que la mayoría de los melillenses ignoran, como la mayoría de los españoles en general, quien fue el mencionado D. Manuel. Hoy, con periódica y sorprendente insistencia, unas manos generosas, casi anónimas, limpian cuidadosamente la tumba, impidiendo que el inmisericorde paso del tiempo vaya borrando su escueta leyenda y con ella la última huella material que su ocupante ha dejado en este mundo.



Nicho de Villacampa en Melilla
Manuel Villacampa del Castillo

D. Manuel Villacampa del Castillo nació en Betanzos el 17 de febrero de 1827, hijo del teniente coronel graduado capitán de Infantería D. José Villacampa y Periel, nacido en Laguarta (Huesca), de familia infanzona, según la “Enciclopedia de Aragón”, originaria del lugar de Villacampa en el valle del Serrablo. D. José era hermano de D. Pedro Villacampa, un héroe de la guerra de la Independencia que llegó a teniente general, y a quien algunos colocan, con evidente error, como abuelo de D. Manuel.

A solicitud de su madre, entonces viuda, en febrero de 1836 ingresó como “cadete de menor edad, sin goce de haber, ni antigüedad, ni asignación de cuerpo hasta cumplida al edad de ordenanza”, edad que cumplió en 1839, incorporándose, como primer destino, al Regimiento del Infante nº 5.

No voy a seguir con la extensa hoja de servicios y peripecias de todo tipo de las que fue protagonista D. Manuel Villacampa, cuyo seguimiento nos conduce inexorablemente al dramático final de su accidentada carrera militar. Participó en todos los movimientos militares habidos en España desde el Alzamiento Nacional de 1843, en los primeros de forma pasiva, siguiendo la estela de sus jefes naturales, y en los siguientes, desde la “gloriosa” de 1868, en la que intervino como principal impulsor en Granada, participando activamente en ellos, sobre todo desde la Restauración, figurando, entre las cabezas dirigentes, en todos los intentos golpistas de cambio de régimen a favor de la república hasta el último de 1886, cuyas consecuencias le llevaron a Melilla.

El golpe militar de 1886

Manuel Villacampa fue la cabeza visible, entre todos los partidarios del irreductible Ruiz Zorrilla, del proyecto de golpe militar que desde principios del verano de 1886 se vaticinaba como inminente para los más avisados. El golpe, como se vio posteriormente, estaba deficientemente hilvanado, con adhesiones poco definidas, con unidades militares supuestamente comprometidas que se mostraron pasivas en el momento de actuar. Al parecer, el propio brigadier no estaba muy convencido del buen éxito de la empresa, y si siguió adelante fue por el compromiso adquirido con todos los conjurados. Cuando el brigadier Villacampa se puso al frente del movimiento en Madrid, el 19 de septiembre de 1886, estaba ya condenado al fracaso; por las razones antes apuntadas, pero, sobre todo, por la pasividad encontrada entre la población madrileña, que salvo contados elementos, en su mayoría asistió indiferente a un golpe más de los que tan fecundo fue el siglo XIX.

Detenido el brigadier y puesto en marcha el proceso para el consejo de guerra subsiguiente, Villacampa quiso que se hiciera cargo de su defensa D. Nicolás Salmerón, el político republicano, quien desde el intento de golpe, ante el cual, manifestaba, se encontraba “dolorosamente sorprendido”, pretendía convencer a la clase política de que él nada tenía que ver con el asunto, lo cual solo era media verdad. Como era de esperar, Salmerón, en carta de fecha 29 de septiembre, repitiendo una secuencia muchas veces representada en la historia de la humanidad, rehuyó el cargo de defensor, que le ponía en incómoda situación, poniendo como ingenua excusa el “encontrarse enfermo”.

Como en el caso de su segundo en el golpe, el teniente Felipe González, de quien el abogado elegido tampoco quiso hacerse cargo de su defensa, le fue designado un defensor de oficio en la persona del teniente general D. Pedro Ruiz Dana.

El caso era tan claro que la sentencia del consejo de guerra, celebrado el 2 de octubre siguiente, resultó ser la que se esperaba: por el delito de rebelión se le condenaba a la pena de muerte y a la accesoria de pérdida de la condición de militar.

Desde ese momento desde las filas republicanas y otros sectores de la sociedad, se puso en marcha un vertiginoso proceso de concienciación ciudadana y de presión en los altos organismos públicos para evitar que la sentencia fuese aplicada. Con resultado favorable para esta causa, puesto que el Gobierno indultó a Villacampa sustituyendo la condena a muerte por la de reclusión perpetua. Se ha dicho que fue el interés personal de Sagasta, presidente del gobierno, quien hizo cambiar la opinión de sus ministros (todos partidarios de la aplicación de la sentencia) en sentido favorable al indulto, pues, se afirmaba, incluso la reina era partidaria de un escarmiento. Pero si se sigue día a día el tránsito de los hechos, la conclusión es la contraria: fue la reina quien convenció a Sagasta de que la aplicación de la pena de muerte mancharía de sangre los primeros años de la Regencia, opinión real a la que no debió ser poco ajena la voluntariosa y decidida hija del brigadier, Emilia Villacampa, empeñada hasta límites insospechados en impedir el fusilamiento de su padre, para lo que consiguió incluso, gracias a su tesón, una entrevista con doña María Cristina.

El Gobierno cambió, pues, la fatal sentencia por la de confinamiento en las lejanas tierras de Fernando Póo, adonde se envió al condenado unos días más tarde. Poquísimo tiempo pasó antes de que los republicanos, y sobre todo los partidarios de Ruiz Zorrilla, jefe político de Villacampa, proclamaran a todos los vientos que el Gobierno enviaba al exbrigadier a la lejana colonia africana para que las enfermedades tropicales cumplieran lo que no había podido cumplir el pelotón de ejecución, y así, de forma indirecta, quitarse de encima cualquier posibilidad, aún remota, de vuelta a las andadas.

Es posible que nunca sepamos si fue esta dura acusación de los republicanos o, como aseguraba el Ministro de la Gobernación, el aviso del Gobernador de la colonia sobre la falta de seguridad en la misma, donde se había visto un barco extraño que infundía sospechas sobre la posibilidad de que algún grupo afín al exmilitar intentara liberarlo, lo que decidió al Gobierno a cambiar el lugar de confinamiento por el de Melilla.



Retrato de Villacampa

En Melilla

Manuel Villacampa llegó a Melilla el 15 de febrero de 1887. De su estancia en la plaza no tenemos más información que la facilitada por su hija Emilia, que le acompañó durante la mayor del tiempo, la no muy pródiga, pero interesante, que guarda el Instituto de Historia Militar, y la escasa e inédita existente en el Archivo General de la Administración del Estado.

Algunos diarios madrileños de la época, generalmente los republicanos, recogen las vivencias de la hija del exbrigadier durante su etapa africana, siempre como soporte para arremeter contra el gobierno de la monarquía, en numerosas ocasiones con evidente exageración. Por ello es preciso andar con tiento a la hora de distinguir lo real de lo desfigurado por la pasión política.

Era Gobernador de la plaza el brigadier D. Teodoro Camino Alcobendas, quien durante su breve estancia en la plaza apenas tuvo otro sobresalto mayor que, precisamente, la comunicación recibida del Gobierno en septiembre de 1886, recién llegado al cargo, para que se mantuviera alerta ante los acontecimientos desarrollados en la capital; gobierno por otra parte tranquilo, después que el brigadier Macías, antes de que, por su destitución, disfrazada de cambio de destino, le hubiera dejado el mando de la Plaza en las mejores relaciones con las cábilas cercanas.

Que el brigadier Camino no sentía la menor simpatía por el exmilitar se vio por cuanto desde el primer momento quiso tratarle como si fuera un presidiario más, cuando estaba claro que no era el caso. Quiso obligarle a vestir el mismo traje de aquellos y trató de afeitarle la cabeza y la barba, a lo que Villacampa se negó rotundamente, ya que se consideraba un preso de carácter político y no de derecho común. La hija -gran carácter- se puso del lado de su padre, enfrentándose con todo el mundo, pues desde su llegada al lado de su progenitor se intentó entorpecer la convivencia entre padre e hija.

Emilia Villacampa afirmaba que durante mucho tiempo los oficiales de guardia entraban dos y tres veces por la noche en su habitación para comprobar que el confinado no intentaba evadirse, manteniéndole en vela forzosa, actitud exagerada que daría a entender que se limitaban a cumplir categóricas órdenes superiores. El alojamiento de Villacampa se reducía a una pequeña habitación sin más hueco y luz que la de la puerta de entrada; según El País, órgano del zorrillismo, “construido ex profeso para el reo en el fondo de un patio sombrío que rezumaba humedad”, rematando la descripción: “más que prisión, tumba anticipada”.

Tres meses más tarde cesa en el cargo el brigadier Camino y es sustituido por el del mismo empleo D. Mariano de la Iglesia, un hombre que, como el anterior, había conseguido casi todos sus ascensos por méritos de guerra, y quien se hizo cargo del Gobierno militar y político el 12 de mayo.

Ante los síntomas preocupantes que presentaba el confinado, Emilia Villacampa pretendió conseguir del nuevo Gobernador lo que no había conseguido del anterior, que un médico militar hiciera un diagnóstico de la ya visible enfermedad de su padre. Extrañamente se le exigió que lo pidiera mediante instancia, cuando un caso de esta naturaleza tendría que haber sido de atención inmediata, sin formalismo alguno. El brigadier De la Iglesia parecía mantener una actitud semejante a la de su antecesor respecto a Villacampa.

Emilia, que había hecho la petición el mismo día de la llegada del nuevo Gobernador, presentó el escrito solicitado al día siguiente. De la Iglesia nombró facultativo para el caso al entonces médico segundo de Sanidad Militar D. Pablo Vallescá, llegado al Hospital Militar de Melilla en 1883 y quien casi desde su presentación desempañaba la función de facultativo de la Plaza para atención al personal militar y familias, cargo que inevitablemente (no sin polémica) llevaba consigo el de atención a todo el vecindario.

Reconocido Villacampa por Vallescá el 16 de mayo siguiente expedía un certificado médico en el que decía que “dicho recluso militar político padece estrechez de ventrículo aórtica con atenoma arterial bastante generalizado de naturaleza, al parecer, reumática dados sus antecedentes morbosos…”, que no amenazaba su vida de forma automática, pero que podía comprometerla seriamente “si las condiciones de clima y habitación no fueran lo suficientemente higiénicas”.

Los antecedentes morbosos de la enfermedad se había manifestado por primera vez en 1878, durante su estancia en el castillo de Burgos, donde por cierto había tenido algún que otro incidente con otro hombre de recio carácter, el bien conocido por los melillenses Manuel Buceta, que desempeñaba entonces, como Mariscal de Campo, el cargo de segundo cabo y Gobernador Militar de Burgos, choque del que se derivó un consejo de guerra contra Villacampa, pero cuando este ya tenía el alma encallecida por este tipo de consejos.

Con el certificado en la mano, Emilia Villacampa partió camino de Madrid, donde, pese a su insistencia, en un primer intento, no fue recibida ni por Sagasta, ni por Cánovas, ni por Martos, ni se le abrieron las puertas del palacio real. El asunto Villacampa era cosa del pasado y no motivaba a nadie. En un segundo intento, accede a recibirla Sagasta, quien conviene con ella en que el enfermo debe ser trasladado a la península; también Cánovas (influido por su esposa, según El País) le asegura que no se opondrá a la medida humanitaria.

Pero, de vuelta a Melilla, pasa el tiempo y nada se resuelve. Se dice, incluso, que las órdenes estaban dadas. Alguien, al parecer, se cruzó en el camino y las buenas intenciones quedaron olvidadas.

¿Quién fue el que se cruzó?. Solo un órgano de prensa se atrevió a sugerir un nombre. La Correspondencia Militar, al poco de morir Villacampa, manifestaba, crítica y mordaz, que a los buenos propósitos de algunos ministros al respecto “se oponía, según dicen, el veto impuesto por el general que más pruebas ha dado siempre de amor y culto a la disciplina: D. Arsenio Martínez Campos”.



 Villacampa de Brigadier
Villacampa y Martínez Campos

Desde que fue nombrado jefe del Tercio de la Guardia Civil de Valencia, en 1871, Villacampa había puesto todo su empeño en la persecución y liquidación de las partidas carlistas de la zona. Su acierto en la acción le había supuesto el ascenso a brigadier por méritos de campaña y su designación como Gobernador Militar de Castellón.

En julio de 1873 fue nombrado Capitán General de Valencia D. Arsenio Martínez Campos. Poco después se encontraban en Torrente la columna del Capitán General y la mandada por Villacampa. El encuentro tuvo lugar coincidente con la formalización de la propuesta de militares distinguidos en la campaña entre el 26 de julio y el 8 de agosto. En ella decía Martínez Campos que el brigadier Villacampa había conseguido deshacer todo el movimiento cantonal de la provincia de Castellón. Frase textual: “Es un oficial de buenos servicios y dotes de mando, digno de la consideración del Gobierno.”

Veinte días más tarde el Capitán General destituye a Villacampa “por no tener condiciones ni dar resultados”. ¿Qué había ocurrido para un cambio tan radical en la opinión del General y, sobre todo, en tan corto espacio de tiempo?. El País, años más tarde, afirmaba vagamente que Martínez Campos pudiera haber sondeado al brigadier sobre la posibilidad de contar con su apoyo en caso de tener que aplicar un golpe de fuerza a favor de la monarquía exiliada, y el segundo se había opuesto. No es descartable, y podría explicar perfectamente que el Capitán General quisiera apartar a un posible opositor. Tampoco se me ocurre otra explicación más razonable a la vista de cómo se desarrollaron los hechos posteriormente.

La noticia de su destitución le llegó a Villacampa cuando entraba en Castellón, de vuelta de una expedición a Vinaroz. Con su habitual talante resolutivo, el brigadier, sin esperar la anunciada llegada del vapor Levante, tomó una barca pescadora y se llegó hasta Valencia. Allí envió un telegrama al Ministro de la Guerra quejándose de su caso y pidiendo la apertura de una sumaria “en vindicación de su honra militar”, tal como poco después informaba el diario local Las Provincias. Esa misma noche se presentó en la casa del Capitán General, donde Martínez Campos se hallaba reunido con el alcalde y demás autoridades republicanas; entró directamente hasta el grupo de civiles y allí les ofreció sus servicios personales, como soldado, “para empuñar un fusil uniéndose a los voluntarios de la libertad”. Fácilmente puede uno imaginarse el rostro atónito de Martínez Campos, ante la osada actitud, ciertamente bastante descortés (aunque ya no estaba bajo sus órdenes), del brigadier.

Poco más tarde redactó un informe sobre su actuación en la zona del Maestrazgo cuya lectura confirma que su destitución estaba injustificada, informe que envió al Ministro de la Guerra del nuevo Gobierno de Castelar, quien quedó plenamente convencido de la arbitrariedad del cese, hasta el punto de que con fecha 23 de octubre siguiente era repuesto en el cargo de Gobernador militar de Castellón. Un desaire para Martínez Campos que debió apuntar en su agenda personal de cara a los trabajos preparatorios del posterior golpe de Sagunto.

En esta época Villacampa no era aun el extremista republicano en el que habría de convertirse más tarde. Poco después de los hechos narrados, en una recepción oficial, Villacampa comentó a persona de su confianza “que pronto debía verificarse un cambio radical poniéndose al frente del Gobierno el Duque de la Torre y Martos y que entonces estaríamos todos bien.” Alguien le oyó el comentario y lo puso en conocimiento del Ministro de la Guerra Sánchez Bregua, quien mandó investigar el asunto, sin que de ello saliera nada concreto.

Por cierto, que no se equivocó, pues el Duque de la Torre accedió al Gobierno transcurridos escasos días. Protegido el brigadier por la República, transcurrió un año completo sin que nadie se atreviera a interponerse en su camino. Pero, un poco antes del “saguntazo”, el General Jovellar, General en Jefe de la zona, que estaba metido de lleno en la conspiración, aunque todavía hoy haya algunos que lo dudan, con fecha 26 de noviembre de 1874 le ordena a Villacampa que se traslade a Valencia “para recibir instrucciones, entregando el mando el mando de la plaza de Morella (donde tenía establecido el Gobernador de la provincia su sede) al Jefe que por ordenanza le corresponda.”. Martínez Campos no se había olvidado de él.

El golpe del 29 de diciembre en Sagunto le sorprendió sin haber cumplimentado la orden de Jovellar; pero para los sublevados el asunto no tenía ya importancia, pues tenían preparado al brigadier D. José de la Zendeja, para asumir el mando de la Plaza de Morella y, lo más importante, de la segunda brigada de la segunda División que llevaba anexo.

Curiosamente, Villacampa entregó el mando el día 10 de enero y la disposición de cese se publicó el 20 del mismo mes, pues había prisa por desactivar un potencial y peligroso adversario.

Desde este momento, y hasta su fracaso de 1886, Villacampa hizo inquebrantable propósito de volver a recuperar para la Republica el lugar de donde se la había desplazado por la fuerza.


 

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