Publicado por: Francisco Saro Gandarillas en “El Periódico Melillense” en mayo de 2007
De vuelta en Melilla, la hija de Villacampa
no tuvo otra alternativa que la de ver pasar los días sin esperanza de que su
padre pudiera ser trasladado a otro centro penitenciario. Emilia había
encontrado alojamiento en casa de una joven y generosa maestra de niñas que
apenas llevaba un año en Melilla: Matilde del Nido. Matilde vivía en una modesta
casa de la calle de la Soledad,
y había sido contratada por la
Junta de Arbitrios como profesora para la escuela de la calle
de la Iglesia. No
tenía el título de maestra, que entonces solo se exigía para los profesores de
niños. Es posible que aún viva alguna persona que la haya conocido pues durante
cuarenta años acudió día tras día, primero al viejo local mencionado, y más tarde
al nuevo construido en la calle Alta, tiempo ha desaparecido.
La enfermedad del exbrigadier se
hizo tan patente que el día 23 de abril tuvo que ser ingresado en el viejo
hospital Real, entonces llamado Hospital Militar, donde permanecería, salvo
breves periodos, asta el final.
En busca de implicados
Poco podrían imaginar padre e
hija que, mientras anto, el Gobierno, a través de la embajada en París, seguía
haciendo gestiones para localizar a todos los implicados en la intentona de
septiembre anterior.
Según informaba el embajador,
había tenido conocimiento de que el brigadier Villacampa había entregado a su
hija, el 19 de septiembre por la tarde, una lista, firmada por Ruiz Zorrilla y
por todos los militares de alta graduación implicados en el intento, en el que
reconocían a Villacampa como “jefe del pronunciamiento”. Afirmaba el embajador
que el político republicano, afincado en París, estaba muy inquieto ante la
posibilidad de que la lista cayera en manos del gobierno, aunque sabía que
Emilia no separaba jamás del comprometedor documento. Ruiz Zorrilla,
supuestamente, había comisionado a la mujer de uno de los golpistas, el también
exiliado excomandante Prieto, para que se pusiera en contacto con la hija de
Villacampa y le rogara que entregara la lista al simpatizante republicano
marqués de Santa Marta, a lo que Emilia se había negado rotundamente, pues su
padre le había hecho jurar que ni aún al propio Ruiz Zorrilla debía entregarla
en el caso de que fallara la revolución en marcha.
Nada más se supo de aquella lista
que quedó en el olvido, dejándonos la duda sobre su supuesta existencia.
Calle de la Soledad de Melilla la Vieja donde residió
Una carta de Villacampa
Coincidiendo con el aniversario
del intento de golpe, la prensa republicana, y sobre todo el diario zorrillista
El País, volvieron a rememorar los hechos del año anterior, y poniendo de
manifiesto el carácter caballeresco del exmilitar. También publicaba el citado
diario una carta firmada por Villacampa, enviada desde Melilla por medios que
me supongo relacionados con su hija y algún simpatizante en la plaza, dado el
férreo control que sobre el confinado existía por parte del Gobierno Militar.
No me resisto a transcribirla entera por ser un documento que puede aportar luz
sobre su personalidad.
Decía don Manuel:
“Mi muy querido amigo: He recibido su carta en la cual se refleja la
triste impresión que le causan los últimos sucesos. Preciso es, amigo mío,
resignarse ante las desventuras del presente para esperar las venturas del
porvenir, que no debe encontrarnos flacos y faltos del necesario vigor. De mí
se decirle que mis sufrimientos, lejos de aniquilarme, me fortifican moralmente
y me preparan para merecer lo único que puedo apetecer ya: la dicha de ver
próspera y feliz a nuestra querida patria. Tengo una resignación sin igual, un
dominio sobre mí que me admira, y lo que más me sorprende es que no abrigo
odios, que compadezco a los verdugos y a los traidores y -lo digo con toda la
sinceridad de mi alma- aunque algún día pudiese no sabría, ni podría hacer el
más leve daño a unos y otros; antes al contrario, les demostraría que este
corazón, tan martirizado por todo género de ingratitudes, no alienta para ellos
otra pasión que una gran caridad; una caridad sin límites. No padezco ya
moralmente; estudio, leo mucho, medito y siento que se va apoderando de mí alma
una dulce serenidad, formándome un juicio personal de hechos y cosas que me da
una calma especial y contribuye a mi sosiego.
Algo me queda todavía que sufrir; pues creo probable la subida
inmediata de los conservadores, porque todo se descompone y todo parece
retroceder a 1867, para que luego se de la batalla del pasado con el presente;
pero aún llegado ese caso, nada me alterará; si a ese día llego, me verá usted
tranquilo e indiferente como aquel que sabe que no hay más que miserias en la
vida, y que son muy pocos los que se sacrifican por el ideal, así sea este tan
hermoso como la reivindicación del derecho. Yo, que desde que tuve uso de
razón, me hice una religión de la libertad, y rendí culto austerísimo a los
compromisos políticos, he visto palpablemente que el llenarlos sirve de
consuelo en la desgracia, esclarece la conciencia y el pensamiento, depura el
juicio de los errores a que le expone la pasión y ensancha el horizonte moral
de la existencia. Nunca fui materialista, pero tampoco fanático; creía y creo
que así como la materia se transforma, mejorando sus tipos, el espíritu, el
alma, se modifica, mejorando también en sus determinaciones. Con estos
pensamientos consigo dulcificar mis dolores físicos y morales, y esperarlo todo
con la mayor tranquilidad de conciencia. Procure usted imitar esta resignación,
y verá cuanta fuerza adquiere en esa terrible lucha por la verdad, por la
libertad y por la patria de que ustedes los periodistas son el ejército de
vanguardia. Sin ella, sin esa resignación, el alma vacilará, y cuando el alma vacila,
no tarda mucho en caer el brazo desarmado y el cuerpo exánime. De usted
afectísimo amigo Manuel Villacampa".
Los otros deportados
Los condenados por el golpe de septiembre
de 1886 fueron distribuidos entre todos los presidios del norte de África.
El diario El País, de vez en
cuando, daba noticias sobre la suerte de los confinados republicanos, presentando
casi siempre un panorama sombrío, descrito con tintas tan oscuras que hay
motivos para pensar que no se correspondía con la verdad.
El capitán Vidaurreta, en el
Peñón de Vélez, se constituyó en voluntario corresponsal del periódico
zorrillista, dando noticias que no dejaban muy bien paradas a las autoridades
de la isla. Cuando el grave incidente del barco contrabandista Miguel y Teresa,
asaltado por los rifeños en septiembre de 1889, el excapitán se permitió denunciar,
con graves acusaciones, al gobernador de la isla, lo que en 1893 le valió el
ser expulsado de Melilla cuando acudía, como corresponsal de guerra, a las
operaciones de la guerra de Margallo.
En Chafarinas, las denuncias de
tratos vejatorios también colocaban en muy mal lugar al gobernador Casaus Lopera
y sus subordinados. Se decía que uno de los confinados, con una herida
gangrenada, estaba desatendido por el médico militar, que se pasaba el tiempo
en la iglesia. Otro enfermo, era obligado a dejar el hospital a las dos semanas
de estancia, sin estar curado, teniendo que recurrir, para conseguir
medicamentos, a vender el pan que ahorraba cada tres días.
Se acusaba al mayor de plaza, el
capitán Antonio Santoja, autor, por cierto, de una obra importante para el conocimiento
de la Melilla
comprendida entre 1870 y 1875, titulada España en el Rif, si prescindimos de la
parte en que, con desfachatez inaudita, copia páginas enteras del informe de la
comisión de 1869.
Se decía que Santoja había
prohibido a los confinados leer la prensa republicana, obligándoles a lecturas
no deseadas.
Discrepancias entre republicanos
Por la misma época, aniversario
del golpe, se producen desavenencias entre distintos grupos republicanos
respecto a la implicación de cada uno de ellos en el asunto. Así como se daba
por supuesto que el señor Pi y Margall estaba al cabo de lo que se tramaba, y
el político tampoco puso mucho empeño en desmentirlo, el resto de prohombres escurría
el bulto ante cualquier insinuación de connivencia o complicidad más o menos
explícita con el golpe . El mismo Salmerón ya había dicho en su día que se
había visto "dolorosamente sorprendido" por el acontecimiento.
La cuestión fue zanjada por
Villacampa quien, desde Melilla una vez más, a través del misterioso emisario, envió
una carta al diario El País, que este publicaba el 16 de octubre de 1887, en
que el exbrigadier manifestaba haber actuado en nombre de la coalición
republicana, y que por su intervención había suspendido en varias ocasiones el
movimiento. Los militares comprometidos, decía, para convencerse de que
actuaban de acuerdo con los miembros de la Junta coalicionista, se habían puesto en contacto
con algunos de ellos, e incluso, el propio Ruiz Zorrilla, mentor de D. Manuel,
fue el último en enterarse. Si la coalición se hubiese roto, el golpe no se
hubiese efectuado.
El señor Salmerón y los suyos,
cuando decían que nada sabían del asunto, decían una verdad a medias. Sabían que
había un golpe militar en ciernes; únicamente desconocían el momento exacto en
que había de producirse, que es muy posible les sorprendiera. Si el golpe
hubiera triunfado, se hubieran subido al carro victorioso; simplemente, se
hubiera hecho justicia al golpe de Sagunto.
Según contaba el comandante
Prieto Villarreal, por las mismas fechas Villacampa escribía a un particular,
amigo del comandante, haciendo hincapié en las mismas ideas "probando que nosotros no cometimos una
empresa aislada, que no haciámos una calaverada, ni una jugada de bolsa, como
alguno se atrevió a decir", entre ellos el propio embajador en París,
que sugería, en informe confidencial, que los intentos de golpe militar de Ruiz
Zorrilla pretendían influir en la bolsa para hacer un buen negocio comprando a
la baja.
En la misma carta terminaba
Villacampa reconociendo que el clima de Melilla y su enfermedad acabarían con
su vida, consolándose con la idea de que los jóvenes llevarían a cabo sus deseos.
Hospital Real de Melilla donde estuvo internado Villacampa
Supuestos intentos de evasión
También por la misma época
comienzan a llegarle al Gobierno informes sobre intentos para rescatar a Villacampa
de su exilio melillense.
Al parecer la policía había
conseguido información de la mujer que llamaban "querida del capitán
Casero", uno de los oficiales exiliados como consecuencia del intento de golpe.
A través de esta señora se habían informado de que se trabajaba en un plan para
liberar al exbrigadier, de lo que ponían en conocimiento del gobierno con fecha
uno de octubre.
Diez días más tarde otra nota
ponía de manifiesto de que un sargento de los confinados con Villacampa en Melilla
había escrito al capitán Casero, afirmando “que pronto romperían las cadenas,
que todo estaba combinado para escaparse y que estaban protegidos por un empleado
del presidio”.
Con los informes anteriores, mas
los facilitados por el cónsul español en Orán, los Ministros de la Guerra y de la Gobernación llegaron a
la convicción de que efectivamente se preparaba la fuga de Villacampa.
El día 12 de noviembre recibía el
Gobernador militar de Málaga un telegrama en el que disponía que, con carácter
de urgencia, y aprovechando cualquier medio de navegación, se pusiera en
conocimiento del Gobernador de Melilla la siguiente información:
“El día 8 debió salir de Orán un carruaje
en dirección al Riff preparado para la evasión de Villacampa, la cual se
intenta realizar por tierra o bien por medio de algún bote que, tomándolo a bordo
en la costa o puerto de Melilla, lo desembarque en alguna playa inmediata. El
Gobernador de la plaza deberá cambiar turnos de servicio, alejar del hospital a
todo empleado sospechoso, hacer más efectivo el encierro del penado y tomar
todas las medidas extraordinarias que aseguren al preso, en lo que está
vivamente interesado el Gobierno.”
Se instaba a que la persona que condujera
el pliego fuera de la más absoluta confianza, que el barco saliera de Málaga
con el mayor sigilo y que en Melilla solamente desembarcara el portador del
documento.
Llama la atención el desconocimiento
absoluto que el Ministerio de la
Guerra tenía sobre el territorio vecino a Melilla, hasta el
punto de ignorar que un carruaje jamás podría llegar por tierra a Melilla dada
la inexistencia de carreteras o puentes en el territorio de Marruecos, donde entonces
solamente había una carretera empedrada, la que iba desde Alcazarquivir al
Lucus, de apenas una milla. Además daba a entender que en Melilla había tal falta
de seguridad que un bote extraño podía llegarse hasta el muelle, recoger a un
confinado y llevárselo impunemente. Por otra parte, si ese fuera el plan de los
conjurados, estos demostraban una ingenuidad fuera de lo común.
El Gobernador de Málaga envió el
mismo día a su propio ayudante en el vapor de recreo Heredia, de 14 nudos, que
había puesto gratuitamente a disposición de las autoridades militares la casa
de este mismo nombre, empresa que desde 1817, y durante varios años, había sido
asentista de víveres de Melilla.
El día 13 estaba el vapor de
vuelta, con la lógica contestación por parte del gobernador de Melilla: que en aquella
plaza no había novedad. Difícilmente podía haberla en el sentido que preocupaba
al Gobierno.
El Ministro de la Guerra, recogiendo el
sentir del Gobierno, no estaba muy tranquilo, pues cinco días más tarde inducía
al gobernador de la plaza, general Mariano de la Iglesia, a través del
Capitán General de Granada, a que relevara a todas aquellas clases de tropa y
sanitarios de Melilla que fueran sospechosas de estar en la conspiración, nombrándose
otros en su lugar “pues mientras intentan y consiguen los conspiradores seducir
a los nuevos ganaremos algún tiempo en tranquilidad”.
En agosto de 1888, cercano el
segundo aniversario del golpe, vuelven a llegarle al Gobierno rumores de que algunos
emigrados políticos en Orán pretendían liberar a Villacampa. Ante la
posibilidad de que algunos republicanos irreductibles aprovecharan la fecha
para efectuar algún acto de fuerza o de propaganda extraordinario, con fecha 18
de noviembre todos los gobernadores militares de la Capitanía, recibían el
mismo telegrama: “Sin sobrecarga del
servicio ni producir alarma, recomiendo a V. E. redoble vigilancia, y en caso
necesario obre con toda energía y sin contemplaciones.”
Incrementando los temores del
Gobierno, Ramón Zavala, cónsul de España en Argel, escribía a León y Castillo
en enero de 1889 el ruido que los exiliados españoles en Orán, encabezados por
el médico Ezequiel Sánchez, producían en los ambientes políticos de la ciudad a
través del diario Joven España, en el que no faltaban continuas referencias a
Villacampa y Ruiz Zorrilla, e insultos contra el Cónsul y los políticos
peninsulares, sobre todo contra Cánovas, a quien Sánchez calificaba con muy
poco miramiento en el Petit Marsellais: “El
inmundo Cánovas …el que fusiló sin piedad al heroico Ferrándiz, a Vellés y
Mangado, el que rugió de cólera ante el perdón de Villacampa”.
No se si el gobierno llegó
seriamente a pensar en sacar a Villacampa de Melilla y trasladarlo a Canarias;
en cualquier caso el Capitán General de las islas, en telegrama de 16 de enero
de 1889, recogiendo un rumor de la prensa, manifestaba al Subsecretario de la Guerra que en aquel
distrito no había prisiones seguras.
Antiguo cementerio de San Carlos en Melilla
Muerte de Villacampa
Con fecha 22 de enero de 1889 eran
indultados todos los presos que había en las menores procedentes de la
sublevación de septiembre de 1886.
El indulto difícilmente podía afectar
al exbrigadier que en esta fecha manifestaba un agravamiento severo de su
enfermedad, muy acusado desde el mes de diciembre, y ya se daba como imposible su
traslado fuera de Melilla.
En la mañana día 12 de febrero, en
una comunicación urgente trasladada por medio del barco de comisiones de la
plaza, el general Assín, gobernador militar, informaba al Capitán General de
Granada que se hacía temer un próximo fin del confinado. Tan inminente era que
Villacampa fallecía a las cinco menos cuarto de la tarde de ese mismo día, pese
a que desde el día 5 se habían efectuado denodados intentos para salvar su
vida, gracias al interés personal del propio gobernador militar quien, desde su
presentación en la plaza en noviembre del año anterior, había ordenado un
favorable cambio radical en el trato al confinado, con quien, por cierto, había
coincidido durante la época de las campañas carlistas. Todos los médicos de Melilla
habían sido puestos a disposición de Villacampa, cuando ya era tarde para
evitar lo inevitable. Motivo del fallecimiento: una dilatación aneurismática de
la aurícula derecha, con alteración completa del músculo cardíaco acompañada de
un catarro bronquial concomitante, según certificó el médico segundo del Cuerpo
de Sanidad Militar Francisco Triviño Valdivia, un viejo conocido de los melillenses
interesados por su historia. A ruego de su hija, el cadáver fue embalsamado y
enterrado provisionalmente al día siguiente.
Emilia Villacampa se embarcó para
la península, en un vapor francés, el domingo día 17, con el fin de hacer las gestiones
pertinentes para el traslado del cadáver de su padre a Madrid, a lo que
entonces no se oponía el Capitán General de Granada.
El fallecimiento del exmilitar
fue recogido por toda la prensa nacional tanto republicana como monárquica, y
si bien eran de esperar los panegíricos de la prensa republicana sorprenden las
generosas expresiones del diario monárquico La Época, quien daba la noticia
"con sentimiento, porque cualesquiera que hayan sido los errores de aquel
político, lanzado en las vías revolucionarias con resolución digna de respeto,
que al fin iba a jugarse la cabeza mientras otros esperaban el triunfo tranquilamente,
nosotros, y cuantos de leales se precian, no podrán olvidar los servicios que a
la patria prestó hasta que volvió la espalda a la Monarquía. En su
hoja de servicios hay páginas que honrarán su recuerdo."
En las Cortes hubo una
interpelación el Gobierno por parte del diputado Romero Gilsanz, de la que el
Gobierno se zafó fácilmente porque tras la muerte de Villacampa la historia
pasaba una página y a pocos interesaban ya las interioridades del caso.
Las logias masónicas madrileñas
Comuneros de Castilla nº 289, Luz de Mantua nº 1 y La Minerva nº 631, con sus
dignidades, oficiales y obreros, honraron a su ilustre hermano, soberano gran
inspector del grado 33, con una tenida fúnebre celebrada en la logia de la
calle San Onofre el 2 de marzo siguiente.
Los intentos de Emilia Villacampa
para trasladar el cadáver de su padre a Madrid fueron inútiles. El Gobierno
presumía que la llegada del cuerpo de Villacampa a la capital sería motivo -y
no creo que se equivocara- para celebrar un acto multitudinario de exaltación
republicana, en la que inevitablemente se apelaría a la parte emocional de los asistentes,
con consecuencias difíciles de prever.
El Director General de
Beneficencia y Sanidad del Ministerio de la Gobernación, con fecha
11 de abril, llegó a autorizar el traslado hasta el cementerio de San Justo en
la capital del reino. Un mes más tarde el Capitán General de Granada manifestaba
que el Gobernador civil de Málaga había reclamado a Melilla la exhumación del
cadáver y su traslado inmediato, por lo que pedía instrucciones al Ministro de la Guerra.
Desde ese momento hay que empezar
a leer entre líneas el contenido de los telegramas oficiales.
Contesta el Ministro que
solamente se autorizará “cuando se hayan
llenado con la mayor escrupulosidad los requisitos que previene la R.O. de 19-3-1848” , cuya
regla no obligaba a un reconocimiento facultativo previo.
Al mismo tiempo el Ministro de la Guerra advertía al de
Gobernación sobre la conveniencia de que antes de promover cualquier iniciativa
en aquel sentido se consultara a su Ministerio por ser militar la autoridad de
Melilla.
El 10 de junio siguiente –habían pasado
cuatro meses desde el fallecimiento del exbrigadier– el Ministro de la Guerra enviaba un telegrama
al Gobernador Militar de Melilla, a través del de Málaga, con el siguiente
texto:
“Teniendo entendido que por la autoridad civil se insiste en que se
verifique la exhumación del cadáver de Villacampa, reitero a V.E., como ya se
le ha prevenido de Real orden, que no lo consienta si no se llenan todos los requisitos
de las leyes de Sanidad o si, con arreglo a prescripciones de las mismas, hay
circunstancias que imposibilitan dicha exhumación.”
El General Assin Bazán, respondía
cuatro días más tarde al general Chinchilla, ministro de la Guerra:
“Cuando se presente familia o representante de ella por cadáver
Villacampa se cumplirán todos los requisitos de las leyes de sanidad y si hay
circunstancias que imposibiliten traslación no lo consentiré.”
El general Assín había entendido
perfectamente la críptica orden subyacente en el telegrama del Ministro.
Lo único que Emilia Villacampa
pudo conseguir fue que el preso político tuviera una tumba distinguida en el cementerio
de San Carlos, en la explanada del cuarto recinto de Melilla.
Villacampa fue pronto olvidado.
Solamente revivió en el recuerdo de los viejos melillenses cuando, durante la época
de la república, algunos de aquellos acudían al cementerio, en unión de los
políticos locales, a honrar la memoria del militar, y también efímeramente, cuando
el barrio del Polígono recibió el nombre de Villacampa en memoria del
republicano exbrigadier.
Hoy, en el cementerio de San
Justo de Madrid, en su primer patio, entrando por la derecha, se halla un
sobrio mausoleo levantado por suscripción popular, que alberga los restos de la
señora de Villacampa, doña Matilde Morán. A su lado hay una tumba vacía que
espera, inútilmente con toda probabilidad, que algún día acoja los restos embalsamados
del que fue brigadier de Infantería D. Manuel Villacampa del Castillo, que hoy
ocupa una sencilla tumba en el cementerio de Melilla.
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