domingo, 17 de enero de 2010

ANTONIO IBANCOS LLORCA

Recientemente un entusiasta de la peripecia militar de España en Marruecos durante el primer tercio del siglo XX, Hans Nicolás, nos ha facilitado una amplia descripción de los hechos acontecidos en el mes junio de  1913 en la costa de Bocoya, donde los rifeños atacaron a la tripulación del cañonero General Concha, encallado en costa rifeña, dando por resultado un importante número de bajas, y quedando prisioneros un oficial  y 11 clases y marineros.

Cañonero General Concha

En la atención de los prisioneros destacó singularmente Mohammed el Sibuka, mejor conocido como el moro Joaquín, que ya anteriormente había tenido una decisiva intervención a favor de Delbrel y Arques, prisioneros igualmente, y había salvado de una muerte segura al abogado melillense Manuel Ferrer y al ingeniero José Melgarejo, que se habían internado en Beni Urriaguel, y a quienes facilitó una barca con la que pudieron escapar.
En las gestiones previas a la liberación de los prisioneros  del General Concha tuvieron una especial participación los melillenses Antonio Ibancos Llorca y y José Soto de la Blanca, afincados en la isla de Alhucemas, comerciante el uno e interventor de Aduanas el  otro.
En esta ocasión voy a referirme al primero, y en otra posterior haré mención del segundo, destacando en ambas su vinculación familiar con su ciudad natal, Melilla.
El padre de Antonio, Asensio, fue un hombre dedicado a la mar desde su juventud. Como otros muchos levantinos, de joven había emigrado a Argelia con su hermano Juan, donde se había buscado la vida con una modesta barca con la que hacía un pequeño comercio de cabotaje por la costa argelina, con base en el puerto de Orán, donde tenía su domicilio y  vivía con su familia.
El declararse Melilla puerto franco en 1863, Asencio Ibancos y su hermano, como otros varios (recordemos a los Bernardi y a los Salama), fueron a asentarse en la plaza norteafricana, que apuntaba optimistas perspectivas de un comercio floreciente y una expansión poblacional importante, perspectivas que solo se confirmaron en una pequeña parte con el transcurso del tiempo.
Como en aquel año la vivienda era un mal tradicional, tuvieron que conformarse con una modesta barraca en la plaza de la Constitución, barracas autorizadas con carácter provisional por el Gobernador de Melilla, pero que se mantuvieron en pie más años de los previstos, convirtiéndose la principal plaza de la ciudad en una extraordinaria confusión de cantinas y pequeños comercios , que más de una vez produjeron quejas, incrementadas cuando en años sucesivos se autorizó su instalación en otros puntos de la ciudad.
Por ejemplo, la queja del  Oficial de Ingenieros Cazorla, que en 1871 le escribía al propio Gobernador, dando cuenta:
“… del número de barracas que hoy existen y, sobre todo, las muchas peticiones que continuamente se presentan de todo rincón o hueco con el mismo objeto.
Es lástima que hasta ahora se haya dejado colocar a estos industriales en sitios la mayor parte de las veces no lo más a propósito, y doblemente porque todas estas barracas, en mayor o menor escala, se dedican al tráfico de bebidas y ofrecen al transeúnte el triste espectáculo de encontrar una taberna al volver de cada esquina, esto sin contar que no respondiendo a un plan fijo, presentan un conjunto abigarrado en grado sumo.
Fácil hubiera sido antes, y mucho más fácil hoy, el hacer que desaparezcan todos estos inconvenientes, convirtiéndose en ventajas positivas para la población por medio de un sistema sumamente económico y beneficioso al municipio, estableciendo un arrabal…
Como se ve, Cazorla abogaba por la creación urgente de barrios exteriores, que aún tardarían  diecisiete años en llegar. El capitán de Ingenieros Francisco Roldán había confeccionado tres años antes un plan de expansión urbana que, como la mayoría de los planes, había quedado archivado para mejor ocasión.
En la plaza de la Constitución, pues, establecieron sus barracas los hermanos Ibancos, Asensio y Juan, dedicándose ambos al comercio en pequeña escala con sus modestos barcos traídos desde Argelia. Vecino de Juan, en su propia barraca, Adrián Bernardi  Plaza, de Torrevieja, armador del laud Purísima Concepción, nombre que vemos aparecer alguna vez en la historia local.
Juan Ibancos falleció el 22 de marzo  de 1870, dejando una viuda, Josefa Amat Corbí, y una hija, de un matrimonio anterior,Ana Ibancos Sellés, quedando esta segunda, casada con José Hernández Hernández, como heredera del comercio, y la viuda, como heredera de la barraca y el barco, un bote de vela de tres bancadas.
Es interesante observar que tipo de comercio se hacía en Melilla. En primer lugar, el tabaco, principal producto de venta hasta que en 1887 se le concedió el monopolio a la Arrendataria, de infausta memoria para Melilla; a continuación, lógicamente,  productos no perecederos, entre ellos, bacalao, arroz, fideos y café, que se repiten casi invariablemente en todos los comerciantes. Es preciso decir, que los comercios eran en su mayor parte almacenes, es decir, lugares donde se vendía de todo, no solo productos alimenticios.
Hacia 1871, Asencio Ibancos abandonó el barracón de la plaza de los Aljibes estableciéndose en la calle de San Antón, siguiendo con su actividad marítima, que algunas veces compaginaba con la de pescador. En ese año había contraído matrimonio con Ángela Llorca Llorens, nacida en Benidorm, viuda con una hija de dos años, prima de un pescador malagueño asentado en Melilla.
En la casa de San Antón  nació, el 15 de julio de 1875, su hijo Antonio Ibancos Llorca, y dos años más tarde, el 2 de agosto de 1877, su hermano Felipe; algo más tarde la familia se cambió a una nueva casa, en el número 4 de la calle del Horno. Este tipo de cambios de domicilio eran muy habituales en la Melilla del siglo XIX. Las viviendas eran muy reducidas y obligaban al cambio a medida que iban naciendo los hijos.
Hacia 1885 falleció en Melilla Asencio Ibancos Yepes, dejando a la familia en una precaria situación económica.
Pocas referencias de los Ibancos he encontrado de años posteriores. Solamente que la familia vivía muy escasa de recursos económicos, de forma tal que en 1892, la Junta de Arbitrios concedió una beca para que el hermano menor, Felipe, pudiera estudiar en el Colegio de 2ª Enseñanza Nª Sª de África, fundado dos años antes en la calle Alta por un grupo de oficiales de la plaza que no se resignaban a ver a sus hijos detenidos en la enseñanza primaria. Aunque era de carácter privado, recibía una subvención de la Junta de Arbitrios. Felipe siguió disfrutando de la beca en años posteriores.
En 1907 ya no estaba en Melilla Antonio Ibancos Llorca. Es de suponer que ya tenía su domicilio en la isla de Alhucemas. ¿Desde cuando? No lo he podido averiguar.
Ocuparía un lugar en la prensa nacional, junto con José Soto de la Blanca, tras su positiva intervención en la liberación de los cautivos del  General Concha. A finales de 1913, Antonio y José solamente habían recibido el obligado agradecimiento oficial. La revista África Española, no se conformó con tan escasa recompensa y promovió una campaña a favor de ambos, interesando vivamente a todas las publicaciones militares de la época para que hicieran fuerza en el sentido de conseguir una condecoración acorde con su esfuerzo.

Alhucemas, calle del Carmen (ARCH)

Decía la revista:
 Hay en el Peñón de Alhucemas dos hombres á quienes España debe gratitud eterna. A ellos, por sus activas gestiones, por sus sacrificios pecuniarios, se debe el dichoso rescate de los cautivos del «General Concha». A ellos, por las mismas causas, debemos todos que los restos mortales del comandante y otros marinos del tristemente célebre cañonero duerman sueño eterno en tierra española. Esos dos hombres, con quienes la Nación contrajo cuantiosa deuda, son el comerciante don Antonio Ibancos y el interventor de Aduanas D. Eduardo Soto de la Blanca.
 Uno y otro, naturales de Melilla, conocedores profundos del habla rifeña, tienen numerosas amistades entre los bravíos cabileños de la costa de Alhucemas. El Sr. Ibancos, a quien su profesión de comerciante tiene en relaciones de interés con multitud de moros costeros, goza entre ellos de prestigio sin límites por la seriedad y honradez con que practica el comercio. Son, pues, y lo han probado con hechos, dos de esos meritísimos agentes indispensables para la penetración pacífica, para el desarrollo, de la influencia española.
 ¿No merecen por aquello recompensa, y por esto estímulo? ¿Para cuándo mejor una de esas condecoraciones que constituyen nobilísima ejecutoria de mérito y patriotismo?
 Una publicación al menos recogió el impulso de África Española, el Memorial de Infantería, que insistió en la iniciativa de la primera. No se si al fin se les concedió la recompensa pedida.
 Antonio Ibancos volvió a tener un importante protagonismo, desde 1915, en relación con las tensas relaciones entre la Comandancia General y kadi Abdelkrim de Beni Urriaguel.
 Remito a lo escrito por Ayache y Madariaga al respecto:
 AYACHE.- Les origines….1982 . Pag. 163, 216, 232
 MADARIAGA.- España y el Rif.1999. P. 361, 367-8

2 comentarios:

Teresa dijo...

D.Antº Ibancos Llorca es mi abuelo materno. Le fué concedida la gran Cruz de Isabel la Católica por el rescate de los tripulantes del buque Gral. Concha, qasi como otro distintivo del gobierno inglés, por liberar a unos subditos ingleses retenidos por Abd el-Krm

Teresa dijo...

D.Antº Ibancos Llorca es mi abuelo materno. Lefué concedida la gran Cruz de Isabel la Católica por el rescate de prisionero del buque Gral. Concha, así como otra distinción por el gobierno inglés por la liberación de subditos ingleses, retenidos por Abd el-Krim.