jueves, 7 de marzo de 2013

EL LEÓN NORTEAFRICANO

(Felis leo barbaricus)
Escrito por Francisco Saro Gandarillas en El Periódico Melillense en junio de 2007.
Recuerdo, en alguno de mis ya lejanos años mozos, haber leído en algún medio, que no puedo precisar, la noticia de que en un lugar recóndito de las montañas de Marruecos se había avistado un ejemplar del mítico león norteafricano. Como no puedo tampoco precisar la época del año en que se dio la noticia no me atrevo a decir que la misma tuviera la consistencia de las habituales en periodos estivales relativas a la enésima aparición del monstruo del lago Ness. Pero en aquella época, según todas las probabilidades, ya no quedaba en el norte de África un solo león que confirmara tan sorprendente aseveración.

León de Berbería o león del Atlas o de Nubia fue muycomocido en los circos romanos y él dio al león el título de "rey de la selva" ya que esta especie vivía entre bosques de pinos y no en la sabana.  Con una longitud aproximada de 3.40 m., una altura de 1.55 m. y un peso cercano a los 300 kg., esto lo convierte en uno de los mayores felinos que haya existido.

Hoy, releyendo las interesantes páginas de la “Revista Hispano Africana”, el hace mucho tiempo desaparecido órgano de la Liga Africanista, me topo con un interesante artículo del que fue eminente zoólogo Ángel Cabrera (1879-1960), cuyo título, “Los leones de Marruecos”, nos retrotrae a las épocas, ya más que olvidadas, en que el rey de los animales se movía a sus anchas por el territorio vecino.

Leones de Argel (1872)

En el artículo mencionado, publicado en 1925, Cabrera, insistente visitante de la zona española de Marruecos, escribe que, según el legendario y vitalicio cónsul de Inglaterra en Tánger, sir John Drummond-Hay, hacia el año 1839 todavía quedaban bastantes leones en Guelaya, el territorio marroquí más inmediato a Melilla. Leí la interesante obra de sir John, “Marocco, its wild tribes and savage animals”, hace unos cuantos años, gracias a la inestimable colaboración, nunca suficientemente ponderada, del popular Collins, sin la cual nunca hubiese podido leer el puñado de obras inglesas que durante los siglos XVIII y XIX se publicaron con relación a Marruecos y, de rebote, a Melilla y su entorno. Debido a mi mediocre conocimiento de la lengua inglesa no me percaté entonces de la sorprendente afirmación de Drummond-Hay.

Un cuarto de siglo llevo repasando montañas de papeles de todo tipo, relacionados con Melilla y el territorio adyacente y jamás pude leer dato alguno que hiciera referencia a la existencia cercana de leones en época tan tardía. Esto no es una demostración taxativa de que no los hubiera, pero para mí supone una prueba más en la presunción de que el gran felino había pasado mucho tiempo antes al recuerdo.

En 1845, el capitán Alvear, de la guarnición de Melilla, sondeaba a los rifeños presentes en Melilla, sacándoles toda clase de datos sobre el territorio cercano, incluida la fauna, y nadie mencionó a los leones.

Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

Cierto que hay indicios de que en algún tiempo los leones pudieron pisar los campos del Rif oriental, tal como puede apreciarse en la toponimia de la zona, pero no sabemos en que momento aparecieron los nombres geográficos que los recuerdan y por lo tanto no podemos establecer la época.

En el siglo XVI
La existencia de leones en Marruecos y Argelia está más que documentada. Es un axioma sobre el que no voy a insistir. En el siglo XVI, según las referencias aportadas por León Africano y Luis de Mármol, debían abundar en algunos parajes del norte de África. Según Cabrera, de las plazas españolas salían a veces caballeros, lanza en ristre, a practicar el deporte de la caza, deporte que, afirma el mismo autor, se prolongó durante el siglo siguiente.

Para Mármol, “Descripción general de África, 1573”, se trataba de un “animal salvaje, recio, animoso y cruel más que otro ninguno”, que atacaba a toda clase de animales, salvajes y domésticos. Los “señores africanos” los cazaban a base de lanza y saeta, sacándole de su guarida con el estrépito de atabales, añafiles y dulzainas, y en muchas ocasiones con serias pérdidas en hombres y caballos. Mármol cuenta el caso, ocurrido en la kabila de Temesna (territorio mal definido situado entre los de Chauía y Tadla) en el que un león hirió a once caballos y mató tres hombres. Situaba a los más peligrosos en la propia Temesna, en Fez, cerca de Tremecén, y entre Bona y Túnez. El propio autor asegura –tendremos que creerlo– que en Fez se hacían corridas de leones como si fueran toros, aunque también afirmaba que si no se le tiene miedo y se le hace frente, no ataca, lo que, por cierto, es coincidente con algunos otros autores de los siglos siguientes. León Africano –desconcertante– decía que si un león se presentaba ante una mujer desnuda, avergonzado, llorando y rugiendo, agacharía la cabeza y se marcharía. También situaba a los leones más peligrosos en el bosque de la Mamora, y los más numerosos, aunque también los más cobardes, en un paraje no determinado llamado Agla que Renou, “Description geographique de l’empire de Maroc, 1846”, no pudo concretar, situado en las inmediaciones del río Uarga, entre Fez y Uazan. Cobardes hasta el punto de que por aquel entonces a un hombre tímido se le decía que era “bravo como los leones de Agla, a los que un ternero les comería la cola”.

Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

Tan abundantes eran en esta época que en 1549 se llegaron a juntar 50 leones, cada uno de ellos capturado por un caid diferente, y sus cabezas se colocaron sobre una puerta especialmente construida en la muralla de Marrakech.

Uno de los leones vistos por Mármol tenía una altura de más de metro y medio, y él mismo pudo ver un león disecado en Tarudant de casi dos metros y medio de largo.

En el siglo XVII
Parece que la fama de cobardes de que gozaban los leones del Uarga les acompañó en el siglo siguiente, pues un escritor anónimo inglés escribía en 1609 que “la gente del país en el que se criaban más leones, cuando se encontraban con uno, lo miraban fijamente a la cara con rostro severo y airado, insultándole y reprendiéndole, haciendo que el león saliera corriendo como un perro”.

 
 Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

En 1681, Mouette, “The travels of the Sieur Mouette in the Kingdoms of Fez and Morocco, 1710”, dice que se capturaban leones utilizando las matmoras (los silos subterráneos en los que se guardaban las cosechas de grano), en las que se colocaban ovejas como cebo.

Seguían siendo abundantes, pues Frejus, en 1670, en su viaje desde Alhucemas, vio leones vagabundeando por las llanuras de Taza, y el corsario capitán Phelps, capturado por los piratas saletinos en 1685, se topó con varios leones camino de la costa, cuando escapaba de sus captores.

Su abundancia parece confirmarse porque, según escribe mi ilustrado amigo Carlos Posac, “Andanzas de un caballero malagueño por tierras marroquíes, 1982”, el historiador portugués Fernando de Menezes afirmaba en su día que en la ribera africana del Estrecho se cazaban tantos leones en la primera mitad del siglo XVII que en el mercado de Tánger se vendía la carne para su consumo.

Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

En el siglo XVIII
Thomas Pellow hizo el recorrido de Mequinez a Tafilalt en 1735. De su experiencia salió una publicación, “The story of the long captivity and adventures…, 1739”, en la que daba consejos a los posibles viajeros sobre como salir airosos de un encuentro con leones. La primera norma era insultarle, pero en la lengua del país, no fuera que los animales no entendieran su lengua materna, con el fatídico resultado que se podía esperar. La segunda, mirarle fijamente dándole a entender que no se le tenía miedo. El león, atemorizado “se levanta sobre sus patas, azotándose duramente el lomo con la cola, caminando sobre aquellas, rugiendo de forma terrible…”; cuando se halla a una cierta distancia el león volvía a sentarse de cara a la inasequible víctima  y el proceso volvía a repetirse, con los mismos insultos y el mismo talante amenazador; generalmente, a la tercera vez se iba definitivamente abandonando el campo. Desde luego hay que tener una infinita reserva de fe para creerse semejante asunto. Aunque Pellow afirme a continuación: “se que es verdad porque me he visto algunas veces obligado, en mis viajes a través del país a efectuar el experimento”. La secuencia anterior es sospechosamente similar a la ya mencionada para el siglo XVII, a cargo del escritor anónimo de 1609.

Según Budgett Meakin, “The land of the moors, 1903”, por el mismo tiempo, el doctor Drown decía que, efectivamente, ese era el modus operandi de los árabes en casos similares, pero añadía que jamás se había encontrado con nadie que mencionase una experiencia personal con aplicación de tan original experimento.

Para darle más color a la cuestión, Charant recomendaba aterrorizar a la bestia flameando un turbante desenrollado como si fuera una serpiente.
Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

Con el paulatino incremento de la posesión de armas de fuego en manos de la gente, el número de leones fue descendiendo sensiblemente desde finales del siglo anterior, hasta el punto de que el padre dominico Busnot, enviado por Luís XIV para entrevistarse con Muley Ismael y negociar la liberación de los esclavos franceses, reconocía que habían disminuido mucho en número y sólo se les veía ocasionalmente en sus guaridas del Marruecos central, entre la zona de los Zemmur y Tadla. Evidentemente estaban mucho más extendidos, como veremos después.

Durante el siglo, los leones eran habitual objeto de regalo de los sultanes de Marruecos a los monarcas europeos. En 1785 Mohammed ben Abdallah envió al rey de España, entre otros animales, un león y una leona.

El cirujano Lempriére hizo un viaje a la corte magrebí en 1789 para curar a uno de los hijos del sultán de una afección a la vista. De su relato posterior, “A tour from Gibraltar to Tangier, Sallee , Mogodore, Santa Cruz, Tarudant, and thence over Mount Atlas to Morocco…, 1791”, se extrae que el Atlas, por donde cruzó camino de Marrakech, estaba lleno, no solo de leones, sino también de tigres (¿), lobos, jabalíes y serpientes monstruosas; eso sí, siempre ocultos, pues solo salían cuando el hambre les acuciaba. El propio Lemprière dice haber avistado un tigre en las cercanías de Tarudant, aunque durante su paso por el Atlas solamente vio unas águilas de tamaño descomunal.
Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

El conde Potocki, por la misma época, daba la versión más verosímil en cuanto a la existencia de leones, situándolos en el bosque de la Mamora, cercano a Mehedía, bosque que evitó en su camino por la costa, aunque él mismo reconoce que no eran muy peligrosos dada la abundancia de jabalíes en la zona, bien protegidos por su naturaleza impura según la ley musulmana, pero magnífico manjar para los leones, permitiéndoles estar bien alimentados.

La existencia de leones y jabalíes en la Mamora fue confirmada, algunos años más tarde por el teniente de la marina real inglesa Washington, quien viajó por gran parte de Marruecos durante el invierno de 1829 a 1830.

En el siglo XIX
Los leones magrebíes eran muy selectivos en su alimentación. Varios son los autores que remarcan que, por ejemplo, no les apetecía la carne de judío. Esta particularidad propiciaba que fueran judíos los encargados de vigilar jaulas y fosos de los leones en cautividad. Según el geógrafo Malte-Brun, “L’empire de Maroc, 1813”, en ocasiones algunos judíos eran arrojados al foso de las fieras, como Daniel, sin que ocurrieran desgracias irreparables. Bien es verdad, añade el francés, que sus correligionarios encargados de los grandes felinos, procuraban tener bien alimentadas a las bestias por si acaso.

John Buffa, médico británico en Gibraltar, que estuvo en Marruecos en 1806, añade que no solamente los judíos, si no que también pasaban de mujeres y niños. A Buffa le contaron la llamativa historia de un judío a quien el pérfido Muley Iazid había arrojado a los leones, que llevaban sin comer un día entero, y que las fieras ni siquiera lo tocaron; a continuación les echaron una vaquilla y la devoraron a gran velocidad.

Es difícil determinar el número de leones que podía haber en el norte de África en aquella época; posiblemente, al menos hasta la llegada de los franceses, fueran más abundantes en Argelia.


Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

Las noticias sobre leones son siempre fragmentarias y cuanto más precisas más dudosas.

El geógrafo Graberg de Hemso, que fue agente general de Suecia en Marruecos por el año 1818, asegura, “Specchio geografico e statistico dell’Impero de Marocco, 1834”, que en aquella época, leones y panteras solían bajar desde las montañas de Beni Arós hasta las mismas puertas de Larache.

Nos cuenta el coronel Carrillo, presente en Tánger, en informe manuscrito, “Apuntaciones generales sobre el imperio de Marruecos, 1828”, que los cónsules de la ciudad temblaban ante la posibilidad de que el Sultán les diese, para sus soberanos, alguno de los cuatro jóvenes leones encerrados en la alcazaba, cada uno de los cuales consumía once libras de carne diarias, que, como era de esperar, pagaban por turno riguroso los judíos de la plaza.

De esta época nos queda como recuerdo gráfico, el conocido cuadro de Delacroix, “La chasse des lions au Maroc”, fruto fantástico del viaje que el pintor realizó por el país magrebí en 1832.

Parece digno de crédito lo que escribe Sir John Drummond–Hay, que mató un león en las cercanías de Tánger en 1846. Esta hazaña se la volvió a contar el cónsul personalmente a los naturalistas Hooker y Ball en 1871; el propio Hooker, “Journal of a tour in Morocco and the Great Atlas, 1878”, dice que “no estaba preparado” para oír tan singular (y preocupante) historia, teniendo en cuanta que ambos se disponían a penetrar en Marruecos en busca de plantas y minerales.



Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

Más difusa es la información de Gatell, a quien mostraron huellas de leones sobre la arena del Sus. A partir de entonces las noticias sobre leones se moverían entre lo especulativo y lo fantasioso. Son cada vez más los viajeros por el territorio magrebí, sin que de estos viajes se desprenda experiencia personal alguna al respecto.

El clérigo León Godard (1858), buen conocedor del país (aunque actualmente vituperado por su supuesta visión parcial y eurocéntrica de la realidad) , los limita, “Le
Maroc, 1859”, a las soledades boscosas, poniéndoles como casi extinguidos en la zona septentrional.

En 1876, el viajero Leared, “Morocco and the moors, 1876”, aseguraba que ya nadie hablaba de leones en Marruecos, restringiendo a las montañas del Atlas a los escasos supervivientes.

También la imaginación contaba lo suyo; el capitán Phillips Durham Trotter, “Our misión to the court of Marocco, 1881”, que acompañaba a Sir John en una misión diplomática en 1880, confesaba su nerviosismo cuando escuchaba a uno de los integrantes del grupo,
Boomgheis, que había oído rugir a unos leones en la zona de Uazan. Su compatriota, el pintor Montbard, “Among the moors, 1889”, refiriéndose a su viaje por Marruecos en compañía del célebre periodista Walter Harris, consideraba como “un asunto muy serio”, el que Harris les avisara de que había un león rondando por los alrededores. Era una de las clásicas bromas del travieso periodista.

Tanto el “Nouveau Dictionnaire de Geographie Universelle (1887)”, como la “Geografía Universal” del geógrafo Reclús (1889) informaban de que los leones marroquíes existían principalmente en las montañas del Rif, “en las cercanías de la frontera argelina”; es decir, no lejos de Melilla, cosa absolutamente inverosímil.



Jules Gerard

En la cercana Argelia, los franceses, principalmente representados por el celebrado oficial de spahis Jules Gerard , el llamado “tueur de lions”, hicieron desaparecer a gran velocidad el censo de leones. Un tipo como Gerard, aplaudido y envidiado en su tiempo, con una estatua en el centro de su ciudad natal, pasó a la historia por haber matado 25 leones en once años, dejando grandes zonas del país despobladas del felino. Daudet tomó su figura como ejemplo para su personaje del Tartarín. Todo parece indicar, sin embargo, que sobrevivieron más leones en Argelia que en Marruecos, y en 1880, escribe Ángel Cabrera, todavía se cazaron en aquel país 16 leones. En aquel año, según le contaron viejos cazadores indígenas al zoólogo, ya no había leones al norte del río Bu
Regreg y en la zona de Taza. Los pocos que quedaban se hallaban en parajes recónditos del Atlas.

¿En el siglo XIX?
No sabemos con certeza cuando desaparecieron para siempre los leones norteafricanos.
Las referencias al rey de los animales se difuminan y se pierden.

El comandante Cos–Gayón, que en la campaña del Rif de 1909 tuvo un cierto eco, decía a principios de siglo, “Algunos datos referentes al imperio marroquí, 1902”, que por selvas sombrías, y sobre todo por las del mediodía del Atlas y las montañas del Rif pululaban leones, panteras, chacales, osos, jabalíes y lobos. Pero todo parece indicar que la información estaba sacada de datos muy anteriores.

Ilustración de Gustave Doré para la Caza al león (1855)

Cousin y Saurin, “Le Maroc, 1905”, establecidos en Tánger, mantienen igualmente que el león se encontraba frecuentemente en el interior, sobre todo en el macizo del Rif y en el Atlas, pero si quedaba alguno, solo parece probable que estuviera en el Atlas, pero no en Rif.

Alguno es posible que quedara si nos creemos lo que el depuesto sultán Muley Hafiz, establecido en España, le contó al mencionado Ángel Cabrera: que durante su reinado (1908-1912) aún quedaban algunos leones en los montes de los Zaián y entre los Beni Mguild. Probablemente eran los últimos, y tras la llegada de los franceses, algunos de los numerosos aficionados a la caza mayor del país vecino, émulos de Gerard, acabaron con los últimos ejemplares de una especie animal feroz y altiva que conoció mejores tiempos en el norte de África.

martes, 20 de noviembre de 2012

LOS PRIMEROS AÑOS DE LA CRUZ ROJA EN MELILLA


Articulo publicado por Francisco Saro Gandarillas en el Periódico Melillense (31-05-2007)

El día 5 del mes de noviembre de 2005 se cumplieron cien años desde la fundación de la primera comisión local de la Cruz Roja en Melilla.

Desde su establecimiento en España en 1864, en el mismo año en que quedaban definidos sus fines en la histórica Convención de Ginebra, casi todas las capitales de provincia en España habían elegido sus primeros órganos directivos y ejecutivos; entre ellas, la ciudad de Ceuta tenía su inicial grupo de benéficos voluntarios adheridos a la Cruz Roja desde octubre de 1893, pocos días antes de la llegada a Melilla de una ambulancia de la Organización, procedente de Madrid, para participar, con mejor buena voluntad que actuación efectiva, pues llegó cuando la política sustituyó a la acción bélica, en atenciones sanitarias derivadas de la llamada guerra de Margallo.

Llega de Cruz Roja año 1893

La comisión creada en Melilla en 1905 era lo que se denominaría, en lenguaje político, un equipo de “cuadros”. Fue designado presidente el laureado coronel médico Urbano Orad, de gran prestigio profesional en la ciudad; vicepresidente, el recién llegado ingeniero de las Obras del Puerto Manuel Becerra, que treinta años más tarde sería ministro republicano, y entre los vocales, como nombres destacados, el inevitable Cándido Lobera, capitán de Artillería, en la ciudad desde la campaña de 1893, y el entonces comandante de Caballería Manuel Fernández Silvestre, que mandaba el escuadrón de Caballería del Mantelete, y quien, sin sospecharlo entonces, sería con el tiempo, y por hechos que la Historia de nuestro país desearía que jamás hubiesen ocurrido, el involuntario impulsor de la ampliación y consolidación de la Cruz Roja en Melilla.

Esta primera comisión local no tendría ocasión de poner en práctica durante algunos años los propósitos por los que fue creada por no haber motivo para ello; pero no tardarían en producirse acontecimientos en los campos cercanos de Marruecos cuyas derivas hubiesen exigido la utilización en pleno de los modestos medios y recursos a disposición de Cruz Roja melillense.

Una primera ocasión: La Guerra del Rif de 1909

Son bien conocidos los antecedentes, secuencia y desenlace de la llamada Campaña del Rif de 1909. Sería esta la primera ocasión que tuvo la Cruz Roja local para desarrollar su trabajo benefactor en un escenario propio de sus fines fundacionales.

No era, sin embargo, propicio el ambiente local para desplegar los escasos medios a su disposición. En un artículo anterior he mencionado el poco interés que el General Marina tenía en facilitar la colaboración de la Cruz Roja local. Como he escrito en un artículo anterior, Carmen de Burgos “Colombine”, a juzgar por los testigos, no salió con buena cara de la entrevista mantenida con el Comandante General, a su llegada a Melilla, para impulsar la colaboración del instituto benéfico en la iniciada campaña. Quizá la escritora no acertó a llegar en el momento idóneo, pues en agosto las operaciones estuvieron detenidas sin un preciso objetivo posterior y no había una diáfana conciencia de por donde iban a evolucionar los acontecimientos. Colombine se fue de la plaza sin haber conseguido su objetivo.

La evolución de la campaña hizo que el General Marina tuviera que cambiar de parecer. Antes de comenzar las operaciones de Beni Sicar ya se sabía que los medios de evacuación de heridos no eran suficientes y que el hospital militar del pueblo no disponía de suficiente personal. Las carencias se exteriorizaron claramente tras el duro combate de Taxdirt, el 20 de septiembre, cuando los casi 200 heridos y contusos no pudieron ser evacuados en el mismo día y hubo que esperar al siguiente para, a través de Rostrogordo, distribuirlos por distintos hospitales, la mayor parte improvisados.

Es en este momento cuando, ante la falta de personal sanitario, se procede con urgencia la organización de una Junta de Damas de la Cruz Roja, con el fin de paliar en lo posible la carencia de enfermeros, carencia que pasó por sus momentos más comprometidos cuando practicantes y enfermeros civiles, que por 1,75 pesetas diarias, menos de lo que cobraba un jornalero, hacían turnos agotadores, se fueron despidiendo, dejando gran parte del trabajo en manos de las benéficas señoras y madres del Buen Consejo. Las primeras haciendo turnos de seis horas diarias en el Hospital central, con dos o tres salas por dama; por la noche eran relevadas por la reverendas madres del Buen Consejo. Una labor, por cierto, muy poco valorada, pues la media docena de informes finales sobre la campaña, con una sola excepción, y esta bastante difusa, ni siquiera las menciona.

 Madres del Buen Consejo y Alexandra Wolf acompañaron en ocasiones a Fidel Pagés en su extraordinario trabajo como cirujano.

Ejemplo de trabajo desinteresado a favor de la Asociación en Melilla fue el de la inglesa Alexandra Wolf, conocida en la plaza, donde se hizo muy popular, como Alejandrina o la “Inglesita”, llegada el 15 de septiembre, en compañía de su hermano Raoul Wolf, gerente de unas minas asturianas. Venía recomendada al médico mayor Paulino Fernández Mariscal, con destino en el Hospital militar de Melilla, en cuyo pabellón de la calle Ledesma se alojó.

 La inglesa Alexandra Wolf en el Hospital del Rey, durante su estancia en Melilla en 1909

Recién casada, había perdido a su marido durante el viaje de novios en la ciudad de San Francisco, víctima del terremoto. Como respuesta emocional se propuso dedicar sus atenciones a los enfermos y heridos en la primera ocasión que se produjese; esa fue la campaña del Rif. Alejandrina pretendía incorporarse a la columna de Sanidad Militar que acompañaba a las tropas por los campos marroquíes; para ello llegaba con buenas recomendaciones de la Corte, entre ellas de la familia real. Aunque fue convencida de que su propósito era imposible, al fin aceptó prestar sus servicios en el hospital provisional instalado en el teatro Alcántara. Posteriormente, como dama de la Cruz Roja, pasaría al Hospital de la plaza de la Parada, donde prestó impagables servicios; tanto en sala como en quirófano, donde según testigos era de admirar su sangre fría y su disposición, acompañando en ocasiones a Fidel Pagés en su extraordinario trabajo como cirujano. Según expresaba el polémico Eugenio Noel, el escritor costumbrista que prestaba sus servicios como voluntario en el regimiento Inmemorial, gran admirador de la inglesa, “tal vez su talento no ha sido superado en Melilla por nadie”.

Tengo para mí que, además de las razones antes expuestas, la intervención primera de Carmen de Burgos y la posterior de Alexandra Wolf, debieron contribuir no poco a que, al fin, se permitiera por la Comandancia la creación de la primera Asociación de Damas de la Cruz Roja en Melilla.

En cuanto al trabajo de los medios operativos de ambulancia se puede decir que fue casi nulo. Importante despliegue en la mayor parte de las poblaciones en las que eran recibidos los heridos y enfermos procedentes de Melilla, mientras que en Melilla su participación fue meramente testimonial, pese a que los elementos a disposición de Sanidad Militar fueron claramente insuficientes, como pusieron de manifiesto el general Banús, y teniente coronel Avilés, ambos de Ingenieros, asegurando que se carecía de las camillas, artolas y trenes de evacuación necesarios, carencia que hubiese podido ser paliada, en parte, con voluntarios de la Cruz Roja, organizados previamente. El teniente coronel Avilés, hacía hincapié en el hecho señalado de que habiendo estado tan extendida por España la asociación no se hubieran utilizado sus servicios en Melilla con la intensidad aconsejable. Insistía sobre la necesidad de estar prevenidos para otra posible campaña posterior, fomentando la creación de secciones operativas de la Cruz Roja en la plaza y haciendo una selección de las peninsulares que pudieran aportar medios personales y materiales en caso de necesidad.

La Campaña del Kert: Un paso adelante
Terminada la campaña la Junta Directiva de la Cruz Roja fue ampliada hasta el número de once miembros, iniciando la tónica a seguir en años sucesivos de involucrar el mayor número de gente posible, preferentemente de acreditada relevancia social, seguramente con la idea práctica de asegurar también la mayor cantidad posible de bienhechores o “hermanos pasivos”, según la denominación de la época, que garantizaran al organismo unos ingresos regulares. Se inauguró una oficina –almacén en el número 2 de la calle O’Donnell, donde poco más tarde se situaría el consultorio de la asociación, consultorio asociado, junto a la ambulancia sanitaria, a la iniciativa personal del que fue médico civil en Melilla Jorge Solanilla, llegado a la ciudad en 1908 tras los pasos de su hermano Fernando, capellán castrense de Artillería.

Iniciada la campaña del Kert en agosto de 1911, la Cruz Roja pasó a desempeñar un papel más activo, en todos los órdenes, que el efectuado en la anterior.

La Junta de Señoras desplazó sus servicios del Hospital del pueblo, en muy malas condiciones, al creado en la campaña anterior, el hospital Docker, cuya planta básica estaba compuesta de barracones de madera cuya marca de origen dio nombre al centro sanitario; para su desplazamiento se les facilitó un camión automóvil de Artillería, que hacía diariamente cinco viajes desde la casa de Melul, en la plaza de Santa Bárbara (hoy de España) hasta el hospital. A las damas de la Cruz Roja se unieron igualmente señoras no pertenecientes a la Asociación, pero todas desempeñaron un papel callado aunque meritorio, como puso de manifiesto Consuelo González, esposa del primer teniente del regimiento de Taxdirt, Julián Hernández Regalado, en un libro que recoge la función desempeñada por la mujer en la campaña del Kert.
La ambulancia sanitaria tuvo un mayor papel que en la campaña anterior. Aunque no se le permitía entrar en la zona de conflicto, se hizo cargo de la conducción de heridos desde el punto de llegada del tren sanitario hasta el hospital; también asumió la tarea importante, en colaboración con la Sanidad Militar, del traslado de heridos y enfermos desde los hospitales hasta los barcos destinados a su evacuación. Un grupo de voluntarios de la Institución acompañaba a los evacuados hasta el puerto de destino, donde eran recibidos, a su vez, por voluntarios de la Cruz Roja que se hacían cargo de ellos hasta depositarlos en hospitales o domicilios.

Terminada la campaña, la Cruz Roja, con nueva organización local, pasó a desempeñar cometidos de orden benéfico, complementarios de los propios de otras asociaciones de tipo asistencial existentes o creadas en años sucesivos en Melilla, en una labor común que tuvo como resultado, me atrevo a decir, una de las actuaciones más destacadas en España en pro de la atención de los más desfavorecidos. Bajo la presidencia del notario Roberto Cano, se amplió su estructura local hasta cuatro vicepresidentes, un inspector de servicios y un director de almacén, además de la Sección de Señoras, cuya presidencia ostentaba siempre la esposa del Comandante General, y la Brigada de ambulancia. En el cuadro aparecen nombres que estuvieron vinculados al organismo durante varios años, como el propio presidente Cano Flores, el ingeniero militar Emilio Alzugaray, el jefe de Correos Lorenzo Antoine, el ingeniero de minas Luís García Alix, el empresario Antonio Montes Hoyo o el periodista Jaime Tur, además del médico, ya citado, Jorge Solanilla, como inspector del servicios y jefe de la ambulancia sanitaria.

Para allegar fondos, además de las aportaciones de los socios, se organizaron fiestas benéficas de diversos tipos o cuestaciones como la llamada “Fiesta de la Banderita”, en las que participaban directamente las damas voluntarias de la Asociación. Durante los años veinte la principal fuente de recaudación fueron las corridas de toros a beneficio de la institución.

 Damas de la Cruz Roja durante la Fiesta de la Banderita en 1914

Las cifras recaudadas no eran especialmente llamativas; en 1916 se recaudaron 3.083 pesetas por cuotas de socios y 1.303 por funciones y cuestaciones benéficas. A finales de año el número de socios alcanzaba la cifra de 160. En ese mismo año pasaba su sede al número 2 de la calle Tallaví, donde se establecía el cuartelillo, con oficinas y almacenes.

Como ejemplo de prestaciones facilitadas por la Cruz Roja, tenemos el de las ayudas facilitadas a los damnificados por el terrible temporal de 1914.

Por decreto de 28 de febrero de 1917 del Ministerio de la Guerra se crea el Cuerpo de Damas enfermeras, impulsando la creación de un núcleo de enfermeras con una base sanitaria sólida a la que el simple entusiasmo y dedicación de las anteriores voluntarias no conseguía evidentemente suplir del todo, exigiéndose como condiciones para acceder como alumna el ser española, tener más de 17 años y ser asociada de la Cruz Roja. Bajo la dirección de un médico se daban clases teóricas con arreglo a un programa previamente establecido y se practicaban exámenes finales ante un tribunal. Las declaradas aptas pasaban a los hospitales para efectuar las prácticas necesarias, recibiendo un nombramiento al final del ciclo.

 Damas y enfermeras con médicos militares en 1919

Del “Desastre de Annual” al final de las campañas
Los acontecimientos siguientes al llamado “desastre de Annual”, en julio de 1921, obligaron al Gobierno a poner a disposición del mando militar de la zona una cantidad de medios de todo tipo con el fin de restablecer la situación anterior. Las operaciones militares, que en algún momento, con franqueza poco habitual, se llegó a llamar “de desquite”, llevaron consigo la aplicación de servicios parcamente utilizados en ocasiones anteriores, entre ellos los de la Cruz Roja. Una labor callada la de esta imprescindible asociación, que hubiera pasado casi totalmente inadvertida si el soldado de “cuota” Arauz de Robles no la hubiera recogido en su imprescindible libro “Por el camino de Annual”, en el que refiere el incesante tráfago de los vehículos de la Cruz Roja conduciendo heridos desde las posiciones adelantadas hasta Melilla, sobre todo desde el inicio de la llamada reconquista del territorio con la ocupación de Nador el 17 de septiembre, momento en que se establece una permanente línea de evacuación entre la primera línea del combate y los hospitales de Melilla, Docker, Alfonso XIII, Santiago, etc, y, por supuesto, el nuevo de la Cruz Roja.

El propio Arauz de Robles fue testigo de la llegada al hospital Docker de los trenes de la Cruz Roja abarrotados de heridos tras los combates de Sebt y Ulad Daud en octubre, con la presencia masiva de numerosos transeúntes que se agolpaban con ansiedad ante las verjas del hospital para presenciar el dramático convoy. Más tarde en Sbuch Sbaa contempla igualmente el incesante va y viene de los automóviles de la institución, a veces con la presencia de las “hermanas” y enfermeras de la Cruz Roja en su interior.

El andalucista García – Nielfa, compañero de Blas Infante, observaba en Zeluán como las voluntarias de la Cruz Roja esperaban en la estación de Zeluán la llegada de los heridos. “Sublimes madrinas de guerra” les llamaba el escritor en su libro Moros y cristianos.

 La Duquesa de la Victoria durante un acto celebrado el 15-02-1922

Por razones que no soy capaz de precisar esta labor de la Asociación es prácticamente omitida u olvidada en la mayoría de las publicaciones que se refieren a las campañas de Marruecos, quizá porque la actuación de las tropas combatientes acaparaban el total de la información, por su propio carácter y la indudable espectacularidad de las operaciones de guerra.

Hubo un momento, cuando se suscitó el problema del rescate de los prisioneros en poder de Abdelkrim, en que se pensó que la Cruz Roja debía tomar protagonismo en el caso, pero, por diversas razones, la ocasión pasó de largo y nada pudo hacer. Sí pudo, sin embargo, hacer llegar a aquellos una ayuda humanitaria que, cuando les llegó, que no fue siempre, fue muy bien recibida por los cautivos.

Tras el desembarco de Alhucemas el benéfico organismo obtendría breves momentos de atención por parte de prensa y organismos públicos, sospecho que más por la presencia de la Duquesa de la Victoria en el sitio que por el propio trabajo de la Cruz Roja en sí mismo, que, repito, no fue valorado en su justa medida dentro de las numerosas publicaciones, tanto particulares como oficiales, surgidas de los acontecimientos acaecidos en tierras de Marruecos, donde ha sido ignorada, bajo el punto de vista operativo en campaña, con rara unanimidad.

El Hospital de la Cruz Roja
No fue este el caso del Hospital de la Cruz Roja de Melilla, quien, en aquellos trágicos días, se llevó el cien por cien de la información, absolutamente positiva, de la relativa al organismo.

El día 29 de julio llegaba a Melilla la Duquesa de la Victoria. Venía, en nombre de la Reina Victoria, con el fin de establecer un hospital de la Cruz Roja, institución muy protegida por la soberana, de quien era Presidenta. Es evidente que al llegar la Duquesa a la ciudad ya estaba acordada de antemano la fundación del hospital, puesto que al día siguiente se comenzaba su transformación en hospital de 200 camas. Mientras se habilitaban las recientemente acabadas escuelas graduadas, pendientes de inauguración en la fecha, se tomaba posesión provisional del Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, en plenas vacaciones estivales, generosamente cedido a aquellos, y al que el Marqués de Urquijo aportó 30 camas.

Con la Duquesa llegaban varias jóvenes de su mismo entorno social (Ferry del Val, Benavente, Navarro, etc), enfermeras voluntarias a las que se sumaban las pertenecientes en Melilla a la Junta de Damas, que, como he escrito líneas arriba poseían una sólida capacitación para el duro trabajo que les esperaba.

 Grupo Escolar en 1921, que sería sede del hospital de la Cruz Roja

Desde el primer momento el hospital recibió toda clase de ayudas provenientes de toda España. La mano extensa de la reina Victoria y las relaciones sociales de la Duquesa de la Victoria no debieron ser ajenas a esta circunstancia. A finales de agosto contaba ya con 150 camas, y el día primero de septiembre entraba en funcionamiento.

Este lujo de medios, tanto personales como materiales, contrastaba fuertemente con la escasez de medios de los hospitales militares, carentes de todo y con instalaciones en bastante mal estado, sobre todo por su provisionalidad que, como ha ocurrido en Melilla en tantas ocasiones, perduraba largo tiempo sin solución definitiva. El coronel Francisco Triviño Valdivia, Inspector del Cuerpo, mencionado en un artículo mío anterior en estas páginas, en relación con el brigadier Villacampa, fue acusado en la Cortes por el diputado capitán de caballería Martínez Campos, por la mala condición de los hospitales militares de la plaza, sobre todo el llamado Docker, el actual Pagés, adonde en un principio los soldados heridos o enfermos no querían ser ingresados, pidiendo fueran conducidos al de la Cruz Roja, y donde, pese a ello, hubo excelentes profesionales, entre ellos el arriba mencionado Fidel Pagés, pero quienes, hasta que el Gobierno tuvo conocimiento de ello e hizo intentos de remediar sus insuficiencias, carecieron de los medios necesarios para una función que exigía, por su naturaleza humanitaria, los mejores y más abundantes recursos.

En esta época de emociones provocadas por los asuntos de África, tampoco la Duquesa de la Victoria se libró de rumores interesados en los que se hacía alusión al pabellón cedido por la Comandancia General a la ilustre dama, generosamente acondicionado por la primera sin reparar en gastos. Una acusación malévola teniendo en cuenta que la Duquesa entraba en el hospital a las 8 de la mañana y salía a las 10 de la noche, en horario continuo, haciendo según todos los testigos, tanto de auxiliar de cirugía en las funciones más ingratas, como de simple ayudante de enfermero limpiando las heridas, como de madre accidental de los soldados hospitalizados, a los que atendía con solicitud, lo mismo que el resto de Damas cuya labor fue unánimemente elogiada por todos, y cuya meritoria función sanitaria se extendería más tarde a otros hospitales de la plaza. Según García-Nielfa, a los evacuados hacia Melilla se les iluminaba el rostro al escuchar el nombre de la Duquesa de la Victoria, garantía de excelente atención sanitaria y excepcional trato humano, una de las pocas personas que el diputado socialista Indalecio Prieto, de visita en Melilla, salvó de la crítica en aquellos años de conmoción social.

Sala del hospital de enfermos en 1923

En abril de 1922 la Junta de Arbitrios cedía el edificio de las escuelas a la Cruz Roja. Desde ese momento el hospital, hasta entonces militar, se convertía también en hospital civil, desplazando al viejo y deteriorado del Pueblo. El hospitalizado abonaba 4,50 pesetas por estancia que en marzo de 1923 se elevaron a 5, una importante cantidad que muy pocos se podían permitir abonar en Melilla, donde la población era, en su mayor parte de condición muy modesta, teniendo que subvenir la Junta de Arbitrios al pago de las estancias hospitalarias de una buena parte de aquella, en una labor de beneficencia modélica que es preciso resaltar.

Ala de ampliación del hospital de la Cruz Roja en 1926

A fines de 1922 se comenzaron las obras del que se denominaba “nuevo hospital civil de Melilla”, ampliación del primero costeada con los donativos recibidos tras los sucesos del año anterior, obras terminadas dos años más tarde, y cuya estructura maltratada desapareció recientemente.

Terminadas las campañas dejó su función parcial de hospital militar para convertirse en el único hospital civil de Melilla hasta la construcción y entrada en funcionamiento del actual Comarcal.

Estas líneas, que ponen de manifiesto, aunque de forma inevitablemente muy extractada, la labor de la Cruz Roja en sus primeros años en Melilla, pretenden ser un modesto homenaje a la labor imprescindible de un organismo cuyo prestigio está sólidamente asentado en el mundo actual.

martes, 21 de agosto de 2012

EL HUNDIMIENTO DEL TORREON DE LAS CABRAS (31-12-1926)


El torreón de las Cabras, uno de los elementos de la fortificación melillense más antiguos, y aparentemente más sólidos,  formo parte de la muralla primitiva, ejecutada en el siglo XVI, y ha mostrado señales de deterioro en diversas épocas, pues ya el ingeniero Cavallero, en un reconocimiento efectuado y descrito en 1773, decía “estar cuarteado en varios parages”. En 1881, Roca, ingeniero militar, efectuó una importante reparación del mismo al presentar muy mal estado de conservación, por efecto del abandono en que se tuvo toda la fortificación durante la mayor parte del siglo XIX.


En marzo de 1917, tras los duros temporales de aquel invierno, se pudo comprobar que el torreón presentaba una gran grieta que, partiendo de la caseta del reflector, bajaba hasta el segundo cuerpo. No puedo asegurar de que si se le dio o no la importancia debida al deterioro observado; es posible que  el reconocimiento facultativo llegara a la conclusión de que no corría peligro la estabilidad uno de los más importantes elementos de la fortificación. En 1923 se construyó un kiosko sobre el torreón y en 1925  fue almenado para darle algo más de altura.

Pero el 31 de diciembre de 1926 ocurrió lo inesperado: el torreón se hundió.

Se dijo, como causa posible, que el lecho sobre el que se asentaba el muro de sostenimiento había cedido, a lo que habría contribuido  algunos movimientos sísmicos ocurridos recientemente y los fuertes temporales del invierno. Causa lejana: la vejez. Causa probable: la grieta mencionada anteriormente. El torreón, dividido en dos grandes mitades, como puede verse en la fotografía, cayó, sepultando dos modestas viviendas que se hallaban en la plazoleta inmediata a su base. En una de ellas vivía el guardamuelles del servicio de Aforos Rafael Galán Puertas, con su mujer y un hijo. En la otra el sargento calafate de la Compañía de Mar Francisco Alba, con mujer y varios hijos, su padre José Alba, antiguo calafate,  y una hermana. En un rincón de la plazoleta se hallaba el almacén del servicio de Transportes de Intendencia, con seis  soldados de servicio. Murieron los soldados Rafael Mendía, de Cazadores de África 17, José Ruiz García, del Regimiento de África, y José Brull, de Intendencia;  José Alba y  su hija Dolores, y Rafael Galán, por hallarse ausentes los demás.

En esta página se muestran tres fotos del suceso.

Foto01. Hundimiento del torreón de las Cabras (31-12-1926).

Foto02. Hundimiento del torreón de las Cabras (31-12-1926).

 Foto03. Hundimiento del torreón de las Cabras (31-12-1926).
Como el resto del torreón amenazara ruina, se terminó de demoler en abril de 1929.


Las consecuencias del desplome las han visto varias generaciones.

En enero de 1967, treinta años más tarde, el Ministerio de Educación y Ciencia aprobaba el proyecto de reconstrucción del torreón de las Cabras, con un presupuesto de cerca del millón de pesetas a realizar y costear por la Dirección General de Bellas Artes.

Como se ha expresado más arriba el torreón reconstruido fue un volumen cilíndrico levantado en 1973, sobre la traza del primitivo, construido de hormigón armado con un revestimiento de mampostería ordinaria de piedra arenisca  aplacada.

Foto01. Levantado del torreón de las Cabras (1973).

 Foto02. Levantado del torreón de las Cabras (1973).
 

miércoles, 25 de enero de 2012

EL ENIGMA DE LA AVIACIÓN RIFEÑA

Bajo este título  Roger-Mathieu dedica un apartado de las discutidas memorias de Abdelkrim a la fallida aviación militar de la república rifeña.

En uno de los camarotes del Abda, el barco que debía conducir a Mohammed al exilio, el autor toma nota de las palabras de este cuando habla del sueño que le llevó a organizar la inexistente aviación dentro de  su organización militar.


-Sabía, dice Abdelkrim, que podía comprar aviones a una compañía que hacía el servicio Argel-Briska. Para tratar del asunto envié al caid Haddu y a Azerkan. La compra debía alcanzar a tres aviones y fue concluida por intermedio de un oficial francés y el aviador Perrier.


Líneas abajo dice Si Mohand:


- Hubiera pagado caro el que un avión rifeño sobrevolase las líneas españolas. Hubiera probado así a mis tribus que estaba realmente bien armado a la moderna. Por su lado, mis enemigos no hubieran dejado de impresionarse a la vista de un avión rifeño por encima de Larache, Tetuán y Melilla.


Breguet similar al adquirido por la República rifeña

En las misma memorias el hermano, M’Hammed, manifiesta que, en fecha que no indica, se había desplazado hasta  Tlemcen, donde se encontró con el caid Haddu, representante en Uxda de la neonata República rifeña, con el cual se llegó hasta Argel, lugar en el que se entrevistó con el francés Du Taillis, curioso personaje que aparece de vez en cuando en la corta historia del Rif republicano, al objeto de concretar la posibilidad de comprar aviones. M’Hammed afirma que la razón de la compra estribaba en el hecho de que “nuestros opresores los poseían.”


El primer avión fue adquirido por Azerkan y Haddu en Hussein-Dey (Argelia), según precisa López Rienda (Del Uarga….1925). Siendo el único que fue entregado a la República, llegó al Rif en 1923, al decir del que fuera interventor civil en Taurirt,  Leon  Gabrielli (Abdelkrim…1953), pilotado por el propio Perrier y con el caid Haddu a bordo. Si creemos las supuestas memorias del líder rifeño, el avión no llegó a volar nunca, información que no coincide con la que facilita Goded (Las etapas…1932), quien asegura que hizo un vuelo hacia el frente francés de Marnisa. No está claro si se llegó a pagar el importe de los tres aviones, pero lo más probable es que fuera así, aunque Mohammed Abdelkrim había dado orden de no hacerlo hasta que los aviones hubieran levantado el vuelo.


Todo lo anterior es una prueba más, si no hubiera ya bastantes, del poco interés, por decirlo suavemente, que los franceses tenían entonces por tomar alguna parte en el conflicto hispano-rifeño. Esto nos retrotrae a cuestiones más recientes. Esta apatía francesa cambió radicalmente cuando Abdelkrim, cometiendo un error fatal, atacó en 1925 las líneas del Uarga.


El 13 de agosto de 1923 un avión pilotado por el capitán Herraiz, y motivado por una avería en el aparato, cayó en el cabo Quilates, pero quedó en tan mal estado que, tras ser conducido hasta Izmoren, y pese a sus intentos, y la presión ejercida sobre el capitán, no pudo ser utilizado por los rifeños. Este oficial, que murió durante su cautiverio, dio nombre al primer aeródromo construido en aquella parte del Rif.

Capitán César Herraiz

No está claro en que momento los españoles se dieron cuenta de la existencia del avión adquirido en Argelia. Goded da a entender que debió ser poco después de su llegada al Rif. Pero Gomá (Historia de la Aeronáutica…1950) facilita una fecha algo más precisa. Fue el 22 de mayo de 1924 cuando se recibieron en Melilla confidencias que  anunciaban la llegada al Rif de un avión adquirido por Abdelkrim, y que se encontraba oculto en alguna zona de Beni Urriaguel.


Según Gomá, y con base en noticias imprecisas, desde varios meses antes aviones españoles sobrevolaban el Rif central  vigilando los campos utilizables como aeródromos. Algunos informes positivos sobre el objeto resultaron ser falsos. Un mes antes de la fecha apuntada en la confidencia arriba anotada, un avión pilotado por el capitán Carrillo había descubierto unos sospechosas cobertizos en Tisimoren, aunque las fotografías, en principio, no dieron indicación alguna de la existencia de aviones.


Una vez confirmada su existencia, tanto al decir de Goded como de Gomá, los aviadores se juramentaron para encontrar el aparato y destruirlo, y ese mismo día  salieron de exploración dos aviones Bristol tripulados por el teniente Martínez Merino y el alférez Coterillo, quienes descubrieron un aparato tipo Breguet en una excavación oculta bajo ramaje en Tisimoren (Bocoya), así como una explanación que parecía indicar la existencia de trabajos para habilitar una pista de despegue y aterrizaje.


El día 23 salieron 52 aviones hacia el lugar; descubierto el aparato enemigo fue destruido al instante, arrojándose 540 bombas, pese a que el enemigo se defendió duramente con fuego de fusil, ametralladora y cañón, hiriendo gravemente al piloto teniente Juan Antonio Ansaldo, que fue propuesto para la Laureada.
 
El avión descubierto por aviadores españoles

El día 24, en un servicio de reconocimiento, se vio que los rifeños habían colocado una gran lona sostenida  por  palos, simulando la silueta de un avión. Las fotografías recogidas mostraban posteriormente que debajo de la lona no había nada.


El 4 de abril de 1926, un avión pilotado por el cabo Luis Herrero, y que había partido de Sevilla con dirección a Tetuán, perdió la dirección correcta porque el piloto desconocía el territorio y finalmente tomó tierra en Targuist, pero quedando tan dañado que no se le pudo poner en estado de vuelo.


De esta forma acabó el sueño y empeño de Abdelkrim por poseer una fuerza aérea propia en su territorio rifeño.